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TEMPERAMENTVM ISSN 169-6011

 

 

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La historia no contada

Marta Durán Escribano1
1Profesora Titular del Departamento de Enfermería. Universidad de Alcalá, Madrid, España

Correspondencia: C/ Huerta de la Sacedilla Nº5 P.1, 28221 Majadahonda, Madrid, España

Manuscrito aceptado el 4.4.2008

Temperamentvm 2008; 7

Pintura de René Magritte. La Condition humaine. The National Gallery of Art, Washington (EEUU)

 

 

 

Cómo citar este documento

Durán Escribano, Marta. La historia no contada. Temperamentvm 2008, 7. Disponible en <http://www.index-f.com/temperamentum/tn7/t8081.php> Consultado el

 

 

 


    Nacemos cada cual en un contexto no elegido, pero cuando nuestra razón se hace consciente buscamos las raíces que dan sentido a conocer quienes somos. Escuchamos los cuentos que nuestros padres ya escucharon, oímos las batallas contadas desde la monótona y cascada voz de ese abuelo tan querido que da fe de lo que nos cuenta y que al recordarlo, tenemos la certeza de que desde su sabiduría trató de decirnos algo más de lo que nos contaba. Queremos conocer el país donde nacemos, el entorno que pisamos, lo que nuestro pequeño mundo nos da y lo que espera de nosotros a través de esas historias contadas. Las historias y los cuentos que nos han sido contados cuando aún éramos niños, era la forma en que los adultos cuidaban de nosotros. Los cuentos hablaban de reyes en vidas palaciegas y princesas venidas de un mundo mágico, de hadas madrinas buenas y de malévolas brujas infames, de infantes, tiranos y mendigos, de fábulas inquietantes..., nos anunciaban las verdades de la vida y nos mostraban a un protagonista audaz que con sus pericias sacaba recursos para afrontar situaciones adversas y cuidar de sí mismo. Crecimos entre historias que hablaban de los sueños e ilusiones del mundo que esperábamos, hablaban de las relaciones entre los adultos y los más pequeños, mostraban los temores a la vida que quedaba por venir, nuestras historias hablaban sobre la vida y el cuidado de la vida.

Pero inexplicablemente, cuando llegamos a la edad adulta y al ejercicio de la enfermería, nos negaron la forma de aprender el cuidado ligada al sentimiento y a los modos de estrechar los lazos que nos unen con aquellos que cuidaron de nosotros. Negamos entonces nuestra propia historia del cuidado para hacer una manera de aprender impuesta desde el rigor de la técnica, los datos aislados del contexto, las destrezas repetidas de forma mimética, en definitiva aprendimos las formas del cuidar pero no el sentido del cuidado. Si el cuidado se aprende en la experiencia vivida, cada historia de una vida es la historia del cuidado.

Ahora bien, la historia nos lleva a reconocer que hoy somos lo que somos porque en nosotros existe una historia del cuidar, porque los que nos precedieron dejaron su sabiduría en los cuentos que algún día quisiéramos volver a escuchar y dejaron su conocimiento en esa historia que hoy quisiéramos leer. De no ser así, nunca sabríamos qué y quienes nos precedieron para ser lo que hoy somos y quien no tiene historias y cuentos que contar, no tiene vida propia, su vida se ciñe a contar la vida de otros. La realidad más triste en el mundo actual es la vida del despatriado, de quien tiene que dejar su mundo para formar parte de un mundo que no le pertenece.

¿Dónde está nuestra historia más reciente? Los orígenes de la historia del cuidado ya están contados. Ya en la mitología griega se cuenta que Cuidado surgió de la discusión entre Júpiter y la Tierra para dar nombre a una figura de barro con forma de "hombre" que significa "humus", es decir, "tierra fértil" (Leonardo Boff).1 Así, los cuidados en la evolución de la historia clásica y hasta la edad moderna están escritos, pero ¿por qué no sabemos nombrar nuestra reciente historia? Estoy rodeada de anécdotas que me llevan a hacerme esta pregunta.

Desde el inicio de la democracia en España, nuestra profesión se ha desarrollado de forma sorprendente al lado de la propia evolución de la mujer en su incorporación a la sociedad productiva y con el desarrollo científico y tecnológico. Nos incorporamos formalmente a los Planes de Estudio universitarios en 1977, con programas donde ya se impartían materias como Geriatría, Administración de Servicios, Salud Pública o Ética Profesional, materias que no estaban entonces en ningún Plan de Estudios de las Ciencias de la Salud, fuimos pioneras en el diseño de planes para la sociedad del futuro y, sin embargo, hoy no existen referencias históricas de estas experiencias. Por el contrario, hoy podemos leer en los archivos y documentos de acceso, la creación de la especialidad de Medicina Geriátrica, el gran paso de muchas Facultades de Medicina que han incorporado la Salud Pública frente a la tradicional Medicina Preventiva, o la Ética Profesional como disciplina frente a la Medicina Legal, la Administración Sanitaria se imparte en las nuevas titulaciones de Master y así, un largo etcétera, que al no haber sabido hacer de ello historia de la enfermería, no quedará registrado para quienes den continuidad a la profesión enfermera en generaciones venideras.

De la misma manera, las enfermeras promovimos la formación continuada en los hospitales ya en los inicios de los años ochenta y en los comienzos de los años noventa se formalizó la formación continuada en los hospitales asignando presupuesto específico para la formación, paradójicamente con ello las enfermeras quedamos fuera de esta formación presupuestada.

Desde los comienzos de la Atención Primaria, las enfermeras iniciamos un movimiento para incorporar la atención del cuidado a las personas y las familias con problemas crónicos de salud, el seguimiento de los programas de salud y el trabajo en la comunidad, la atención a domicilio y la educación para la salud. El número de enfermeras en la planificación de los servicios de Atención Primaria era entonces tres veces superior al total de los recursos médicos, pues así se explicaba la atención enfermera en los Centros de Salud. Hoy por el contrario, las enfermeras no encuentran su papel en la comunidad y los médicos de familia cada vez incorporan mayores competencias en el cuidado de la salud y la vida frente a su formación tradicional en la resolución de las enfermedades y la prevención de problemas de riesgo para la salud. Según los expertos, esta falta de asunción de competencias de las enfermeras de atención primaria (entre otros muchos factores), está propiciando que las urgencias de los hospitales sigan colapsadas por problemas médicos sin atender en la atención primaria y, por otra parte, los médicos de atención primaria cada vez solicitan más, un aumento de médicos para poder asumir las nuevas competencias.

Miremos a Europa, la media europea de enfermeras por cada 100.000 habitantes es de 843 y la media en España es 500 enfermeras, esto significa un 40% menos de enfermeras para atender a la población que la media europea, solamente están por debajo de España países como Italia, Grecia y Portugal.2 De otra manera, del total de profesionales que trabajan en la Unión Europea el 29'03% son médicos y el 70'97% son enfermeras mientras que en España el 45'58% son médicos y el 54'42% son enfermeras.3 Estos datos nos deben hacer pensar cómo, en los países cuyos modelos sanitarios hoy son una referencia de atención de salud en el marco de políticas de bienestar, tienen el mayor número de enfermeras en su sistema, así, países como Finlandia, Suecia, Dinamarca, Irlanda, Reino Unido y Francia, tienen un número de enfermeras por cada 100.000 habitantes que va desde las 2.181 enfermeras de Finlandia a las 646 de Francia, siguiendo un orden decreciente según la relación de países referidos.

Y aún hoy no dejo de seguir sorprendiéndome; actualmente, estoy realizando una investigación en cuidados paliativos y sigo sin poder contar con referencias bibliográficas enfermeras en la historia de los cuidados paliativos en España y no en vano fue una enfermera quien inicia en los años setenta lo que hoy es ya una filosofía de los cuidados paliativos en el mundo occidental. Se trata de la enfermera Cicely Saunders (1913-2005), con ella se inicia el Movimiento Hospice en Inglaterra, el cual en la década de los años setenta devino a llamarse cuidados paliativos. Pues bien, en España no encuentro más que escasísimas experiencias contadas por enfermeras en servicios concretos y la mayor parte de la historia está contada por la asociación científica de referencia en cuidados paliativos que es, la Sociedad Española de Cuidados Paliativos (SECPAL), una sociedad médica a partir de la cual las enfermeras se escindieron para formar una sociedad científica propia, la Asociación Española de Enfermería en Cuidados Paliativos (AEACPAL), pero ésta no aparece como referencia en ninguno de los documentos sobre Cuidados Paliativos que edita el Ministerio de Sanidad en España o las asociaciones científicas europeas. Yo me pregunto, ¿no hemos sido las enfermeras pioneras en la determinación del paradigma del cuidado que hoy se promueve en los cuidados paliativos?

Por que no hablar de la crisis de la gestión de cuidados. Las enfermeras españolas hemos creado en los años ochenta una estructura de participación en la gestión de servicios de salud que ha sido admirada y reconocida en nuestro país y en los de nuestro entorno europeo, así como en muchos países de América. Recuerdo, el importante trabajo realizado en la Comisión Abril, de Evaluación del Sistema Nacional de Salud en el año 1991, en donde quedaba reflejada esta experiencia enfermera como un gran avance del sistema sanitario español. Pero por muy diferentes razones, las direcciones enfermeras de nuestro sistema de salud y, en concreto, de la atención primaria, hoy se encuentran en una grave crisis de identidad, por una parte de falta de reconocimiento desde la propia profesión enfermera y de otra manera, de falta de asignación de competencias desde las gerencias y equipos de gestión. Una vez más, la falta de una historia escrita hace patente nuestras debilidades frente a la necesaria visibilidad enfermera ante la sociedad.

Necesitamos reflexionar y mirar hacia adentro, mirar nuestra historia, mirar desde nosotros mismos para conocer y saber qué nos pasa. Muchas veces, caemos en la falsa creencia de ver nuestras limitaciones en aquello que da poder a otras profesiones, y tratamos de imitar sus formas en el ejercicio del poder, pero con ello estamos descuidando que la imitación de la identidad de otros no refuerza la identidad propia que nos otorgaría nuestro propio poder. El espejismo del poder que vemos en otros nos lleva a creer que el poder es el resultado de "estar" en los lugares de representación, como pueden ser las direcciones enfermeras en referencia con las direcciones médicas, y el poder es únicamente el resultado de "ser", no de estar. El que tiene el poder que le confiere un cargo de reconocimiento social si no tiene el poder que le asigna su propia autoridad, no tiene el reconocimiento del poder. Las enfermeras hemos de saber aportar nuestro propio "ser" a la manera de gestionar y dar cuidados a la población y solamente podremos hacerlo desde la sistematización de los cuidados que prestamos, desde la exportación y comunicación de las experiencias vividas en el cuidado, desde la evidencia científica de lo que hacemos, y es esto lo que da confianza a la población y al sistema de cuidados. El reconocimiento viene por la investigación y la generación de conocimiento nuevo. Nuestra historia hoy, es la historia de otros aunque ésta sea contada por nosotros mismos. Contar nuestra propia historia es investigar aquello que completa y desarrolla nuestra forma de ser y nuestra forma de hacer enfermería. Negar la historia nos lleva a la pérdida de nuestra identidad y la falta de identidad nos hace despatriados, seres sin identidad en tierra de otros. Tenemos que contar la historia no contada.

Notas bibliográficas

1. Boff L. El cuidado esencial. Madrid: Editorial Trotta, 2002.
2. Consejo General de Enfermería. Aportación de la Enfermería a la sanidad europea. Informe 2005.
3. Organización Colegial de Enfermería. Nota de Prensa, 2007.

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