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Presencia 2007 ene-jun; 3(5)

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Entrevistas y Reportajes

Mi vida: Relato de Juan Carlos Fontana Pérez. Dentro y fuera de la droga

Juan Carlos Fontana Pérez1 y Germán Pacheco Borrella2.

1Estudiante universitario.
2Enfermero especialista en Enfermería de Salud Mental. Antropólogo. Director de la Revista PRESENCIA. Revista de Enfermería de Salud Mental.

Cómo citar este documento:
Fontana Pérez JC, Pacheco Borrella G. Mi vida: Relato de Juan Carlos Fontana Pérez. Dentro y fuera de la droga. Rev Presencia 2007 ene-jun;3(5). Disponible en <http://www.index-f.com/presencia/n5/59articulo.php> [ISSN:1885-0219] Consultado el


Introducción

    En el otoño de 2005, en Jerez de la Frontera, tuve la ocasión de contactar con Juan Carlos. Desde entonces hasta ahora, hemos tenido la oportunidad de ir conociéndonos mutuamente. Sé de sus inquietudes profesionales. No tiene trabajo fijo; sólo ha podido hacer trabajos que le permiten la subsistencia. También sé algo acerca de sus inquietudes humanas y sociales. Sin embargo, he descubierto en él un ser humano con un vitalismo tremendo. Habla de sí mismo con una impunidad que impone respeto. Es envidiable el conocimiento que tiene de sí mismo y la entrega que profesa hacia los demás. Si una noción de la salud mental es el estar bien consigo mismo y con los demás, Juanka, como le gusta ser llamado, tiene una magnífica salud mental. Hay también quienes han tratado de aproximarse a un concepto de salud mental, definiéndola como la capacidad de amar y trabajar. Juanka trasluce esas capacidades por los cuatro costados. Nadie diría a primera vista que es un toxicómano rehabilitado.

    Juanka es un hombre curtido por las experiencias vitales que ha tenido. Ha sufrido mucho, pero sus ojos no lo reflejan. Hay que ahondar en él y con él para darse cuenta de todo eso. En cierto momento de su vida, perdió la facultad de ejercer su libre albedrío. La droga se lo impidió. Hoy cuesta creerlo, porque se le percibe como un ser humano libre. Vive autónoma, gozosa y solidariamente como pocos. La droga, como dice, le apartó de su camino, pero hoy tiene las riendas de su vida en sus manos. Hoy es generoso y entregado con los amigos y solidario con el prójimo. No se aprecia un atisbo de rencor en él, ni siquiera con una sociedad que estuvo a punto de destruirle.

    A pesar de las vicisitudes, quiere ser generoso con nosotros y compartir con todos este relato de vida como él lo denomina, por si es de utilidad para cualquier lector de nuestra revista. Juanka, hace acto de presencia para relatarnos parte de su vida, de sus sentimientos y de sus emociones, así como de sus conductas. Y nos dice que quiere seguir dándose a los demás. Por eso se está formando en la universidad, para adquirir conocimientos que le permitan seguir ayudando a otros actores sociales que sufren.

    Juanka no puede quedar en el olvido. La sociedad, que tanto le fustigó, debe aprovecharlo para beneficio propio (el de otros que la componen) y para culminar la total rehabilitación y reinserción de este hombre generoso.

Germán Pacheco Borrella

Relato biográfico

    Ni que decir tiene, que este relato no es en ningún modo algo extraordinario, más bien es cotidiano. Estas son cosas que suelen pasarle a quien se mete en drogas. Y este es un camino cuyo retorno es duro y sacrificado, en ocasiones imposible. Y sólo  algunas veces, existe la posibilidad de retornar a una nueva vida digna y normalizada.

    El proceso comienza al final de mi pubertad, con 15 años, estando interno en un colegio muy estricto, por mi personalidad inquieta y por otras razones vinculadas al tema socio afectivo dentro del seno familiar. Aquí, tengo mi primer contacto con las drogas. En este colegio el perfil de los alumnos era muy variado, pero sobre todo, éramos unos golfos por naturaleza y fumar porros era algo nuevo y revolucionario, y ahí comenzó todo.

    Al terminar mi internado, desembarqué en un instituto público en Sevilla. La situación política en ese momento era muy difícil (acababa de morir el dictador Franco en 1975), los movimientos juveniles y estudiantiles se revolvían y con ellos la droga, y no había suficiente información sobre ella, todo era nuevo y nadie te avisaba del peligro.

    Conforme los consumos se repetían, los estudios se abandonaban, terminé siendo un fracaso escolar. Después el trabajo, por si faltaba algo, el dinero, esto sólo puede significar más droga.

    De los porros, en poco tiempo, se pasó a las pastillas y los tripees, y así se mantuvo hasta que llegó la puta mili. Aquí, llega el primer contacto con las drogas de verdad. La primera vez que probé la heroína fue en la mili y pocas veces, pero eso sí, llegué a inyectármela. No fue algo que se mantuviese como un consumo habitual, pues pasó mucho tiempo para que tuviese problemas serios con las sustancias. En esta época el alcohol y las chicas eran lo primero, sin olvidar los porros.

    La noche, y todo lo que conlleva, fueron un caldo de cultivo perfecto para el consumo de la cocaína, pero "sin abusar". Yo todavía vivía con mi familia y ellos no estaban muy de acuerdo con la vida que llevaba: ser una especie de hippie-niñato-callejero no entraba en su mentalidad, y es perfectamente lógico y racional, pero esa era mi forma de ver las cosas en aquella etapa.

    Un trabajo a los 23 años, fuerza mi residencia en la costa del sol, Fuengirola, 1983. Solo, apartamento, trabajo, dinero, rodeado de guiris y con la novia a 300 Km., vamos era el rey del mambo. Fue una etapa de desmadre total, que se prolongó durante tres años consecutivos. Pero es la etapa que marca la diferencia, ya que en ella conozco a la gente inapropiada y mis consumos se multiplican. Mis contactos con la heroína y con la aguja, y el convertir la coca en base para mezclarla, me llevan a contagiarme de hepatitis B, y en aquella época sólo los jonkeys se contagiaban. Esto me hace regresar con mi familia, que se percata de mi situación y comienza mi primer proceso de deshabituación, un tratamiento ambulatorio que no sirve para nada, más bien para seguir engañando al entorno que te rodea y a uno mismo.

    Una vez recuperado decido hacer otro cambio en mi vida. Como no hay trabajo, me pongo en contacto con un conocido, y a través de él me voy a Mallorca. En un principio todo va bien, sin muchas drogas pero sin dejar los consumos esporádicos y, ya se sabe, una detrás de otra, hasta que de nuevo te ves en el fango, y contigo todo lo que está cerca: pareja, trabajos, amigos, etc. Tras cinco años en Mallorca, en la más absoluta miseria, y después de pasar 18 meses en un hospital entre la vida y la muerte, por un accidente de tráfico, regreso a mi casa, el lugar donde siempre he sido bien recibido. De allí, y conjuntamente entre todos, decido marcharme a una comunidad cristiana para rehabilitarme. ¡Menudo fracaso! Sé que hay gente que consigue dejarlo en estos sitios, pero a mí no me sirvió de nada, tan sólo dejarlo unos meses. A los tres meses mi familia había cambiado de residencia y yo de vuelta a casa.

    Creo que esta fue la época más sana, durante unos tres años pude prolongar la etapa seca. Pude estar fuera de consumos, exceptuando el alcohol, durante este periodo, pero yo no había hecho un proceso lo suficientemente valido para mantenerme fuera de las drogas, y como consecuencia de esto y sin que fuese perceptible, cuando me di cuenta ya había empezado a consumir otra vez. De nuevo y poco a poco, me voy metiendo en el entorno de las drogas, conociendo a camellos, zonas de venta y otras cosas que las rodean. Los consumos cada vez eran mayores y con mi dinero no me los podía permitir, así que para poder mantenerlos, había que trapichear. Y así, empezó una etapa en la que andar todo el día vinculado a ese mundo se convirtió en una forma de vida permanente. Si no te estabas drogando, estabas buscándote la vida para hacerlo y para los demás. Las cosas fueron empeorando y yo necesitaba más y más. Me propusieron hacer un viaje a Ceuta, con el fin de cargarme con un kilo de hachis, a cambio de 360 , los cuales ya te habías puesto con anterioridad, algo absurdo.

    No tuve tiempo de hacer más viajes, cuando este terminó, tomé la decisión de volverlo a intentar, esa vida me tenía consumido, pero no podía dejarlo por más que lo intentaba. Vuelvo a pedir ayuda a mi familia, que me recibió sin ningún rechazo. Comencé mi tratamiento de metadona y me perdí en el campo alejado de todo y todos, en un par de meses entré en una comunidad terapéutica de la Junta de Andalucía, para un periodo de unos seis meses, periodo en el cuál trabajé algunas cosas de mi personalidad, que estaban influyendo seriamente en mis conductas adictivas, y algo más.

    Aquello se acabó en buen puerto, pero no fue definitivo, al poco de conseguir el alta terapéutica, se me ocurrió ponerme a prueba y consumí. ¡Por qué me daría por ahí! Todo el trabajo que había realizado se perdió de la noche a la mañana. Y así continué en mi vida de consumos y tráficos. Esto hizo que me perdiera el respeto a mí mismo, ya nada me importaba, sólo había una cosa en la mente: como conseguir droga y cuanto más mejor.

    Todo se puso mal, un problema tras otro. Yo seguía viajando a Marruecos, y en una de esas, pues ya era muy conocido en las aduanas, me engancharon con un kilo. Tres días en comisaría y a la calle, pendiente de juicio; pero yo ya estaba al corriente de los entresijos de esta profesión impuesta por las circunstancias y no hice caso, continué con mis idas y venidas, era la única forma que tenía de poder costearme mi adicción.  Al final me cogieron pero en el Moro, lo que supuso mi encarcelación en este país. Y así fue, caí preso en Tánger. No fue mucho tiempo, pero no se lo deseo a nadie, fue horrible, no volveré a pasar por otra igual.

    Mi padre me sacó de Tánger. Y fue llegar a España y me faltó tiempo para salir corriendo a drogarme. En ese momento, me di cuenta de que no tenía remedio, y de que sólo tenía dos salidas: seguir en la droga con todas sus consecuencias o volver a intentar salir de una vez. Y lo volví ha intentar, tuve que comenzar todos los protocolos para ingresar en un centro, y cuando me llamaron lo hice, sin mucha confianza en mí, por las experiencias anteriores. Cuando me di cuenta estaba en una comunidad terapéutica en Tarifa, y comencé, con mucha ayuda, una terapia que me hizo enfrentarme a mí mismo, aceptarme como era y modificar todo aquello que me llevaba al consumo. Fue una etapa muy difícil pero positiva. Cuando terminó seguí mi proceso en una vivienda de apoyo a la reinserción. Durante este periodo, tomé la decisión de volver a estudiar, espina que tenía clavada desde mi juventud. Y con 43 años me presenté a una prueba de acceso para un ciclo formativo de grado superior en integración social. Dos años estudiando y sin drogas, relacionándome como una persona más, y con la intención de ayudar a personas con problemas, es paradójico, pero cierto. Esta actitud me ayuda a seguir con mi objetivo. Pero cuando termino mis estudios me doy cuenta de que no hay ningún apoyo administrativo para personas como yo, una vez curado, otra vez olvidado. Toda una situación de riesgo, si no controlas en momentos como ese caes seguro.

    No hay trabajo, nadie te ayuda, tú te sientes capaz y formado para afrontar una profesión como la de técnico en integración, pero no hay respuestas a tu propia integración. Mal asunto. Es el momento de volver a subir la guardia y no correr riesgos. La solución es fácil, continuar estudiando y confiar en que si te sigues manteniendo en la brecha, puede que llegue una oportunidad para conseguir algún que otro sueño, como el de ayudar a otras personas con problemas de drogas, igual que me ayudaron a mí.

    Y en esas estamos hoy día, estudiando una diplomatura en educación social, en una universidad andaluza, esperando que alguien valore lo suficiente los esfuerzos realizados durante estos años, que han sido 20 de consumo y 5 de normalización. Bueno no hay que desesperar.

    Espero que este relato sirva de algo, y se empiece a tener en cuenta a personas como yo, que tras pasar por estas experiencias, creo que estamos lo suficientemente preparados para focalizar la reinserción de drogodependientes pero desde la experiencia viva.

    Sin más y confiando en haber podido ayudar en algo, me despido cordialmente. Un saludo. Juanka.

Juan Carlos Fontana Pérez

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