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Editorial

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Presencia 2007 jul-dic; 3(6)

Editorial

Acercándonos al “otro” que ya está con nosotros

Mª Consuelo Carballal Balsa1, Germán Pacheco Borrella2.

1Vicepresidenta de la ANESM.
2Director de PRESENCIA, Revista de Enfermería de Salud Mental.

Cómo citar este documento:
Carballal Balsa MC, Pacheco Borrella G. Acercándonos al “otro” que ya está con nosotros. Rev Presencia 2007 jul-dic;3(6). Disponible en <http://www.index-f.com/presencia/n6/79articulo.php> [ISSN:1885-0219] Consultado el


        Tenemos el derecho de ser iguales cuando las diferencias nos interiorizan, y tenemos el derecho de ser diferentes cuando las igualdades nos esclavizan1. (de Souza Santos, 1995).

    El pasado día 10 de octubre, Día Mundial de la Salud Mental, la Organización Mundial de la Salud (OMS) nos sugirió celebrar ese día bajo el lema: La salud mental en un mundo en transformación: efectos de la cultura y la diversidad.

    No cabe duda, que los procesos de globalización (principalmente en lo económico), que algunos denominan “aldea global”, están transformando el mundo. A este respecto, algunos datos se nos muestran relevantes. Por ejemplo, Gildas Simón2, a mediados de los años noventa, calculó que había en movimiento en la Tierra 139 millones de personas, lo cual representa alrededor del 2.1% de la población mundial y las cifras continúan aumentando. El motivo para este movimiento humano no es otro que una recomposición económica, política e ideológica a la que se está sometiendo al planeta. Por su parte, la ONU, en 1998, revelaba en un informe que las 225 personas más ricas del mundo poseían tanto como 2.500 millones de habitantes pobres (47% de la población mundial); y que los tres personajes más ricos del planeta (B. Gates, el sultán de Brunei y W. E. Buffett) tenían activos que superaban el Producto Interior Bruto (PIB) combinado de los 48 países menos adelantados, con 600 millones de habitantes; y además que el 20% de la población mundial controlaba el 86% de toda la riqueza y que los 1.300 millones de pobres existentes entonces vivían con ingresos inferiores a un dólar diario. ¡Ojala! estas cifras se hayan corregido en 20073.

    Este mundo en transformación, está generando movimientos migratorios muy importantes, no sólo por el número de desplazados sino también por lo que conllevan: abarcan desde la aparición de nuevas dinámicas económicas (flujos financieros, de bienes y mercancías), hasta el traslado de modelos culturales diferentes y de otras visiones del mundo -religiosas, familiares, empleo del tiempo libre, etc.-, pasando por las causas de su huída, el eco que provocan sus exigencias, o la recomposición de redes y de diásporas que van modificando de manera imperceptible, subterránea y continua, las relaciones entre los pueblos.

    Los asentamientos de emigrantes, como señala Checa4, condicionan las relaciones afectivas con los países de origen y obligan a plantearse una integración (o adaptación) social en el lugar de instalación, que genera una contradicción psicológica de manera intrínseca: de un lado, los inmigrantes tienden a la adaptación-asimilación, para subsistir; de otro, en los individuos aparece, al mismo tiempo, la necesidad de mantener su identidad (aunque sólo pueda ser una re-creación cultural, que haga un uso selectivo de su patrimonio cultural). Con otras palabras, antes de su partida el emigrado tenía ocultas gran cantidad de “fronteras” étnico-culturales que en destino se le han despertado; una vez instalado reconoce en sí mismo sentimientos de identidad que antes posiblemente tenía larvados. Identidades de carácter individual -a veces utilizando la religión: “soy musulmán”-, de pertenencia a un grupo étnico o tribal (se percibe claramente como bereber, fula, manjaco o soniké), e incluso que es miembro de una comunidad-estado (senegalés, maliense). Y, sin duda, por ejemplo, verse como musulmán exige considerarse diferente a los cristianos; ser fula lo diferencia de los sarajole, o los rifeños de los árabes, y ser marroquí lo hace distinto de españoles y centroafricanos. El emigrado ha reconocido en sí mismo sus “fronteras étnicas”; pero, los nativos le han ayudado a percibirlas, pues lo han convertido en un “otro”: “son la diversidad”. Aquí nace el conflicto nosotros/otros, que en los inmigrados contiene una versión dialéctica: interna o subjetiva y externa o social.

    Desde una reflexión histórico-antropológica, se aprecia un etnocentrismo que ha venido construyendo una cultura unívoca y un imaginario colectivo, en el cual se percibe un predominio del hombre occidental, blanco, católico, payo, heterosexual, económicamente poderoso, individualista, competitivo, sumiso, dogmático, que sólo usa como lengua la norma culta del español, etc. A la vez, ha generado una genealogía de poder que se ha establecido sobre tres categorías de desigualdad muy marcadas en nuestra sociedad: género, etnia y clase. Siendo así, se han venido perjudicando muchos de los rasgos identitarios de la diversidad cultural existente en nuestro entorno y no pocas veces el encuentro con el “otro” ha supuesto un desencuentro entre “nosotros/otros”.

    Para cualquier persona, resulta fácil asociar la inmigración con la diversidad cultural4. Por lo general, esta percepción (de la diversidad cultural) tiene asociada varios aspectos que, en el fondo, la niegan tanto como al fenómeno que la resalta (inmigración). Así, por ejemplo, la popularización de expresiones tales como avalancha, invasión, oleada de inmigrantes, pateras interceptadas en nuestras costas, personas en busca de “el dorado” europeo, etc., niegan la diversidad cultural y, a su vez, transmite un cierto “miedo” a la pérdida de esa “cultura unívoca”, en tanto que el fenómeno (la llegada de “extranjeros”, “extraños”) la pone en peligro. Luego, la diversidad cultural puede ser observada como perniciosa (para la “unidad cultural nacional”), así como la propia inmigración que la trae; y, por consiguiente, “imposibles de integrar” en nuestra cultura, como sostiene Sartori5.

    Según los datos facilitados por el Anuario Estadístico de Inmigración6, España se está convirtiendo en un país cada vez más multicultural, donde la población inmigrante crece a un ritmo mucho mayor que la autóctona. Los diferentes procesos de regularización masiva (producidos en España en los años 1987, 1991, 1996 y 2000), han sacado a la luz muchas personas procedentes de otros países. Las cifras hablan por sí solas y desvelan claramente esta desigual progresión: mientras la tasa de foráneos aumenta anualmente un 24%, la de españoles lo hace solamente en un 1%. En dicho Anuario se nos desvela que si no llega a ser por la llegada de ciudadanos extranjeros, el conjunto de los residentes en España habría decrecido. A pesar de este aumento espectacular, se está apreciando una tendencia a la baja y, de hecho, 2007 ha sido el año en el que menos ha subido el número de inmigrantes con un 8,2%. Por otra parte, se estima que España ya alcanza el 10% de población extranjera y se ha colocado en el primer puesto de la Unión Europea, superando, por ejemplo, el 9,6% de extranjeros que residen en Francia, el 8,9% de los de Alemania y el 8,1% de los del Reino Unido. De esta manera, España se ha convertido en el país más multiétnico de la Unión Europea, ya que es el primer receptor de inmigrantes del mundo, sólo por detrás de Estados Unidos7.

    En este contexto, resulta curioso constatar que un país de emigrantes, como es España, se ha convertido en un país que es objetivo de los inmigrantes; y, de hecho, el 70% de los que vienen se quedan de forma definitiva. Ante este hecho cabe preguntarse: ¿cómo se nos ha moldeado el imaginario colectivo respecto a la inmigración y la extranjería?, ¿cómo se está tratando la diversidad?, ¿cómo se está cuidando a la población inmigrante cuando presenta alteraciones en su salud?

    Quizás, las siguientes consideraciones puedan ayudarnos a responder estas y otras cuestiones.

    De los más de millón y medio de extranjeros extracomunitarios, llegados a España en la última década, la mayoría son inmigrantes económicos, es decir, proceden en su inmensa mayoría de naciones en vías de desarrollo. Y si bien el perfil sociodemográfico de los recién llegados indica que, en su mayoría, son varones, jóvenes y solteros; no es menos cierto que también llegan adultos, mujeres embarazadas y niños, pero también abundan mujeres solas (latinoamericanas) y familias nucleares (europeos del este).

    En cuanto al destino laboral de los inmigrantes, los varones trabajan fundamentalmente en la agricultura, la construcción y, en menor proporción, en el sector servicios; mientras que las mujeres se ubican laboralmente en los servicios domésticos. En estos ámbitos, se encuentran fácilmente los trabajos “sumergidos”, temporales, poco reconocidos socialmente, peor pagados y, en ocasiones, con precarias medidas de seguridad e higiene en el trabajo. Por tanto, la explotación laboral es mucho más acuciante, gracias a la temporalidad, los contratos verbales y la flexibilidad laboral8. Con esta forma de vida, se retroalimenta la exclusión social y esa visión restrictiva de que los inmigrantes “son tercermundistas y pobres”.

    Por otra parte, por muchas variables sociodemográficas que se quieran conjugar para construir tipologías, la composición de los extranjeros-inmigrantes es bastante heterogénea.

    A partir de estos elementos (y probablemente de otros que se nos escapan), la población autóctona ha conformado en los últimos años un prejuicio étnico respecto a estas personas y a la diversidad que suponen. Pero no ha sido por casualidad ni por pura abstracción. A nuestro entender, han contribuido a ello, entre otros muchos factores, los siguientes:

        -La modernización de la sociedad española, su sentimiento europeísta y el cambio de valores que ello supone. Además del desarrollo económico que ha situado a España entre los 10 países más ricos del mundo.

        -Diversos acontecimientos, dramáticos casi siempre, en los que desafortunadamente hay envueltos inmigrantes, como la constante llegada de indocumentados a las costas del Mediterráneo, en situaciones límites (de muerte, deshidratación, insolación) o los diversos ataques xenófobos a la población inmigrada.

        -El papel que juegan los medios de comunicación, que a diario ofrecen casi únicamente noticias negativas de los inmigrados, lo que contribuye a su descrédito en el imaginario colectivo

        -La percepción del fenómeno por parte de los partidos políticos y sus líderes, explicado en sus discursos y en las campañas electorales, o a través de la redacción y promulgación de las “leyes de extranjería”.

        -La actuación del sistema educativo, que aún no parece haber logrado universalizar y transmitir a los jóvenes los valores de la tolerancia y la convivencia con el diferente.

    Autores como Checa y Arjona9 creen que esta representación negativa suele conducir a un choque cultural, por lo que proponen otro constructo más acertado, como es el de “extrañamiento cultural”, donde el encuentro cultural no es tanto un choque, como un desencuentro -por desconocimiento, una extrañeza irreflexible-.

    Probablemente, para mitigar el desencuentro, en el contexto de una sociedad democrática de acogida, que potencia la participación ciudadana como reflejo de integración social, sería deseable (ante una realidad multicultural como la que tenemos), apostar por una sociedad intercultural que promueva el mestizaje cultural como generador de riqueza individual y grupal, fruto del respeto y reconocimiento mutuos. De hecho, todos somos resultado del mestizaje cultural.

    En este contexto social, las enfermeras de salud mental no podemos ni debemos ser ajenas a la realidad que nos rodea, pues de él emanan el estrés psicosocial, las alteraciones emocionales y el sufrimiento humano. ¿Qué respuestas podemos dar?

Bibliografía

1.de Souza Santos B. Pela mão de Alice. São Paulo: Cortez, 1995.

2.Simon G. Géodynamique des migrations internationales dans le monde. Paris: PUF, 1995.

3.ONU. Registro de Clasificaciones de las Naciones Unidas. Documento disponible en: http://unstats.un.org/unsd/cr/registry/default.asp?Lg=3. Consultado el 20 de octubre de 2007.

4.Checa F. Inmigración y diversidad en España. Una aproximación desde el extrañamiento cultural. Convergencia, septiembre-diciembre 2003; nº33; pp139-175.

5.Sartori G. La sociedad multiétnica. Pluralismo, multiculturalismo y extranjeros. Madrid: Taurus, 2001.

6.Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales. Anuario Estadistico de Inmigración, 2006. Documento disponible en: http://extranjeros.mtas.es/es/general/DatosEstadisticos_index.html. Consultado el 20 de octubre de 2007.

7.Plataforma Etnia Comunicación. Documento disponible en: http://www.eurogaceta.com/2007/10/18/. Consultado el 19 de octubre de 2007.

8.Chacón L. Prevenir el racismo en el trabajo en España. Madrid: Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales, Colección OPI, 1999.

9.Checa F.  Arjona A. Actitudes actuales de los andaluces hacia los inmigrantes. En Serra, L. (Coord.). II Seminario sobre la Investigación de la inmigración extranjera en Andalucía. Sevilla: Consejería de Gobernación, Junta de Andalucía, 2002.

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