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Presencia 2006 ene-jun; 2(3)

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Rev Presencia 2006 ene-jun; 2(3)

Manuscrito recibido el 21.04.06
Manuscrito aceptado el 15.05.06

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Teorizaciones

El personismo

Vicente Verdú Maciá1.

1Periodista y economista. Doctor en Ciencias Sociales.

Cómo citar este documento:
Verdú Maciá V. El personismo. Rev Presencia 2006 ene-jun;2(3). Disponible en <http://www.index-f.com/presencia/n3/43articulo.php> [ISSN:1885-0219] Consultado el


Resumen
El personismo.
 

Abstract
“Personalizing”.

    El hiperindividualismo de épocas pasadas se reconduce hacia la degustación de los demás, ahora lo que prima es el deseo de estar con las gentes. No se puede ser individualista, va en contra de la percepción de ser feliz.
    El proyecto de felicidad  pasa ahora no por el objetivo de llegar a ser “persona” sino por el de “verse feliz”, pero no feliz a solas, con los demás los males son menos y las celebraciones mayores. Lo importante es el efecto: el bien de la conectividad en lugar de la distante colectividad, el alivio del nexo ante la ardua escalada del vínculo.
    Perdida la naturaleza aparece la ecología, perdida la historia aparece el gusto de la restauración, la oferta de convivencialidad en los encuentros .com.
    Hace unos años el plan progresista consistía en salvarnos o hundirnos todos juntos, ahora lo vanguardista sobre un mundo sin futuro perfecto conlleva salvarse a pequeñas dosis. Las personas se aglomeran con motivo de un suceso concreto, después se deshace la unión hasta una próxima eventualidad moral o humanitaria. Nos queremos sin estorbarnos, nos solicitamos sin comprometernos, nos prestamos compañía sin endeudarnos. Es una relación personista aprendida del mundo del consumo, donde se distingue perfectamente las calidades, se sopesan los precios y se calibran perfectamente  las recompensas.

Palabras clave: Individuo/ Persona/ Personismo.

    The hyper-individualism of last times is led back towards the tasting of the others, what now prime is the desire of being with the people. It is not possible to be individualistic, it goes against the perception of being happy.
    The happiness project happens now through the objective not to get to be "person" but through the one "to see you happy", but not to be happy alone, with the others the evils are less and celebrations are greater. The important thing is the effect: the good of the connectivity instead of the distant colectivity, the relief of the nexus faced with the arduous scaling of the bond.
    Lost the nature appears the ecology, lost the history appears the taste of the restoration, the offer of cohabitation in the encounter.com.
    Years ago the progressive plan consisted of saving to us or getting really low all together, now the avant-garde situation on a world without perfect future involves to be saved  in small doses. The people crowd together in the occasion of a concrete event, later the union is dissolved until a next moral or humanitarian eventuality. We love each other without bothering us, we ask for ourselves without getting engaged to us, we keep company to ourselves without getting into debt with the others. It is a learned personalizing relation of the world of the consumption, where one distinguishes the qualities perfectly, the prices and recompenses are calibrated perfectly.

Key words: Individual/ Person/ Personalizing.


Presentación. Sobre el autor.

    Vicente Verdú (nacido en Elche 1942), periodista y economista, doctor en ciencias sociales (Universidad de la Sorbona), miembro de la Fundación Niemann (Universidad de Harvard). Es uno de los más perspicaces y agudos investigadores de los fenómenos sociales contemporáneos. Tiene la inteligencia y valentía de hacer una interpretación de la actualidad no de una forma sectorial, sino que es capaz de conjugar los avatares de la economía con el sexo, de la bioenergética con el arte, de la política con la cosmética o del pensamiento con la televisión y organizarlas en una secuencia de nociones que ayudan a entender la trama sobre la que se teje nuestra época.
    En sus distintas publicaciones nos pone delante una parte de la  realidad que lo queramos o no ya no nos pasará desapercibida y su lectura en un principio nos produce un cierto desasosiego que a la vez nos cautiva y no deja que nos apartemos de ella hasta que en los últimos capítulos nos proporciona las claves  para la observación completa  del calidoscopio que fue construyendo desde la primeras páginas.
    Uno siempre queda con deseo de seguir las rutas que nos propone y así sus obras son esperadas con el afán de encontrar alguien que hace el trabajo de percibir y ordenar el ruido del mundo y como se señala en la contraportada de una de sus obras, devolvérselo al lector como una melodía inteligente y comprensible.
    Verdú ha sido redactor jefe de Cuadernos para el Diálogo y Revista de Occidente, y jefe de colaboradores de opinión y de cultura de El País, dónde escribe  habitualmente. En su labor periodística recibe el premio González- Ruano de periodismo en 1997. Entre sus libros figuran: Noviazgo y matrimonio  en la burguesía española, en colaboración con Alejandra Ferrándiz, El fútbol, mitos, ritos y símbolos; El éxito y el fracaso, héroes y vecinos; Días sin fumar; Cuentos de matrimonios y el Planeta Americano que recibió el Premio Anagrama de Ensayo.
    En una de sus últimas obras: “El estilo del mundo, la vida en el capitalismo de ficción”(2003), hace un análisis de la evolución del capitalismo, señalando cómo el capitalismo de antaño, que él denomina de producción, se presentaba localizable y diferenciado; y el actual, denominado de ficción, se presenta en una naturaleza transparente, difícil de aislar y combatir. El anterior era triste, trivial, buscaba ganar a cualquier precio; el de ficción es tramposo, trilero,  aspira especialmente a gustar y no posee como objetivo fundamental la producción de bienes sino la producción de realidad, una segunda realidad, de ficción, más pueril y simple, expurgada de sentido y de destino, convertida en resguardo y en cultura de la distracción.
    Todo esto llevó a unos cambios y al nacimiento de un nuevo paradigma dónde  el narcisismo y el consumismo desenfrenado dejan paso a una nueva forma de relación, donde la comunicación con los demás toma un protagonismo muy relevante y aparece la persona como modelo central del consumismo maduro, eminentemente extrovertido y emocional, aparece la persona concreta y no el sujeto abstracto de otras épocas.
    Al superindividualismo de los años noventa sigue ahora un personismo que supera el repetido deseo de los objetos y busca el trato con los demás como sobjetos, sujetos y objetos a la vez, nuevos objetos de lujo. Este es el planteamiento que se desarrolla en el artículo que sigue a continuación y que aborda más ampliamente en su último libro: “Yo y tú, objetos de lujo, el personismo: la primera revolución cultural del siglo XXI” (2005).

Mª Consuelo Carballal Balsa.
Enfermera de salud mental.
Vicepresidenta de la ANESM.

El personismo

    La industria de la información y el entretenimiento, los reafirmantes de L´Oréal, los ordenadores Dell  o los automóviles Toyota,  hace tiempo que iniciaron el proceso de personalización (o customización), pero  hoy, redondeando, aparece la persona como el modelo central del consumismo maduro.

    Desde las ofertas comerciales hasta los tratamientos médicos, desde los trabajos y remuneraciones individualizados hasta los despidos diferenciados, el tiempo ha venido centrando a obsesivamente en la personalización: aumento de atención al cliente, servicios personales en los bancos, regímenes dietéticos personalizados, coach individuales, clases particulares de yoga, biografías, autobiografías, dietarios, memorias, people, novelas del corazón,  autoficciones,  reality shows. La persona concreta y no el sujeto abstracto se ha vuelto estos años el objetivo del marketing  y, recíprocamente, el consumidor se traza  su propio tuning, físico, tatuado, transexual.

    Tras el programa para aumentar nuestra capacidad de liderazgo, nuestra posibilidades de éxito, nuestro atractivo físico o nuestro punto G, aparece el bullicio de los otros, y el hiperindividualista  se reconduce, en el consumismo maduro, hacia la degustación de los demás. Ahora, el deseo de las gentes, la demanda comercial de las gentes, es estar con gente. Nuestra época no puede ser individualista. Ni por  nuestra propia  salud, ni por nuestra tecnología, ni por nuestra nueva percepción de lo feliz. El individualismo, el hiperindividualismo, fueron superados a finales del siglo XX por la explosión de una miriada de relaciones promovidas por los medios, dentro y fuera de la red, impulsadas por la cultura del consumo maduro, eminentemente extrovertido y  emocional.

    Hasta finales de los años ochenta, antes de la caída del Muro, la sociedad aún creía poder ofrecer algo propio y de interés porque la misma existencia del comunismo contenía el temible embate liberal. Después, sin embargo, entre el ascenso del neoliberalismo y el superindividualismo, fueron anulados muchos de  los caudales y protagonismos de lo público y, con ello, la  participación en lo eminentemente social.

    No sólo las utopías colectivas se desvanecieron del todo sino que las instituciones  han ido debilitándose hasta niveles grotescos  y en una dinámica que deja al sujeto desprotegido de referencias oficiales y de padrinos ideológicos. Ni la Justicia, ni la Religión, ni la Política, el Estado, la Democracia, se libran de ser objeto de fallas y desarticulaciones aparatosas que impiden al individuo considerarlas parte de su plan personal.  En consecuencia, desarticulada la escena, ¿en quién creer? ¿En Dios? ¿En el Papa? ¿En ING Direct?

    De una parte el ciudadano acusa este desamparo y, de otra, las instituciones, un día sí y otro también, aumentan su descrédito  a través de nuevas corrupciones y complicidades con el imperio del capital.  “El enemigo es lo social”, llega a decir Alain Tourain, porque en lo sucesivo aspiramos a vivir fuera de lo constituido socialmente e institucionalmente, tras haber padecido su grave deterioro.  

    Persona a persona, individuo a individuo, se trenza planetariamente ahora la ilusión de un mundo mejor donde las personas, una a una, experimentan, a través de sus contactos singulares, el gozo creciente de una cultura común, cualquiera que sea, puesto que cualquier proyecto no es una esencia o una identidad acabada sino una construcción interactiva.

    Contra quienes ven en la homologación del mundo un mal para la Humanidad, nunca la Humanidad ha encontrado una mejor oportunidad para rehacerse y reconocerse como especie. Las lenguas distintas,  los valores y hábitos diferentes, fueron efecto de la  incomunicación espacial, de sus asentamientos disgregados y del abroquelamiento consiguiente bajo banderas e identidades guerreras. No hay peor mal que la magnificación de los orígenes, la pertenencia,  y hoy, como nunca, quienes continúan enarbolando esa condición merecen no formar parte del proyecto contemporáneo y ser, como efectivamente vienen a ser, elementos anacrónicas, composiciones crecientemente patológicas en coherente proceso de extinción. La defensa de biodiversidad es bonita y pose ela fragancia de lo moral porque pretende proteger vidas, pero la utopía todavía posible trata esencialmente de la amalgama, el llamado crisol, el guiso comunitario y no el largo menú de platos incompatibles. Algunos de cuyas recetas son altamente indigestas y hasta venenosas para la salud integral de los mil grupos. 

El producto supremo

    El mundo ha experimentado hasta ahora tanto el fracaso del proyecto colectivo  como de su anticristo, el hiperindividualismo. Y todo en apenas unas pocas décadas. Lo que llega ahora con fuerza es una revolución personista que hilo a hilo viene  a reconstruir la trama. Una acentuación de la individualidad habría desembocado en asfixia y una mayor ansiedad por consumir más objetos habría concluido en desesperación. Hartos pues de ver escapar la felicidad en los repetidos intentos del ego y sus caprichos, crece hoy el interés (típicamente femenino, típicamente Internet)  por los sujetos.   

    Se abre pues una época conectiva, femenina, podcasting. Y neoromántica también. La primera modernidad fue racional, geométrica, ilustrada, pero esta segunda modernidad (postmodernidad, hipermodernidad, modernidad líquida, etcétera) es, ante  todo, sensitiva, sensacionalista y afectiva. En la pintura, en la arquitectura, en el diseño de coches y muebles prosperan las  ondulaciones orgánicas y, en  la ciencia, la oleada biológica  ha ocupado el centro de la investigación. No regresa, por tanto,  con el personismo, ningún sujeto de corte político, filosófico o moral, sino tan el bulto (superficial o no)  del otro, su proximidad, su respiración en el móvil, su balbuceo en el MSM, su jadeo en el chat.

    Fin pues del ciudadano abstracto y principio del sobjeto, interactivo, despojado de los caracteres que blindan,  sean estos el fanatismo religioso o racial, el gen intraducible o el nacionalismo  perdulario. No ruge ahora ni la enfebrecida masa proletaria, ni da un paso adelante el hombre sin atributos, tampoco la ciudadanía encalada ni la comunidad eclesial, sino sigilosamente,  el sujeto  extrovertido  y dúctil  de la sociedad civil.

    El personismo constituye el producto supremo  del capitalismo de ficción. Con él, la nueva etapa del sistema efectúa el simulacro de la recuperación de la persona, el rescate del amor al prójimo y el reality show de una nueva comunidad a través del bucle de la conectividad consumista, tecnológica, mercantil. El mundo se encuentra abarrotado de comunicaciones, cargado de impulsos compasivos, más consciente de la condición igualitaria del ser humano a través de los huracanes, la enfermedad o la miseria masiva que contemplamos en la televisión y que contribuye diariamente a estrenar  un compromiso emocional, y acaso efectivo, con el otro mundo.   

    Ciertamente, la creación del  personismo pertenece al orden de las realidades producidas o de segundo orden. ¿Realidades de verdad? ¿Realidades falsas? Agotados en este fatigoso dilema, acostumbrados a paladear –desde Filadelfia a Kuala Lampur-  el delicioso cheescake de Sara Lee fabricado con ingredientes (¿naturales? ¿artificiales?), lo importante han dejado de ser los saberes.  El sabor  es lo importante.

    Al antiguo y fatigoso proyecto de llegar a ser “persona” en un imaginario reino de los cielos, ha sucedido  el objetivo más  pragmático de verse feliz. Pero ¿ser feliz a solas? Claro que no. A solas terminamos amargados;  con los demás los males son menos y las celebraciones mayores.  ¿Cheescake industrial? ¿Pasteles de ficción? Lo importante viene a ser el efecto: el bien de la conectividad en lugar de la distante colectividad, el alivio del nexo ante la ardua escalada del  vínculo.

    Mejor juntos, bettertogether.org, es el nombre del portal que ha promovido Robert Putnam tras haber rastreado en Estados Unidos la mengua de felicidad como consecuencia de la disminución de relaciones  en las dos últimas décadas del siglo XX.

    De la ecología al altermundismo, desde los grupos tecno a los hinchas de fútbol, de las asociaciones de consumidores a las  tribus urbanas, el personismo se reproduce en el convencimiento de que nuestra vida desmerece si no se comparte o se conecta. No importa si los enlaces son  firmes o fáciles de remover. De hecho, pocos se afilian a un partido o se congregan puntualmente, pocos entienden la militancia ni el “interés general”. El concepto de simpatizante político, como los clientes fidelizados de las grandes compañías, ha resurgido por encima de las nociones de  militante porque lo que cuenta no es hoy la militancia sino la personancia.   Se aglomeran con motivo de un suceso, se funden para una protesta explosiva, se agregan bajo una  sombra del viento, una concentración  rock o una denuncia personlizasa. Después, se deshace el armazón hasta una próxima eventualidad moral y  humanitaria.   Hace sólo  medio siglo, el plan progresista consistía en salvarnos o hundirnos todos juntos. Ahora, el programa vanguardista sobre  un mundo sin futuro perfecto conlleva  salvarse a pequeñas dosis.

    ¿Aumentará con ello la calidad de los sujetos?  No es descartable. El sujeto actual ha aprendido mucho gracias al consumo. Ha aprendido a distinguir entre calidades, sopesar los precios, calibrar las recompensas, dialogar con la prestancia del objeto. El consumo es como la puerta para deshacer el temor al otro mediante el  brote mestizo del sobjeto.

    Los seres humanos, en fin, se reencuentran ahora no como  cuerpo místico o como fanáticos del Real Madrid pero tampoco como unidades a secas. Unos y otros se alían mediante la fusión entre la tipología del sujeto y del objeto. Nos queremos sin estorbarnos, nos solicitamos sin comprometernos, nos prestamos compañía sin endeudarnos. La conectividad,  tan presente en el mundo de los móviles, los messengers, los chat o los blogs se extiende a los multitudinarios y ya imprescindibles conciertos en Benicasim, los maratones compasivos o las fratrías del rave.  

    Esta relación personista sería lo más cool de la época. Un lujo relativamente frío y barato que, como todos los que cunden en la democracia actual, se va extendiendo epidemiológicamente y generando el principio de otra época.

El peso de ser uno

    Perdida la naturaleza aparece la ecología, perdida la historia nace el gusto por la restauración, perdida la política arrecia  el auge de lo personal, la customización de la mercancía, la personalización de los servicios, la oferta de convivencialidad, los encuentros.com.

    La razón de que esta demanda no haya aparecido antes estriba en que en tanto el sujeto ha estado peleando por alcanzar la privacidad y sus derechos individuales la alternativa carecía de coherencia. La individualidad y el derecho a ser tratados todos como iguales desencadenó la gran fiesta de la modernidad, su justicia, su voto,  la supuesta equivalencia entre pares en el marco de un mundo idealmente gobernado por la razón y el pueblo soberanos.

    ¿Contrapartidas? El coste mayor de la  individualidad es, sin embargo la pesada carga de la responsabilidad. El mayor regalo y, simultáneamente, la máxima cruz de la individualidad es sentirse  obligado a forjarse una identidad y seguir siendo coherente con ella. Pero la situación ha llegado a su punto límite a la “fatiga de ser yo” que escribió Alain Ehrenberg. “Todo parece haber ocurrido –dice Baudrillard - como si de un estado natural con entera disponibilidad sobre sí mismo se hubiera pasado a un estado artificial donde la libertad y la individualidad se hubieran convertido en imperativos morales cuyo decreto implacable nos transforma en rehenes de nuestra identidad y nuestra propia voluntad.” (Le pacte de lucidité. Galilée.  2004).

    El individualismo es sinónimo de interioridad, mientras el personismo se reclama con vistas al otro. El individualismo extremo, el superindividualismo y todas sus variaciones,  han acabado por abrumar la individuación y agobiarla con un régimen redundante.  El sujeto se hace egotista y en esa misma maniobra se ahoga.  

    El actual mundo superindividualizado –decía Mounier- es lo opuesto a un universo personal porque, en el mundo individualizado, nada se crea y nada contribuye al juego de una libertad responsable (Le personnalisme. Emmanuel Mounier. PUF, 13ª ed. 2001).

    El individualismo que apareció como ideología y estructura dominante entre el siglo XVIII y el XIX fue creando un hombre abstracto, sin nexos o comunidades naturales, dios soberano en el centro de una libertad sin dirección o medida, cultivando respecto al otro la desconfianza, el cálculo y la vindicación. Tal sería, para Mounier en 1950, la civilización que por su pobreza humana debía agonizar pronto.

    La paradoja pues de la individualidad consiste en  que nos ofrece tanta identidad como para hacerla un fastidio del que desearíamos librarnos para ser de verdad libres. La persona que tendemos a ser, por el contrario, aceptaría la opción de la máscara incesante sin que ese aditamento fuera artificioso sino la manera de evolucionar, proceder. Sobrevivir entre los otros.

    La identidad absoluta no ha existido, jamás y lo peor  se ha derivado de la obligación autoimpuesta de obrar  como clones de nosotros y sin poder abandonar nunca la coerción de una supuesta coherencia que osamos confundir con la autenticidad. Ser auténtico, sin embargo, es todo menos repetir la misma representación. “Tenemos la cabeza redonda para permitir al pensamiento cambiar de dirección”, decía Francis Picabia. Esto lo hemos ido sabiendo espectacularmente –dentro del espectáculo- con la crisis de la modernidad o, lo que es lo mismo, con el pase  del que fuera capitalismo de producción (unívoco, rígido, ordenado) al capitalismo de consumo y de ficción donde las caras, las apariencias, los cosméticos llegan y pasan de moda no como un adorno sino como el corazón del juego. La vida del actor.

    En la cultura del consumo, la identidad nos traba y  nos hace un blanco fácil ante la muerte. En la cultura de consumo el cambio es la ley  y el repertorio de identidades la condición de la supervivencia. La variabilidad, la compatibilidad de las diferencias, nos protege del naufragio puesto que casi todos los pilares incuestionables se han descompuesto y los acantilados  nos expulsan.  Sólo la cooperación ha procurado el desarrollo de la especie y sólo los cooperadores son los supervivientes. El personismo es así como una provisión de supervivencia consumidora que flota tras el hundimiento superindividual por exceso de carga. El personismo representa, en fin,  el nuevo estadio de la vida cooperativa una vez agotada la democracia representativa, fundida la Ilustración, superado el capitalismo de producción, madurado el capitalismo de consumo y luciendo entre los destellos utópicos, románticos, la nueva época del capitalismo de ficción.

    La persona posee argumentos, el individuo sólo un destino. La persona presenta una estructura abierta mientras el individuo es compacto. La persona ofrece instersticios por donde perderse, hacerse amar, copular, desdecirse, pero el individuo tiende a una unidad enteca, paquete indivisible donde se incluye la cámara de la intimidad y el autovídeo.

    La intimidad supone,  en la persona, la médula del sabor y  el  individuo, por el contrario es prácticamente  inodoro.  El individuo sirve a la mecánica, la persona al teatro. El individuo encuentra representación política; la persona no. El individuo es sociología, los ciudadanos politología, las personas comunicación. El individualismo es cínico, la ciudadanía es racional y abstracta, el personismo es emotivo y moral.

    Marx reprochaba a Hegel convertir al espíritu abstracto, y no al hombre, en sujeto de la historia;  reducir a mera Idea la realidad viva de los seres humanos. Esta alineación la asimila Marx a la del mundo capitalista que trata al trabajador como un objeto de la historia y lo expulsa de sí y de su reino natural.  

    También, el  mundo de los otros se consideraba, tras la segunda Guerra Mundial, una provocación permanente porque el otro significaba  constantemente el riesgo y el sufrimiento. Pero esta tragedia, decía entonces Mounier, es efecto del individualismo denigrante, antihumano, homicida y suicida. Su “personalismo” trataba de superar aquel desastre postbélico con un aporte de un nuevo cristianismo humanista.

    ¿Qué trata de superar el personismo? No más que los estragos de un neoliberalismo doblado de terrorismo y la melancolía de una sociedad donde las  buenas noticias parecen haber desaparecido casi por ensalmo. Esto de un lado. Pero también, de otro, el personismo supera la histeria de la identidad que ha terminado en una exasperación de la diferencia tan anonadante y esteril como el anonimato. La sociología clásica oponía individualismo a sociedad pero el  personismo trata con la sociedad y con el individuo mediante los roces  convergentes, efímeros, oportunos, variantes. No tendemos ya al hiperindividualismo, al monstruo del aislamiento, pero rehuímos también de la gran fusión.  Nuestro concilio no se halla en una u otra opción: no queremos ser individuos, no somos ciudadanos, rechazamos la aglomeración,  amamos, si embargo,  al personal.     

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