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Presencia 2007 ene-jun; 3(5)

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Presencia 2007 ene-jun; 3(5)

 

 

Editorial

Los valores y la salud mental

Joana Fornés Vives1.

1Catedrática de Enfermería Psiquiátrica y Salud Mental. Universitat de les Illes Balears. España.

 

Cómo citar este documento:
Fornés Vives J. Los valores y la salud mental. Rev Presencia 2007 ene-jun;3(5). Disponible en <http://www.index-f.com/presencia/n5/64articulo.php> [ISSN:1885-0219] Consultado el


    El concepto de valor puede tener connotaciones distintas, pero en general se considera que responde a creencias de la persona acerca de lo que considera bueno, malo, correcto o incorrecto. Lo común en la sociedad actual es admitir valores denominados “funcionales” que obedecen al interés inmediato de cada persona. De manera que los valores no tienen entidad autónoma, sino dependiente de un sujeto valorador, es decir, no hay valores en sí, sino que aparecen cuando hay una persona que apetece aquello que para ella es un bien. A partir de ese momento, ese bien tiene para ella un valor. En este sentido podría decirse que el valor es siempre para alguien, aunque no es puramente subjetivo, pues ese deseo e interés viene determinado por las propiedades del objeto deseado en cuanto que satisface las necesidades del sujeto.

    Una persona puede tener muchos valores, cada uno de ellos contiene un componente emocional y otro racional, cuya proporción variará en función del tipo de valor y el significado que éste tenga para la persona. No todos los valores ocupan el mismo orden de importancia, generalmente su ordenamiento constituye el denominado sistema de valores, el cual representa una organización aprendida de reglas, para hacer elecciones y resolver conflictos entre dos o más modos de conducta o entre dos o más modos de existencia.

    Los valores se adquieren a través de un proceso prolongado de socialización y una vez aprendidos suelen ser bastante estables, aunque no necesariamente estáticos, pues como parte de la realidad sociocultural reflejan los cambios sociales que se van produciendo. No obstante, el cambio de cualquiera de ellos necesita de una re-socialización o re-aprendizaje.

    Aunque están bastante condicionados por factores individuales, la cultura ofrece también una serie de valores, que trata de inculcar a las personas a través del proceso de socialización. De manera que durante este proceso intervienen lo que podríamos denominar agentes formales de transmisión y cambio de valores y agentes informales.

    Entre los agentes formales cabe destacar la familia y la escuela, considerados ambos los principales grupos de referencia responsables de la configuración de los valores en el niño. La familia es el agente más importante de socialización e impregnación de valores, los cuales son transmitidos a través de creencias de los padres que serán interiorizadas por el niño y posteriormente reproducidas. Los padres cuya actitud es respetuosa con el niño, que se muestran afectuosos, le demuestran confianza y ofrecen una impresión racional y coherente de la realidad, construyen valores y sentimientos positivos ante la vida. De lo contrario, aquellos que transmiten experiencias aversivas, crean situaciones de miedo y sentimientos de culpa que predisponen al niño a creer que no es lo bastante bueno o aceptable por los demás, lo que hace que se vaya acumulando desprecio, desconfianza y resentimiento, ingredientes negativos para una buena salud mental. Por otra parte, la escuela está considerada como el modelo institucional que transmite los valores vigentes en una cultura. Constituye un espacio de tránsito entre la familia, la sociedad y el mundo del trabajo, por lo que tiene un componente cultural importante no sólo en la transmisión de conocimientos sino también en la inculcación de valores, normas y actitudes.

    Respecto a los agentes informales, determinados por el contexto geopolítico, social y económico en el que vive la persona, cabe destacar: los medios de comunicación social, los grupos de pares y todo el sistema de organización laboral o de trabajo. Todos ellos pretenden objetivos similares a los agentes formales pero de un modo más difuso y menos planificado. Concretamente los medios de comunicación están adquiriendo últimamente un importante poder hegemónico en los procesos de socialización. La influencia de la radio, la prensa, la televisión y todo el amplio mundo de Internet, sin olvidar los innumerables videojuegos, además de transmitir conocimientos, modelan sentimientos y refuerzan o cambian determinados valores. A su vez, los grupos de pares (amigos e iguales), permiten la práctica de contenidos aprendidos a través de otros agentes, pero también transmiten valores y normas que se irán interiorizando y utilizando en los contextos de interacción social.

    Se dice que los valores ayudan a la persona a mantener el equilibrio psicológico a la hora de enfrentarse al mundo que le rodea, puesto que le permiten evaluar los objetos, hechos o comportamientos, según su sistema axiológico. Este sistema determina los juicios que la persona establece en una amplia variedad de situaciones, e igualmente guía sus acciones, de manera que se considera a los valores estrechamente relacionados con las actitudes y las motivaciones. En este sentido, los valores pueden referirse tanto a formas de conducta como a estados deseables de existencia. En cuanto objetivos, constituyen fines de la actividad humana, y en tanto que motivación, constituyen principios de la misma. Esta dicotomización hace que los valores puedan clasificarse en dos grandes categorías:

    a) Valores terminales. Referidos a estados deseables de existencia y que reflejan las creencias de una persona acerca de los fines que se propone alcanzar (amor, autorrealización, vida confortable, salud, etc.).

    b) Valores instrumentales. Relacionados con modos de conducta, que reflejan las creencias acerca de los medios que se han de emplear para alcanzar los fines deseados (empeño, honradez, tipo de alimentación, estilo de vida, etc.).

    Como se ha dicho anteriormente, la sociedad tiene un peso importante en el desarrollo y cambio de valores, de hecho los valores cambian en las distintas sociedades y las ideologías que subyacen en ellas representan encarnaciones de valores propios de la misma sociedad y de los grupos que la constituyen. Estas ideologías representan el cúmulo de intereses variados de los grupos sociales y son como un conjunto de esquemas que disponen estos grupos en referencia tanto a sí mismos como a su posición respecto de los demás grupos.

    Estudios realizados en la sociedad española han puesto de manifiesto que se consideran prioritarios valores como: poseer una familia feliz, tener buena salud, tener amigos y pareja, tener dinero, o tener una vida espiritual llena, entre otros. Estos valores, aunque parecen universales desde un punto de vista de “valor terminal”, no necesariamente tienen que coincidir con otras culturas en su forma instrumental, pues en cierta manera, el medio condiciona y determina las manifestaciones humanas y los comportamientos realizados para alcanzar los fines (valores) deseados.

    Por ejemplo, si elegimos para su reflexión el valor “salud”, no podemos obviar que los valores de cada cultura, sus creencias y sus actitudes, influyen y determinan de forma significativa los hábitos y prácticas de salud. La creencia de que un determinado comportamiento puede contribuir a evitar una enfermedad, contribuye a la práctica de una conducta de salud determinada, no necesariamente acorde entre dos culturas distintas. Además, cada cultura difiere en sus definiciones sobre salud, enfermedad y curación. La constatación de estos hechos puede crear en personas que se encuentran o que viven en culturas diferentes a las de su origen, ciertos problemas psíquicos. Es el caso de muchos inmigrantes cuando se encuentran en la cultura de acogida.

    El problema de la inmigración lleva implícito una serie de cambios que no sólo afectan la salud mental del grupo minoritario (inmigrantes), derivado de la aculturación y el desarraigo, sino también al mayoritario o receptor (población autóctona) debido al choque de valores que impregnan las conductas de salud-enfermedad. Ambos colectivos constituyen grupos vulnerables frente al estrés que supone enfrentarse no sólo a lenguajes diferentes, sino también a conceptos, ideas, prácticas, religiones, etc., en definitiva a valores diferentes.

    Algunas de las fuentes generadoras de estrés debidas a este contraste cultural son:

    -La dificultad de entendimiento en la transmisión de la información, por el uso de lenguajes o idiomas diferentes.

    -El tipo de información suministrada, la cual depende en muchos casos de la supremacía de los valores culturales que cada grupo de inmigrantes otorga a la hora de revelar datos personales. Pudiendo reservarse información que consideran tabú o simplemente irrelevante, y que probablemente sería de gran ayuda en la planificación terapéutica.

    -Formas de expresión diferentes para los problemas psiquiátricos.

    -Dificultad en la planificación terapéutica, debido al hecho de que valores socialmente deseables que se emplean como objetivos terapéuticos en nuestro medio, no se pueden extrapolar a determinadas culturas.

    -Diferentes respuestas a los tratamientos terapéuticos utilizados, especialmente en algunos fármacos.

    Una de las competencias consideradas específicas para la enfermera de salud mental es la de comprender las conductas del ser humano, para poder comprenderle a él y sus necesidades, ello implica no confundir conductas que se salen de lo que es normal en el grupo social de referencia y que en nuestro contexto podrían ser consideradas patológicas. Esta exigencia no es fácil sin un bagaje cultural y formativo que asegure estos conocimientos, con lo que la enfermera, muy a menudo se considera “no preparada” para dar respuesta a las nuevas demandas de la profesión. Esto genera insatisfacción, frustración y estrés. Minimizar estos efectos, pasa, en primer lugar por obtener una formación que facilite conocer las claves culturales que hacen que los actores sociales se comporten de una determinada manera, pero también, por utilizar una actitud abierta para escuchar aquello que le preocupa al otro, aquello que es un problema para él o para ella, desligándolo de lo que pueda ser una percepción personal condicionada por unos valores mediatizados por la propia experiencia y por la cultura en la que se vive.

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