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CONTENIDOS

Prólogo
Nostalgias de Santos y tahonas

La Ruta de los Milagros

    El Patriarca de la Sierra
    El Angel caído
    El curandero de tierras ajenas
    La peregrinación de los favores
    "Autopista hacia el Cielo"
    Paraíso de Santos perdidos
    El poeta, sanador y sabio
    Alivio de la fascinación
    El viaje nocturno
    Los caminos del Purgatorio
    Las fuentes de la Salud

Epílogo
La vida de Santo por oficio

[Ilustrado con mapas y fotografías de los lugares y personajes citados en el libro]

Menciones de prensa

Opinión de Granada1
Opinión de Granada2
 

 

Manuel Amezcua
La Ruta de los Milagros
Un viaje fascinante por el mundo del misticismo popular, un acercamiento a las formas complejas de curación tradicional
Col. Index narrativa. 2004, 174 págs, ISBN: 84-931966-2-2
P.V.P.: 18 €

NOSTALGIAS DE SANTOS Y TAHONAS
Prólogo de Manuel Urbano

     En mi infancia, durante mis largas estancias en las aldeas alcalaínas y en aquellos ominosos años de posguerra, comenzaron a tentarme muy serias perplejidades que, en razón a la escasa edad y al tratarse de temas de gran calado, por más que intentaba deshacer el nudo de sus interrogantes no hacían otra cosa que la de atraparme con nuevas preguntas que, gracias al regreso a la capital y al catecismo del padre Ripalda memorizado a punta de correa, pronto quedarían disipadas. Si alguna vez comentaba algo en casa sobre Custodio y de la fe ciega que en él depositaban aquellos campesinos, con un desprecio sin disimulo obtenía invariable respuesta: "son cosas de incultos y, si tú no quieres ser tan bestiajo como ellos, dedícate a los libros". Entre nubes de nostalgia volvía los ojos a Charilla, Mures, las Riberas y en mi óptica niña, ya burguesa y capitalina, se me transfiguraban los cortijeros en auténticos hombres primitivos con los que había de convivir necesariamente algunos meses del año, ya que, si bien en la ciudad estaba establecida la civilización en pleno -hasta con luz eléctrica en todas las habitaciones y agua corriente en la cocina- si quería comer pan blanco y abundante enmarcan­do a un buen par de chorizos de a palmo no tenía otra opción. Tan contundente amenaza en la tan rotunda anatematización teológico­zoológica de aquellos labriegos, familiares y amigos, aunque conseguía que abjurase con asco de lo allí aprendido y se me encogiese el ánimo por vivir a temporadas en tierras de inequívoca y peligrosa paganía, a la vez me resucitaba tentadores los cálidos olores de la tahona del pueblo y los mansos y aromáticos de la orza de chorizos.
     Hoy, casi medio siglo después, Manuel Amezcua me tiñe de rubio la memoria ya encanecida, me aviva la nostalgia y, con la señorial generosidad que siempre identificara a los serranos, me invita, tras tantas lunas vencidas, a desandar los pasos que diera y a recorrer junto a él "la ruta de los milagros". No puedo negarme al afecto, no puede ser más sugerente el camino ofrecido y, aunque sea imposible recobrar el tiempo que se nos fue, es bueno abrir las brumas que empañan el recuerdo aunque sólo sea para tentar el aterciopelado corazón de un niño.
     No sé si las imágenes captadas por unas recién abiertas retinas pueden servir de testimonio, máxime cuando amarillean con la pátina que le otorgaron los años y la ideología; pero estoy por asegurar que en aquellas fechas una inmensa mayoría de los campesinos y pequeños propietarios de las aldeas alcalaínas depositaban su fe viva en Custodio y otros santos menores y ella, como la cristiana, a las que no estimaban reñidas, religaban la vida social. Los hombres y, muy en mayor número, las mujeres, quienes no se sentían santos, se adivinaban testigos vivos de ellos, de su fe y testimonio, de los servicios materiales y espirituales que prestaban a la comunidad. Si alguien pretendía hacerles ver a estas gentes sencillas, desconfiadas ante todo lo humano y crédulas de todo lo del espíritu, que los referidos santos estaban censurados en su actividad por la Iglesia, no tardaban en replicar que, quien así opinaba, confundía la voz de Dios con la de los curas. Si alguien hacía notar que les "apañaban los campos" y, a cambio de sus más que equívocas mediaciones, los enriquecían, no faltaba quien, a la vez que negara tales acusaciones, aportase el irrefutable dato de que la cosecha más grande la obtenía todos los años el médico y eso que, prácticamente, carecía de tierras; por las acordadas "igualas", concluida la recolección, carros enteros cargados con costales de trigo se vertían en los graneros del facultativo a pesar del control casi policíaco que sobre las cosechas mantenían los "tíos de la fiscalía", quienes, todo hay que decirlo, eran infinitamente más odiados que los maquis, la llamada "gente de la sierra", para los que siempre quedaba una actitud entre comprensiva y romántica. Tampoco valía aducirle a los devotos que tales santos eran perseguidos por la justicia; ello, a sus ojos, no tenía otro significa­do que el normal del martirio, por lo que, aunque entre temores, acrecentaba la devoción de los campesinos y producía el efecto contrario al pretendido; así, si alguna vez a los representantes gubernativos se les iba la mano ejemplarizante -como cuando detuvieron en Charilla y, posteriormente, pelaron al cero a cierta reunión de mujeres que asistía a los oficios misteriosos de una "hermanita"-, tal tipo de dialéctica asentaba y multiplicaba, como en toda martirología, las creencias. En conclusión, en las sierras de los milagros, mayoritariamente, se estimaba a estos santos como criaturas ungidas por un don especial divino, como miembros sobresalientes de la Iglesia de Cristo; otra cosa eran los templos -a los que se iba en bautizos, bodas y entierros- y otra, bien distinta, la clerecía, las autoridades y los "señoricos"; no importaba en qué campo, durante la próxima e incivil guerra fratricida, se había estado.
     
No soy etnógrafo ni historiador, pero creo que quienes se ocupan de desvelar el pasado o de descubrir qué savia nutre la vida debieran atender con la rigurosidad que merecen las manifestaciones, aún no desaparecidas, de religiosidad popular. Por cuanto a mí hace, quizás por ser aprendiz de folklorista, siempre me estremeció la fe ajena cuando la advertí honesta hasta en la médula, como siempre me enterneció la poesía que brota en los surcos de la tierra. Por ello y porque me regresa al sol de la infancia, a la queridísima y siempre añorada cuna de mi padre y esposa en la que también me siento hijo, este sólido trabajo de Manuel Amezcua que, aquí, ahormado jugosamente en libro, se da cita, igualmente me inunda de ternura y escalofríos. Amezcua con una sensibilidad bien distinta a la mayor parte del periodismo de nuestros días, con un escrúpulo ejemplar hacia las conciencias ajenas, con un caballeresco respeto hacia el hombre que habita en todas y cada una de las páginas que siguen, con una carga inequívocamente científica que no enmohece la galanura y la amenidad literaria, ofrece un estudio que, desde ya, ha de ser tenido como esencial para conocer una formidable parcela de la cultura jiennense que, aunque en declive, continúa aleteante.

 

 

 


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