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TEMPERAMENTVM ISSN 169-6011

 

 

EDITORIAL

 

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La sanidad en el Cádiz de las Cortes

Francisco Javier Ramírez Muñoz
Doctor en Historia Contemporánea. Grupo de Estudios Históricos "La Pepa". Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Cádiz, España

Correspondencia: C/ Profesor Alcina Quesada 9-3º Izda. 11002 Cádiz, España

Temperamentvm 2012; 15

 

 

 

Cómo citar este documento

Ramírez Muñoz, Francisco Javier. La sanidad en el Cádiz de las Cortes. Temperamentvm 2012, 15. Disponible en <http://www.index-f.com/temperamentum/tn15/t0612.php> Consultado el

 

 

 


    En el convulso periodo histórico de las Cortes de Cádiz, con los franceses apostados a las puertas de la ciudad y con el consecuente caos de una urbe totalmente colapsada, de poco más se podían ocupar los diputados que de establecer los principios liberales y asentar los artículos que conformaban la carta magna. Por esta razón, los diputados constituyentes no se preocuparon en demasía en proyectar mejoras novedosas en el ámbito sanitario. Junto a esta desfavorable situación debemos recordar que desde finales del siglo XVIII, Carlos IV había aplicado algunas medidas desamortizadoras que provocaron una importante crisis en los centros sanitarios, ya que la disminución en sus recursos afectaron de pleno a la gestión de los mismos. Como advertimos, la situación empeoró tras la invasión napoleónica y en este terrible marco, era una ardua tarea intentar gestionar una nueva organización sanitaria que mejorara la salud de los ciudadanos españoles.

Si observamos los avances científicos que la medicina del romanticismo fue aportando a lo largo de los primeros años del siglo XIX, sirvan como ejemplo el estetoscopio de Laennec, la ambulancia de Larrey o la parálisis agitante de Parkinson, y la ausencia casi por completo de estas mejoras en España, entendemos las dificultades que los médicos españoles tuvieron ante esta coyuntura tan negativa. Solo algunas figuras, como el caso de Francisco Javier Laso de la Vega, con su trabajo y pundonor, pudieron mantener viva la llama de la ciencia en España ante tales adversas circunstancias.1

La situación hospitalaria a principios de siglo tampoco era muy halagüeña y las deficiencias en el sistema benéfico convertían los hospitales en lugares de dónde difícilmente se salía con vida. Como afirmaba Jovellanos "...los hospitales son focos naturales de infección donde las enfermedades leves se hacen graves, las graves incurables y las contagiosas se perpetúan, y las operaciones quirúrgicas rara vez tienen éxito favorable...". A pesar de esta afirmación, el entramado de los centros sanitarios en Cádiz durante las Cortes era amplio y diverso y entre todos se intentaba gestionar las necesidades, aunque se confundieran entre ellos las labores asilares. Así que podemos hablar de una aceptable sanidad a nivel cuantitativo aunque desafortunadamente no podemos hacer la misma reflexión en cuanto a nivel cualitativo se refiere. Existían por aquel entonces cuatro grandes centros hospitalarios, tres en el interior de la Muralla Real y uno en extramuros. El Hospital Real, dependiente de la Marina española, el Hospital de Nuestra Sra. del Carmen, conocido por el hospitalito de mujeres, y el Hospital de la Misericordia, situado junto a la iglesia de San Juan de Dios.2 A estos tres nosocomios debemos añadir el centro sanitario que se habilitó en extramuros en la Segunda Aguada y que como más adelante veremos, llegó a albergar a prisioneros franceses. Junto a los hospitales propiamente dichos, la ciudad también contaba con un hospicio, dos casas de viudas y una casa de expósitos que completaban un complejo esqueleto sanitario, que trató de paliar los continuos problemas de esta índole que se presentaron en la ciudad en el arranque de siglo.

Recordemos, que aunque los diputados se encontraban reunidos en el Oratorio de San Felipe, los franceses continuaban su asedio sobre la ciudad y que tras la batalla acaecida en Bailén,3 no pararon de llegar prisioneros que había que administrarlos y tratarlos en la ciudad. Ante tal colapso, las autoridades sanitarias decidieron habilitar unos pontones para establecer en los mismos a estos prisioneros que no hacían más que complicar el asunto sanitario en todos los niveles, ya que estos encarcelados en los pontones se convertían de hecho, en un importante foco de enfermedades.

A nivel legislativo y como mencionamos al principios de estas líneas, de poco pudieron ocuparse los diputados ante tal maremagnum de leyes y decretos que debían elaborar casi a contrarreloj. Sin embargo, hubo margen para la creación de algunas líneas en el articulado de la Constitución relacionado con la gestión sanitaria. Aunque durante el reinado de Carlos IV y con Godoy al mando se intentaron modificar algunas normas sanitarias, pocas fueron las que realmente se llevaron a cabo. Podríamos reseñar las "Ordenanzas de Sanidad marítima y terrestre" firmadas por Benito Puente en 1803 y que solo trataba en líneas generales las bases para proceder al cierre de puertos y efectuar certeros cordones sanitarios en casos epidémicos. Sin embargo dentro del periodo de Cortes, la primera norma de peso que se gestiona para intentar modificar las estructuras sanitarias estatales se firma el 22 de julio de 1811, quedando plasmada en el Decreto LXXIX por el que se rige, que el único y exclusivo órgano sanitario es el Tribunal del Protomedicato. Lo más relevante que se quería llevar a cabo con esta modificación era incluir en la gestión de la sanidad a miembros con demostrada experiencia en el campo médico, ya que hasta ahora la Junta Suprema de Sanidad y las Juntas Municipales estaban confeccionadas por integrantes del cuerpo político, que en la mayoría de los casos debían apoyarse en médicos y cirujanos consultores, porque no tenían conocimientos para administrar situaciones sanitarias complejas. Con este nuevo decreto, el tribunal del Protomedicato estaba compuesto por cinco miembros, dos profesores de Medicina, dos de Cirugía y uno de Química. Hay dos lecturas positivas en este gesto, la primera concentrar todo el poder en un solo organismo que gestione todos los asuntos sanitarios a nivel estatal y otra, el criterio de constituir un órgano técnico que orientara con conocimientos científicos las mejoras en la salud pública. Podemos afirmar por lo tanto, que había una clara actitud de romper con la estructura administrativa del antiguo régimen. De todos modos, en las Cortes de Cádiz no se llegaron a introducir grandes cambios, como es probable que fuera el deseo de los diputados, pero como hemos citado, la extensión y complejidad de los asuntos a discutir solo permitieron introducir varias disposiciones a nivel sanitario, quedando reducidas a tres artículos: 131, 321 y 335.4 Junto con el articulado de la Constitución, otras pequeñas disposiciones siguieron ejecutándose para beneficio de la salud pública, a pesar de las serias dificultades. Con los franceses al otro lado de la Bahía disparando bolas de cañón, todavía había médicos al servicio de los gaditanos que junto con la Junta Superior de Gobierno y los integrantes de la Junta Suprema de Sanidad elaboraron a través de dos reales órdenes un reglamento hospitalario5 en abril de 1810 que se facilitó a los médicos del Real Colegio de Cádiz para su aplicación inmediata en los centros gaditanos.6

En defensa de los diputados y con respecto al poco interés que suscitó la sanidad entre los constituyentes, debemos referir dos importantes aspectos. Asuntos tan importantes como el libre comercio o la esclavitud no fueron ni siquiera mencionados en la Carta Magna y al menos si se trabajo aunque de manera sucinta algún que otro aspecto sanitario. Por otro lado, la sanidad estuvo presente en el hemiciclo de San Felipe, mucho más de lo que todos pensamos, puesto que lo primero que se leía todos los días en el Oratorio antes de empezar la sesión, era el parte de sanidad del día anterior, ya que los diputados le tenían un terrible respeto a un posible rebrote de fiebre amarilla, enfermedad epidémica que desde principios de siglo había causado estragos en la ciudad. Y el temor de los señores constituyentes no era baladí, ya que en el otoño de 1810 la fiebre maligna hizo su aparición contribuyendo más si cabe, a alimentar un caos social irreparable. No fue la epidemia más virulenta que había sufrido la ciudad, llegando el número de víctimas totales a los 4.300 individuos, pero en el estado de sitio en el que se hallaba la ciudad, no era la epidemia buena compañera de viaje. Así lo entendieron los médicos que formaban parte de la Junta Municipal de Sanidad que incluso intentaron ocultarlo, para no alarmar a una población que se desesperaba ante tal acumulación de nefastas adversidades. Si la situación epidémica era complicada, en febrero de 1812 y en el epicentro de la gestión constitucional, una nueva epidemia, aunque en este caso de viruelas,7 volvió a alarmar a la población. Para completar los designios negativos que marcarían el devenir de las Cortes, el verano de 1813 la epidemia de fiebre amarilla vuelve a hacer su aparición en la urbe gaditana. Lo que ocurre en este caso, es que las consecuencias para la ciudad son mucho más negativas, puesto que los franceses ya habían levantado el cerco en la Bahía y los diputados comenzaron a alarmarse cuando el Señor Ramón Power, diputado por Puerto Rico, falleció de la fiebre maligna.8 Podríamos considerar que fue una de las razones de mayor importancia que forzaron a los constituyentes a trasladar las Cortes a Madrid el 29 de noviembre de 1813.

A pesar de la voluntad de los diputados, la Constitución fue abolida en mayo de 1814 tras la vuelta al trono del rey absolutista Fernando VII. Al igual que todo lo legislado, la sanidad dio un paso atrás, ya que muchas instituciones públicas que habían comenzado su gestión se vieron obligadas a devolver centros asilares y hospitales a la iglesia. El verdadero cambio y éste si se observó de una manera más sustancial, fue el incluido en las modificaciones llevadas a cabo durante el trienio liberal. En abril de 1822 salió a la luz el "Proyecto de Código Sanitario para la Monarquía Española". Debemos recordar que en este mismo año también se publica la "Ley de Beneficencia", que aunque no encarna en principio un explícito carácter sanitario, sí influye de manera significativa en el desarrollo de la sanidad en España.9

Notas bibliográficas

1. Para completar con mayor amplitud los avances en la medicina romántica, consultar Guerra, Francisco. Historia de la Medicina. Tomo II. Norma. Madrid, 1989; Sánchez Granjel, Luis. Historia General de la Medicina Española. Universidad de Salamanca, 1986; Laín Entralgo, Pedro. Historia de la Medicina. Barcelona: Salvat editores S.A, 1982.
2. Herrera Rodríguez, Francisco. La hospitalización en la Bahía de Cádiz en los inicios del siglo XIX. pp 67-80. En: Bicentenario del Hospital de San Carlos (1809-2009). Ministerio de la Defensa: Madrid, 2009.
3. Batalla de Bailén. 19 de julio de 1808. Capitulaciones. Art. 11. "Los heridos y enfermos del ejército francés serán atendidos en los hospitales con el mayor cuidado y se enviarán a Francia con segura escolta en cuanto se hubieran restablecido".
4. Art. 131: "Aprobar los reglamentos generales para la policía y sanidad del reino". Art. 321: Indica los asuntos que deben gestionar los Ayuntamientos entre estas líneas aparece, "La policía de salubridad y comodidad" y "Cuidar de los hospitales, hospicios, casas de expósitos y demás establecimientos de beneficencia". Art. 335: En este caso se formulan las competencias de las Diputaciones, que comprenden entre otras "Formar el censo y la estadística" y "Cuidar de que los establecimientos piadosos y de beneficencia llenen su respectivo objeto, proponiendo al Gobierno las reglas que estimen conducentes para la reforma de los abusos que observaren".
5. Archivo Histórico Provincial de Cádiz. Junta Municipal de Sanidad. Legajo 2937. Actos de conferencias. Abril 1810.
6. Podríamos incluir como referencia alguno de los sueldos médicos que por aquel entonces se cobraban por trabajar en un hospital. 1º Médico: 18.000 reales de vellón; Médico consultor: 14.000 r.v.; Practicante Mayor: 6.000 r.v.;1º Cirujano: 18.000 r.v. 1º ayudante de cirujano: 12.000 r.v.; 1º Boticario: 18.000 r.v.
7. Solís Llorente, Ramón. El Cádiz de las Cortes. Madrid: Silex, 2000. Refiere el autor que en el parte del Doctor Flores Moreno se señalaban estas enfermedades padecidas que se podían haber evitado, ya que para esta enfermedad existía vacuna. De todas formas no fue de importancia y el resto de los meses del año fue tan tranquilo como en los anteriores.
8. Otros diputados de importancia como Mexía Lequerica, Capmany o Luján perecieron contagiados por el mismo mal.
9. La Ley de Beneficencia de 1822, cuenta con un total de 138 artículos y ya en el artículo 1º, la normativa sugiere que se cumpla el anterior artículo 321 publicado en la Constitución de 1812, para una mejor gestión de este ramo.

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