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TEMPERAMENTVM ISSN 169-6011 2016 n24 t2400

 

 

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Cuadros de la guerra carlista
Concepción Arenal
Editorial Renacimiento. Sevilla, 2005. 164 Págs.

Autor del comentario:
Francisco Herrera Rodríguez

Temperamentvm 2016; 24

 

 

 

Cómo citar este documento

Herrera Rodríguez, Francisco. Cuadros de la guerra carlista, de Concepción Arenal [comentario de texto]. Temperamentvm 2016, 24. Disponible en <http://www.index-f.com/temperamentum/tn24/t2400.php> Consultado el

 

 

 

Los desastres de la guerra contados por Concepción Arenal

    Francisco de Goya murió en Burdeos en abril de 1828 y en el mes de mayo nació Henri Dunant en Ginebra, tanto uno como el otro vivieron los desastres de las guerras y dejaron su testimonio a los hombres de su época y a las generaciones venideras. Goya lo hizo convirtiéndose en lo que hoy llamaríamos un "reportero gráfico" a través de la pintura, cuántos fotógrafos han seguido su ejemplo en innumerables conflictos bélicos del siglo XX, sin olvidar su influencia en pintores como Antonio Gisbert o Picasso. Henri Dunant, con el Tutti fratelli de las mujeres de Castiglione durante la batalla de Solferino, impulsó una institución como la Cruz Roja que echó a rodar en 1863.

Si buscamos otras fechas que unan históricamente a personas que se preocuparon y participaron en los conflictos bélicos para paliar sus consecuencias, debemos subrayar al menos dos más: 1819 y 1820. En 1819 nació el poeta Walt Whitman que vivió los desastres de la Guerra de Secesión, y dejó testimonio escrito de ello; y en 1820 Florence Nightingale, cuya participación como enfermera en la Guerra de Crimea es de sobra conocida por los lectores de esta publicación.

En ese mismo año, 1820, nació una mujer singular en Galicia, en El Ferrol, Concepción Arenal; figura clave del regeneracionismo social con su ejemplo cívico y sus reivindicaciones sobre la mejora de la vida de los trabajadores, de las condiciones humanitarias en las prisiones, de la educación como motor clave para la vida de los hombres y muy especialmente de las mujeres. No se olvide que Concepción Arenal estuvo vinculada, en torno a 1859, al grupo femenino de las Conferencias de san Vicente de Paúl y que ejerció como Visitadora General de Prisiones de mujeres, publicando más de medio millar de artículos en La Voz de la Caridad, además de su vinculación con la Cruz Roja. Autores como José Siles han señalado la influencia en su obra de figuras como Howard, Elizabeth Fry, Lynde Dix y Theodor Fliedner, además de su vinculación con el movimiento krausista y su amistad con Francisco Giner de los Ríos y Gumersindo de Azcárate, y por tanto con la Institución Libre de Enseñanza, como bien ha estudiado Aurélie Pirat. Recuérdese su famosa frase: "Abrid escuelas y se cerrarán cárceles". Y no olvidemos que en su formación estuvo presente El contrato social de Jean Jacques Rousseau y las ideas abolicionistas de la esclavitud en las colonias españolas.

Pero centremos nuestros comentarios en el libro que reseñamos de la ferrolana y por tanto en los avatares de la Tercera Guerra Carlista, que tuvo lugar en España entre los años 1872 y 1876, cuestión sobre la que Pablo Molanes Pérez ha realizado estudios centrándose en la figura del médico gaditano José María de Puelles y Centeno.

A veces sorprende que este libro de Concepción Arenal no se incluya entre los más significativos de su producción, se comprende que su obra periodística y sus ensayos sociales y jurídicos tienen una dimensión muy importante en el contexto de su obra, pero en sus "cuadros" sobre la citada Guerra Carlista observamos no solamente un documento social más dentro de su producción publicística sino que además se aprecia calidad literaria y artística que en algunos momentos nos hacen recordar a Whitman, cronista de la Guerra de Secesión (1861-1865), poeta y enfermero sobre el que nos hemos ocupado en otra publicación, sin olvidarnos de Miguel de Unamuno y de Paz en la Guerra, obra en la que el escritor vasco aúna memoria personal e historia del citado episodio bélico.

En esos años, Concepción Arenal está inmersa en sus trabajos a favor de las viviendas dignas para los obreros y en la organización de la ayuda a los heridos en un Hospital de Sangre en Miranda de Ebro, durante la Tercera Guerra Carlista, donde fueron atendidos heridos y enfermos de los dos bandos contendientes, labor y experiencia que fueron cruciales para escribir y publicar el libro que reseñamos, cuya primera edición salió a la luz pública en Ávila, en 1880, con el título Cuadros de la guerra. No se puede olvidar en esta apresurada reseña que la escritora gallega, a principios de la década de los setenta fue nombrada secretaria general de la Cruz Roja y también su amistad con Juana María de Vega (1805-1872), condesa de Espoz y Mina, y que la Duquesa de Medinaceli había impulsado la sección de Señoras de la Caridad de la Cruz Roja. De hecho Concepción Arenal en este libro subraya que no solo los heridos deben recibir el calor y el cuidado de los sanitarios y de los integrantes de la citada organización, también los soldados enfermos deben ser "compadecidas víctimas" y por eso reclama:

Convendría que en los futuros Congresos internacionales de La Cruz Roja, y la Asociación para socorro de los militares heridos, añadiese y ENFERMOS en campaña. Bien sabemos que la bandera neutral ha protegido a unos y otros; bien sabemos que se han equiparado en muchas partes enfermos y heridos; pero también nos consta la especie de desvío con que en otras se mira a los primeros, y el error de muchas personas que no se creen autorizadas para aplicar a los enfermos en campaña los donativos hechos para los heridos...

Encontramos en este libro de Concepción Arenal capacidad narrativa, capacidad para construir diálogos y empatía para testimoniar y denunciar las lacras de la guerra, como Francisco de Goya, pero con serenidad cervantina. El libro constituye un alegato contra la guerra y sus perversiones porque "los hombres de guerra no dan un paso sin producir dolor". Los soldados cuando están heridos o enfermos son transportados en carros o por "bagajeros", que a veces tienen el alma endurecida por las circunstancias. La gangrena, la muerte, el hambre, la sed, la invalidez serán el destino del soldado. De todas estas torturas "se compone la gloria militar". Madres que buscan a sus hijos, cartas que no llegan, e hijos soldados que mueren por la gangrena. Y no falta la crítica a España, dirigiéndose a los niños, "ya lo sabrás cuando crezcas, desdichado de ti, que has nacido en tierra desconocedora del derecho...". Cómo recuerda en esto Arenal a Mariano José de Larra. Y la crítica demoledora a la alta política: "Los hombres de Estado no piensan en estas cosas: la guerra es una cuestión de números; x soldados, equipados y armados, cuestan z millones. Si de x combatientes se restan r muertos, y s enfermos o heridos, hay que reponer estas últimas cantidades, y añadir otra que se cree indispensable para proseguir la campaña con esperanza de buen éxito". Los jóvenes soldados van cantando, pero "para un cantar alegre hay diez mil tristes...". A veces, muy pocas veces, la narración de Arenal recuerda el hedonismo de Whitman: "Gallardo mozo es aquel cabo de carabineros que se pasea por el andén de la estación...", pero la escritora ferrolana remata pronto la exaltación de la belleza para concluir que "es hijo de un oficial subalterno, que pudo darle educación, pero no eximirle del servicio militar".

Una de las escenas más sobrecogedoras es aquella en la que se narra la llegada de un herido al hospital de sangre de la Cruz Roja, días después siente dolor de cabeza, calor, y en la cara aparecen unos granitos, alguien pronuncia la terrible palabra: "¡viruelas!", y se desatan todas las alarmas, hay que trasladarlo: "...ya sabe usted lo que dicen de ese hospital: que es un horrible foco de infección la sala de virolentos; que no los cuidan ni vigilan. Uno ha aparecido muerto en el excusado; otro, en su delirio, se ha salido de la cama y de casa, llegando hasta la fuente: otro se ha tirado por la ventana y se ha estrellado...". Francisco, el enfermo, muere pronto y alguien exclama cuánta razón tienen las madres cuando gimen que sus hijos "caen" soldados. Duarte-Martínez y Núñez Calvo han realizado una síntesis de las enfermedades más frecuentes en el Hospital Cívico-Militar de Morella durante la "Tercera Guerra Carlista", predominando la viruela con un 37% y a continuación la tuberculosis pulmonar y la tuberculización en el hígado con un 32%.

Cambiemos de tercio. ¿Qué lugar ocupa Concepción Arenal en la literatura española? Difícil cuestión para resolverla aquí. González-Serna afirma que Gustavo Adolfo Bécquer se sitúa dentro de una concepción platónica del mundo, un mundo que estaría regido por el amor, "suprema ley del Universo", señalando además en su obra una triple identificación: Amor-Poesía-Dios. Incluso se apunta en la obra de Bécquer tanto una oposición al Romanticismo como al Realismo, a la par que hace una crítica de la grandilocuencia. Bécquer potencia en su obra el sueño, en lo que coincide entre otros con Hölderlin que decía: "El hombre es un dios cuando sueña/y un mendigo cuando piensa". Todo esto se puede suscribir, pero aún quedan episodios oscuros por aclarar en la vida y en la obra del poeta sevillano. No podemos afirmar que Concepción Arenal no tuviera en su mente una idea platónica del mundo, pero en su obra encontramos realidad, mucha realidad, y percibimos una triple identificación: Amor-Dolor-Dios. Bécquer decía "cuando siento no escribo"; en cambio, la escritora ferrolana pensamos que escribía cuando sentía, cuando sentía y veía la realidad que le rodeaba, ya fuera en los hospitales, en las cárceles, en los colegios o en una España en guerra. Bécquer nos lleva a la modernidad de Baudelaire y Concepción Arenal a otras modernidades que denuncian las lacras y miserias de su época, ya desde el ensayo o desde este texto que reseñamos sobre la guerra, marcadamente literario, escrito con capacidad poética, narrativa y con firme pulso en los diálogos, que consigue hacernos comprender los males de la patria con prosa cervantina, diáfana, pero también con pinceladas goyescas. Existen "cuadros" en este libro que entroncan con la crítica de Mariano José de Larra; pero además, cuando la escritora gallega describe un camino o traza diálogos entre personajes, parece anunciar al "viajero" de Camilo José Cela o al de Julio Llamazares, incluso la crónica periodística de Manuel Chaves Nogales. Al describir las penurias del camino y de las dificultades de los carros y las carencias de los pasajeros recuerda también al Mark Twain de Pasando fatigas. Puede ser que en este libro Concepción Arenal ambiciona llegar también al "amor platónico", pero desde el dolor y la denuncia de la lacerante realidad. Si de Bécquer y Rosalía de Castro se ha dicho que son precursores de la literatura española moderna, quizás también haya que apuntar que a este libro de la ferrolana le corresponde un trocito de gloria en la historia de la literatura española.

Quizás esta obra de Concepción Arenal pudo servir de inspiración para las denuncias periodísticas que, en 1898, hizo Vicente Blasco Ibáñez durante la repatriación de los soldados españoles de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, sobre las que hemos dejado testimonio en las páginas de Temperamentvm. Concepción Arenal deja crónica en su libro de la niña muerta en la cuna, del corneta Manuel, del niño herido en la cabeza, de los jóvenes tísicos que no pueden resistir la fatiga de la campaña, de las víctimas olvidadas y abandonadas, de las epidemias y las enfermedades, y de la gente decente que atiende a enfermos y heridos sean del bando que sean. El mensaje de Concepción Arenal, escrito desde sus fervientes creencias religiosas y de regeneración social, está vigente porque todavía hoy día "se juran y se bendicen banderas; todavía se llevan ensangrentadas a los altares y se entona el Te Deum para celebrar la carnicería que dio la victoria; (...). Perdonadnos, Señor, que no sabemos lo que decimos".

No se entiende que este alegato contra la guerra, escrito con gran calidad literaria, hoy día no sea más leído. Para Concepción Arenal la guerra no es un proceder que se pueda tener por honrado porque destruye los monumentos del arte, los archivos de la ciencia, los almacenes del comercio, las máquinas de la industria, los productos del trabajo honrado, pero sobre todo inmola a los débiles y a los inocentes. Y a pesar de todo ello, en plena guerra, actúa ayudando a los enfermos y heridos sean del bando que sean. Si este libro lo hubiera escrito Albert Camus hoy se leería en el mundo entero; en cambio aquí, en España, se reedita de vez en cuando y pocos lo han leído.

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