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ARCHIVOS DE LA MEMORIA (ISSN: 1699-602X) 2014 11fasc.4-11400

 

 

EDITORIAL

 

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El arte está ciertamente sobrevalorado

José Luis Bimbela Pedrola
Doctor en Psicología, Universidad de Barcelona. Profesor en la Escuela Andaluza de Salud Pública, Granada, España

Correspondencia: Escuela Andaluza de Salud Pública. Cuesta del Observatorio 4. 18011 Granada, España

Archivos de la Memoria 2014; (11 fasc. 4)

 

 

 

Cómo citar este documento

Bimbela Pedrola, José Luis. El arte está ciertamente sobrevalorado. Arch Memoria [en línea]. 2014; (11 fasc. 4). Disponible en <https://www.index-f.com/memoria/11/11400.php> Consultado el

 
 

 

 

A raíz de la visita a "instalaciones" en unos cuantos museos españoles

    Cada vez me cuesta más diferenciar el arte de las ocurrencias (y no lo digo solamente pensando en algunas de las últimas performances de Yoko Ono o en algunos de los primeros happenings de la Fura dels Baus). Si voy al diccionario y leo que ocurrencia es "una idea inesperada y repentina", o "un dicho o hecho ingenioso y original", lo empiezo a tener más claro: un buen número de museos en España están llenos (temporalmente al menos) de ocurrencias. Algunas sugerentes y divertidas y otras no tanto. También, a veces, me cuesta diferenciar el arte de la artesanía. Acudo de nuevo al valioso y utilísimo diccionario y compruebo que se suele asociar artesanía a un proceso de repetición e igualación donde la reflexión sobre el quehacer no es una condición. Vuelvo a aclararme: un buen número de las novelas (algunas muy extensas, otras menos) que están apareciendo en este país escritas por autores con ventas "importantes" son objetos artesanales. Y concluyo: la relación de ayuda y acompañamiento que realizamos los/as trabajadores/as de la salud es más arte (por lo bello, lo irrepetible, lo único) que artesanía; y, desde luego, mucho más arte (permite al "otro" elaborar nuevos conocimientos y cambiar la forma de percibir el entorno) que ocurrencia. En este sentido, protocolos, guías y procesos, pueden convertirse en magníficas herramientas flexibles que faciliten la mejor realización de la obra artística: sea ésta la entrevista con el paciente, la reunión con el equipo o con el/la jefe/a, o la charla con hijos/as, padres/madres, o hermanos/as. Creemos pues, de crear; y creámonoslo, de creer. Orgullosamente humildes.

A raíz de la lectura de un apasionante artículo de Gonzalo Pontón

    En ese artículo, de título realmente provocador "Ojalá que se extingan los escritores",1 el autor nos propone una apasionante reflexión alrededor de la posibilidad de percibir la práctica de la literatura como una actividad "relevante pero no exclusiva" e imaginar la desaparición de los/as escritores/as profesionales. ¿Ventajas? Dejarán de decirse palabras de más y escribirán solamente los/as que tengan algo que decir y crean que tienen que hacerlo. El ahorro en papel, energía y tiempo está garantizado. También en chácharas inútiles y en naderías endogámicas y repetitivas. El planeta lo agradecerá. Los habitantes del planeta (seres humanos incluidos) también. Por otro lado, permitirá que los/as ciudadanos/as podamos empoderarnos también en este ámbito tan fundamental para nuestra realización personal: ¡crear! ("Hago literatura para salvarme", afirmó sincero Andrés Sorel). La calidad de los microrrelatos escritos por el público en algunos programas radiofónicos es realmente excelente. Menos vedettes y más artistas. Menos papanatismo y más emancipación. Menos visionado pasivo (de lo que hacen/crean otros/as) y más producción activa (propia y personal). Más protagonismo. Más poder y más responsabilidad. La propuesta resulta altamente estimulante y provoca nuevas preguntas y reflexiones: ¿Y si propusiéramos algo parecido para la llamada clase política? En una línea muy compatible con la que apunta Juan Carlos Monedero en su último libro cuando habla de la política como autoayuda colectiva;2 y que recupera el origen griego de la política como el arte de conseguir el bien común. Pensémoslo pues, con calma. Osadamente humildes.

A raíz de escuchar a Samsó hablando sobre lo mucho que disfruta con su trabajo

    En un interesante programa radiofónico en el que colabora asiduamente, Raimon Samsó comenta que el dinero será un dinero feliz cuando provenga de ocupaciones felices, aquellas que nos apasionan y nos ayudan a realizar una misión, a desarrollar un don, una vocación.3 Y pensando en eso que llamamos trabajo, comparto con Vicente Verdú su idea de que un trabajo sin creación acaba siendo un martirio; y con Josh Lannon su reflexión acerca de la esclavitud que representa trabajar solamente por dinero. Si nos pasáramos la mayor parte de la jornada laboral hablando de los recortes, sería señal inequívoca de que "los malos" habían ganado. Los/as que trabajamos en salud pública tenemos "suerte": pocas actividades resultan más apasionantes y gratificantes que trabajar con/para/por las personas. Y además, estos tiempos de crisis en los que andamos metidos nos "obligan" a un plus extra de creatividad, de innovación, y de atrevimiento, también en nuestras relaciones con los demás. Un lujazo. Cada vez resulta más importante inspirarse e inspirar. Con intención y confianza. "Si hay miedo no hay talento. El talento pide compromiso, capacidad para tomar decisiones y capacidad para ilusionarse" afirma Pilar Jericó.4 A los/as que trabajamos con el dolor (físico, emocional y social) propio y ajeno, nos puede ser de gran interés evocar, cada día, las palabras de Rosa Montero sobre cómo la creatividad puede ayudarnos a transformar el sufrimiento en belleza, convirtiendo el arte en un poderoso instrumento contra el mal y el dolor.5 Con pensamientos más asociados a deseos e ilusiones que a esos deberes y obligaciones que embotan y provocan rechazo.6 Disfrutemos pues con lo que hacemos. Gozosamente humildes.

A raíz de revisar, con admiración creciente, las palabras de algunos clásicos

    Clásicos como Truffaut que, conversando con Hitchcock, llegó a la conclusión de que: "Se trata no solo de clarificar, sino de simplificar. Me pregunto si no hay dos clases de artistas: los simplificadores y los complicadores". O como Saint-Exupéry que reflexionó: "La perfección no se consigue cuando ya no queda nada por añadir, sino cuando no queda nada por quitar". O clásicos más nuestros y más recientes (y femeninos) como Elvira Lindo que afirma: "Es una enseñanza de la madurez: lo sublime siempre es sencillo". De la levedad del ser de la que hablaba Kundera a esa levedad de la que escribe muy elogiosamente también Rosa Montero en sus últimas obras (novelas y artículos). Vamos a intentarlo. Menos verborreas y más silencios. Menos "play" y más "record". Menos tesis y más síntesis. Menos despilfarro y más austeridad (la austeridad libera, el "austericidio" mata). Reivindicando las canciones de tres minutos y las narraciones (con presentación, nudo y, a veces, hasta desenlace) de menos de cien páginas. Hay excepciones, lo sé. Pocas (aquí que cada uno/a ponga las suyas; musicales y literarias, cinematográficas y pictóricas, arquitectónicas y escultóricas, fotográficas y en la danza). Si podemos decirlo en cuatro palabras ¿para qué usar ocho? En general, demasiados humos y demasiado humo; demasiados efectos especiales y demasiado ruido. Y realmente pocas nueces, pocos frutos, pocos cambios. Oigo, admirado, a un valiente Manuel Vicent afirmar públicamente, y en horario de máxima audiencia, que en las novelas hay capítulos que "no sirven para nada".7 Simplifiquemos pues. Austeramente humildes.

A raíz de disfrutar una vez más, en una tarde de invierno, la canción "Sur o no sur"8

    Llevo años gozando con las canciones de Kevin Johansen. Si tuviera que explicar sintéticamente con una palabra la razón de ese disfrute, la palabra escogida sería: sinceridad. Sus letras (en castellano, inglés o francés) resultan auténticas y reflexivas, vividas y trabajadas, inteligentes y lúdicas; sus músicas (cumbia flamenca, popklore, milonga) suenan limpias y frescas, sencillas y sentidas, profundas y divertidas. Me llegan al corazón y a la cabeza. Aterrizan en mi alma y entran en mis tripas. Me lo creo. Lo siento, lo disfruto, lo gozo. Y, muchas veces, lo tatareo y lo bailo. Me hace feliz. Esa misma tarde de invierno, leo que Mario García Torres, al que la crítica califica como uno de los más brillantes artistas de su generación (nació en 1975, en México) piensa que "Hay que reivindicar la sinceridad en el arte". Sí, yo también lo creo. Y además participo de su idea de que la honestidad tiene un potencial increíble. Lo notamos cada día, entusiasmados, en nuestras clases (presenciales o virtuales). Llegamos al alumnado, le conmocionamos, cuando nos comunicamos desde la sinceridad y la entrega, desde la honestidad y la franqueza. Confiando en uno/a mismo/a, confiando en los/as demás, confiando en la vida. Reivindicando y practicando una sinceridad que cuida lo que dice y cómo lo dice (y el orden en que lo dice: primero, siempre, lo positivo, para abrir y facilitar); que mima el cuándo y el dónde; y, desde luego que se pregunta sobre el porqué y el para qué. Una sinceridad, en fin, que evita ese espontaneísmo sobre el que nos alertaba Luis García Montero: "Nada hay más falso que la sinceridad espontánea". Sincerémonos pues. Confiada y reflexivamente humildes.

A raíz de observar a muchos y a muchas colegas trabajando con pacientes

    Aplicando cada día esa comunicación interpersonal que, como nos dijo Jovell (¡cuánto te echamos de menos, amigo!), constituye una verdadera tecnología "punta". Tecnología que hay que aprender y entrenar, mimar y cuidar, pensar y escoger, crear y gozar. E innovar. Y así, hablamos del arte de preguntar y escuchar que moviliza y transforma nuestros mundos;9 del arte de empatizar y reforzar que genera confianza, autoestima saludable y empoderamiento mutuo; del arte de retroalimentar que nos permite una evaluación constante del proceso comunicativo. Y ese maravilloso arte de lograr que con nuestra intervención la vida del paciente, del ciudadano, mejore. Y la nuestra también. Artes, todas ellas, asociadas a la autodisciplina y al esfuerzo. Lo veo un día sí y otro también: en atención primaria y en atención especializada; cuando nos comunicamos a solas (vis a vis) con pacientes y familiares, y cuando lo hacemos con grupos (de pacientes, de colegas). Intentando, en cada intervención, el reto de conjugar cantidad con calidad, acción con reflexión, y objetivos propios con objetivos de los demás (ciudadanos, jefes, compañeros). Observo, admirado, talento a mansalva, a manos llenas. Y mucha dignidad. Excelencia con frecuencia, esfuerzo siempre. Y hablo también de esos directivos y directivas que gestionan en la salud pública; con los que comparto, en los últimos tiempos, deseos e ilusiones, aprendizajes y proyectos. Nuestros pensamientos, nuestras relaciones, nuestros trabajos, nuestras vidas, son nuestras obras de arte. Y el arte emociona. Y la dignidad también. Y la sinceridad. Emocionémonos pues; y emocionemos. Digna y sinceramente humildes.

Agradecimientos

    A las artistas y a los artistas (profesionales o amateurs, a tiempo total o parcial, diurnos o nocturnos, autodidactas o de academia), con mi más profunda admiración, pues... "existen las artes porque con la vida no es suficiente" (F. Pessoa).

A Zenobia Camprubí por todo el arte con que creó, estimuló, acompañó y vivió. Y por su sincera y digna confesión: "Es demasiado no poder vivir la propia vida".
 

Bibliografía

1. Pontón, Gonzalo. Ojalá que se extingan los escritores. EL PAÍS. Babelia, 10.08.13.

2. Monedero, Juan Carlos. Curso urgente de política para gente decente. Seix Barral: Barcelona, 2013.

3. Samsó, Raimon. L'Ofici de viure. Catalunya Radio. Barcelona, 2014.

4. Jericó, Pilar. No miedo. Alienta: Barcelona, 2007.

5. Montero, Rosa. La ridícula idea de no volver a verte. Seix Barral: Barcelona, 2013.

6. Cameron, Julia. El camino del artista. Aguilar: Madrid, 2011.

7. Vicent, Manuel. La ventana. Cadena Ser. Madrid, 20-01-2014.

8. Johansen, Kevin + The Nada. Sur o no sur. Sony Music, 2013.

9. Subirana, M. y Cooperrider D. Indagación apreciativa. Kairós: Barcelona: 2013.

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