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TEMPERAMENTVM ISSN 169-6011

 

 

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El retrato y la muerte
Virginia de la Cruz Lichet
Temporae. Madrid (España), 2013. 167 Págs.

Autora del comentario:
Ana Belén Rodríguez Feijóo

Temperamentvm 2014; 19

 

 

 

Cómo citar este documento

Rodríguez Feijóo, Ana Belén. El retrato y la muerte, de Virginia de la Cruz Lichet [Comentario de texto]. Temperamentvm 2014, 19. Disponible en <http://www.index-f.com/temperamentum/tn19/t1900.php> Consultado el

 

 

 

    Tengo que reconocer, que cuando una buena amiga me habló de este libro, el gusanillo de la curiosidad realizó en mi su cometido de una forma esplendorosa. Por tanto, me encuentro con un libro de 21x21 cm., de color marrón y con una portada de lo que a simple vista parece una niña dormida, de unos dos o tres años, aparece tumbada sobre su espalda, dando la impresión de estar ligeramente elevados tronco y cabeza, con un vestido no acorde con las modas actuales, y esto junto con la carencia de color de la estampa, nos transporta a otra época. Los ojos se nos van al título: "El retrato y la muerte", y de repente todo encaja, esa posición tan poco natural, esos ojos entreabiertos., no se trata de una niña dormida, es el retrato de la muerte.

Durante unos segundos el primer pensamiento que tengo es el de una escena macabra, pero con la misma rapidez con la que llegó, desaparece y entonces surge un sentimiento de cariño. Tal vez esta confluencia de sentimientos pueda ser explicada por mis conocimientos previos de la temática tratada y por mi origen gallego, ya que la obra trata de un fenómeno social, como era el fotografiar a los muertos, muy en auge desde mediados del siglo XIX hasta el último tercio del siglo XX (pero no exclusivo sólo de esta época), y aunque extendido por todo el mundo, hubo zonas en las que su presencia fue más importante y, una de estas zonas fue Galicia.

La autora del libro, Virginia de la Cruz Lichet (Chartres, Francia-1978), es Doctora en Historia del Arte por la Universidad Complutense de Madrid. Actualmente es profesora de Historia del Arte Contemporáneo e Historia y Teoría de la Fotografía en la Universidad Francisco de Vitoria (Madrid). Su tesis doctoral se centró en el estudio de la fotografía post-mortem, haciendo especial hincapié en los retratos fotográficos post-mortem de la Galicia de los siglos XIX y XX. Decir, que el interés de la autora por el tema, surgió al ver los retratos del fotógrafo gallego Virxilio Vieitez (1930-2008).

La obra consta de 167 páginas; tras los agradecimientos iniciales, aparece un prólogo firmado por Ángel Mª Fuentes (conservador-restaurador de patrimonio cultural). Continuamos con la merecida introducción al tema, para iniciar el desarrollo de la obra como tal:                

Pequeños angelitos. habla de los niños como importante referente en la fotografía post-mortem.

Tras una vida pasada llega la esperada muerte. Aborda la fotografía fúnebre en general, tanto si los difuntos son individuos jóvenes, como si ya son ancianos.

El difunto acompañado/En compañía del difunto. Aquí se describen aquellas fotografías en las que vivos y difunto comparten espacio, suelen ser retratos en los que el fallecido se acompaña de familiares.

Memento Mori. La fotografía utilizada como documento para el recuerdo; se hacen "reportajes" para el álbum familiar, fotografías de las lápidas, sepulcros...

Termina la obra con un epílogo y con biografías de nueve fotógrafos gallegos y un asturiano, todos ellos practicantes del tipo de fotografía tratada. Cierra el libro una buena bibliografía.

El retrato y la muerte contiene 185 fotografías relacionadas con el óbito, perfectamente catalogadas y descritas, en su mayoría de origen gallego. Un libro que nos presenta una incursión en un mundo lleno de tradiciones y sentimientos.

A medida que me iba adentrando en la lectura y en la visualización de las múltiples fotografías, una cantidad asombrosa de recuerdos afloran; "lembranzas" arraigadas a mi niñez y que el paso del tiempo había tratado de difuminar. En contraposición a lo que sucede hoy en día, durante mi infancia, en la Galicia interior, muerte y vida caminaban de la mano, y cuando un vecino daba su último aliento, lo primero que la familia hacía, era avisar al cura para aplicar la Santa Extremaunción al finado (si no lo había hecho ya), y así facilitarle el acceso al reino de los cielos. Acto seguido se hacía saber la noticia mediante el triste tañer de las campanas, cuya melodía marcaba la diferencia de tratarse de un hombre, de una mujer o de un niño.

El velatorio se instalaba en casa, su casa, donde había muerto, rodeado de los suyos, allí quedaba expuesto el cadáver, vestido con sus mejores galas y en un ataúd, fruto en muchas ocasiones de los ahorros de toda una vida. En mis primeros años de niñez, de los cuales datan gran parte de las menciones vividas y oídas, lo más común era que las fotografías del último recuerdo fueran tomadas por algún conocido emigrante o bien acomodado, que podía permitirse el tener una cámara fotográfica y que prestaba a la familia ese favor; años atrás, según contaba mi madre, el retrato era realizado por un fotógrafo profesional, lo que suponía un esfuerzo económico importante para los familiares, pero merecía la pena, ya que en muchas ocasiones suponía la única estampa existente del sujeto; la fotografía además de ser el último recuerdo, se puede decir que tenía el valor de documento notarial, ya que su remisión a familiares ausentes, emigrados, daba carta blanca a la repartición de bienes y en otras ocasiones, podía considerarse como una "sutil insinuación" hacia los familiares lejanos para reclamar la ayuda al pago de gastos originados por el entierro.

Normalmente el velatorio se prolongaba un par de días, durante los cuales, amigos y conocidos, ancianos y niños, daban un último adiós. Durante la noche los vecinos también se turnaban para acompañar al fallecido, si bien es cierto que salvando los Santos Rosarios que de vez en cuando se rezaban, la madrugada más que oración, acogía un sinfín de comentarios e historias, que la mayor parte de las veces terminaban contrastando drásticamente con el dolorido sentir de la estancia; y por supuesto nunca faltaban las historias de milagros, apariciones y de la "Santa Compaña".

En la procesión del entierro, según mi madre, también se solía hacer fotografías para incorporarlas al álbum familiar; de camino a la iglesia, era costumbre ir haciendo paradas para "elevar" una plegaria, siendo los lugares escogidos aquellos en los que se pasaba junto a un cruceiro o en los cruces de camino.

Después del entierro, se solía pagar un año de oraciones (o añal), durante el cual, el cura todos los domingos rezaría de forma comunitaria una plegaria por el alma del finado.

Virginia de la Cruz Lichet, ha logrado plasmar en un libro, un sentir; por una parte, el de las familias a las que la muerte había arrancado a uno de sus miembros, y por otra parte, el sentir y la experiencia del artífice del retrato, el fotógrafo. Una obra interesante, curiosa, que en muchos aspectos nos invita a la reflexión.

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