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PRESENCIA ISSN:1885-0219 n20 p10228

 

 

EDITORIAL

 

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Revolución-Reforma: orígenes de un cambio

Francisco Jaime Jiménez
Enfermero Máster Especialista en Salud Mental

Presencia 2014 jul-dic; 10(20)

 

 

 

Cómo citar este documento

Jaime Jiménez, Francisco. Revolución-Reforma: orígenes de un cambio. Rev Presencia 2014 jul-dic, 10(20). Disponible en <http://www.index-f.com/presencia/n20/p10228.php> Consultado el

 

    Con este editorial, quisiera hacer un reconocimiento a todo aquel personal enfermero/a, auxiliares de enfermería y médicos que contribuyeron a la reforma psiquiátrica en Málaga. Haciendo especial mención a mis compañeros, amigos y hermanos (como nos autodefinimos), Miguel Ángel Rubio González, Bernardo Vila Blasco (enfermeros especialistas en Salud Mental y miembros de la ANESM). No hago mención de otros/as por temor a olvidarme de algunos incurriendo en mi opinión en un grave error por omisión. La Reforma Psiquiátrica en Málaga, mi querido compañero, amigo y hermano Miguel Ángel Rubio, en un trabajo realizado por él, la define como Reforma o Revolución. Tal como la vivimos en Málaga, en mi opinión fue más una revolución que provocó la consiguiente reforma.

En 1967 David G. Cooper , psiquiatra (Ciudad del Cabo, 1931-París, 1986) usa por primera vez el término antipsiquiatría. A partir de ahí se inicia en Europa una corriente en el que un grupo de jóvenes psiquiatras, R. D. Laing, Thomas Szasz y Michel Foucault, entre otros pensadores, reivindican de un modo un tanto provocador el uso de la noción y la palabra locura. Una palabra de amplio uso popular, ambigua y de múltiples acepciones, que se aplicaba sin ningún rigor, pero con la mayor naturalidad. Definir la locura era casi imposible, pero tampoco era necesario, porque no se trataba de un concepto científico-técnico sobre el que únicamente el "sabio" especialista podría pontificar. La palabra locura era una concepción enteramente popular, que todo el mundo conocía, entendía y podía oponerse, precisamente por su ambigüedad y fácil revocabilidad. Ciertamente, llamar loco a alguien porque incordiaba a los demás, podía resultarle fastidioso o denigratorio, pero nunca le significaba un calificativo definitorio y mucho menos definitivo, justamente por no estar avalado por un diagnóstico psiquiátrico. En cambio, diagnosticar de demente, de esquizofrénico, de psicópata o simplemente de histérico le suponía casi automáticamente un estigma social negativo y el correspondiente tratamiento correctivo.

Con el diagnóstico psiquiátrico, el loco era reconvertido en enfermo mental y sometido a tratamiento, incluso en contra de su voluntad, ya que la psiquiatría de entonces era omnipotente frente al loco o enfermo mental, cuyo discurso se negaba por incoherente y cuya palabra sólo servía para verificar un diagnóstico. Era muy fácil diagnosticarle, tratarle y curarle, lo que a menudo suponía corregir su conducta, reeducarlo y domesticarlo. Para llegar, en algunos casos a la "curación", se debían pasar larguísimos años en el manicomio. Entonces se decía que los enfermos mentales eran incurables, o que podían recaer si eran dados de alta.

Sin embargo, la psiquiatría creía tener suficientes "armas terapéuticas" para curar a los locos, aunque para ello tuviera que encerrarlos y tratarlos coercitivamente: choques eléctricos y biológicos, abscesos de fijación, contención mecánica, celdas de aislamiento, lobotomías, altas dosis de psicofármacos, etc. De hecho, la psiquiatría curaba, tal vez demasiado, a unos enfermos que no se consideraban enfermos y que no deseaban ser curados, al menos de aquellos modos y maneras. La psiquiatría quiso "apropiarse" de la locura de un modo monopolista. Y la desenraizó del contexto en que emergía, la desocializó y la vació de contenidos personales, convirtiéndola en enfermedad mental, una categoría abstracta análoga a la verificada empíricamente en la enfermedad somática.

La enfermedad mental fue considerada como un "desorden interior" de quien la padecía, que podía producir "desorden exterior" en la familia, en el trabajo, en la sociedad. Por eso era preciso corregir ese "desorden interior", sobre todo para normalizar la conducta desviada y restablecer el orden natural de las cosas. Los manicomios, por numerosos y grandes que fueran, siempre estaban repletos de internos, en pésimas condiciones de vida. Y los límites del encierro se hicieron cada vez más evidentes, a medida que la peligrosidad del loco era una noción cada vez más extensa y polivalente. Al cabo de muchísimo tiempo se vio que no había otra salida que la humanización del enfermo. La popularización de la antipsiquiatría, allá por los años 60 y 70, derrumbó el secreto de la institución psiquiátrica, y la miseria humana que albergaba conmovió a la opinión pública, que se fue convenciendo de la escasa peligrosidad del loco y la injustificable crueldad de su encierro. Fue el comienzo del fin del manicomio, y el comienzo de la salida del "armario"; del loco a la calle. Se criticó eficazmente la función de la psiquiatría llamada científica, y se luchó duramente contra todo lo que representaba el manicomio. Se cuestionó la medicalización de la locura, y se abrió la posibilidad de intervención de otros profesionales, potenciándose métodos terapéuticos más comprensivos, más compasivos, más suaves: la psicoterapia, la terapia de grupo, la terapia ocupacional, la comunidad terapéutica, la terapia de familia. Los psicofármacos, cada vez más eficaces y con menos efectos secundarios, se usaron con moderación.

A mediados de los años 70 las condiciones de vida de las personas hospitalizadas en los pabellones del Hospital Psiquiátrico de Málaga eran deplorables. El hacinamiento, los escasos recursos médicos, las deficitarias infraestructuras, la mala alimentación y las enfermedades somáticas eran habituales entre los habitantes de los diferentes pabellones. Las condiciones de habitabilidad de las diferentes salas que conformaban los pabellones eran tan escandalosas, que los representantes políticos de la dictadura, iniciaron arreglos en la estructura del edificio. Se revisó la red eléctrica, de instalaron pequeños termos para agua caliente en los baños y se renovaron las letrinas. En 1976 recién acabada la dictadura y en un periodo de incertidumbre, se inician una serie de cambios en el Hospital Psiquiátrico. Un grupo de profesionales, mayoritariamente los más jóvenes, inician una serie de peticiones a los responsables políticos de la Diputación.

Se pedía la desaparición de los cuartos de fuerza donde se "encerraban" a los pacientes más "peligrosos". Los llamados cuartos de fuerza eran pequeñas habitaciones con un colchón de paja en el suelo como todo mobiliario. Durante el día, si podía el personal y el paciente estaba tranquilo, lo dejaban en un pequeño patio aislados de los demás pacientes. Se pidieron los arreglos necesarios para todos los espacios: solución de goteras, mejoras en los dormitorios, nueva distribución de los comedores, arreglo de salas de visitas, de TV, zonas comunes, etc. Mientras se tomaban las decisiones política, se comenzaban los cambios organizativos internos necesarios para mejorar las condiciones de vida de los ingresados. Se reorganizaron los servicios de ropería y lavandería. Hasta esos momentos la gran mayoría de los pacientes vestían de las ropas donadas al hospital. La ropa de cama era muy escasa. Se solicitaron taquillas individuales para cada paciente y se comenzó a identificar y personalizar la ropa, y quien tenía pensión comenzó a comprarse su ropa.

En estos espacios había pacientes que trabajaban, bajo el eufemismo de "terapia ocupacional". Los pacientes que trabajaban eran unos privilegiados de los celadores, sin un encuadre terapéutico definido. También eran utilizados para fregar y limpiar los dormitorios, letrinas, baños y pasillos. Los despachos médicos, los cuartos de curas y la zona de visitas lo limpiaban personal del hospital. Se habilitaron enfermerías en los pabellones 20, 21 y 27 para las y los pacientes que padecían problemas somáticos. Se destinaron médicos internistas que se responsabilizaron de sus tratamientos, iniciándose un programa de salud para todas y todos los ingresados. También se iniciaron un proceso de dotales de documentos: DNI, pensión, minusvalía, etc. La gran mayoría no los poseían, eran personas "invisibles". Se iniciaron planes para contactar con las familias e informarles del estado de sus personas cercanas, en casos de parientes. Entre todas las peticiones que se solicitaban, había una que destacaba sobre todas y que era crucial para futuros proyectos que se comenzaban a vislumbrar: que se dejase de pensar en construir un nuevo hospital fuera de la zona urbana, en la finca La Moraga, en mitad del campo en el pueblo de Alhaurín de la Torre.

También se pidieron psiquiatras, enfermeras, auxiliares y limpiadoras. Ante la negativa de la Diputación, la respuesta de los trabajadores no se hizo esperar: huelgas, manifestaciones, luchas, enfrentamientos, comunicados a la prensa, intentos de movilización de la adormilada sociedad civil... Los poderes políticos continuaron con sus planes e iniciaron la construcción del nuevo hospital psiquiátrico. En 1977 continúan las movilizaciones y a principios del año se decide en una multitudinaria asamblea formada por los trabajadores y los ingresados en los distintos pabellones del hospital, salir en manifestación a la calle e ir hasta la Diputación con el lema: NO A ALHAURÍN --- ALHAURÍN = CÁRCEL DE ORO. En otoño de 1977 se radicalizan las posiciones de los políticos de la Diputación y de la Asamblea de los Trabajadores. Es en el mes de octubre cuando se inicia una asamblea permanente y un encierro en las dependencias del hospital psiquiátrico por parte de los trabajadores. Como última medida de presión, inician una huelga de hambre 10 trabajadores del hospital que se prolonga durante diez días. En esos diez días, toda Málaga se entera de lo que estaba sucediendo y el por qué: pintadas en muros, panfletos dados en mano, ruedas de prensa, de radio, se reciben telegramas de solidaridad de España y Europa. Y la huelga terminó, motivada por la petición de la Asamblea de los Trabajadores después de conseguir una gran mayoría de las reivindicaciones.

Los presupuestos con los que se iniciaba la reforma en Málaga (y que después sirvieron de base para la Reforma Psiquiátrica Andaluza) eran firmes y sencillos: Mejorar las condiciones de vida en la que se encontraban los pacientes ingresados en el manicomio y facilitar la salida, a través de altas, de todos los pacientes que podían y tenían lugar para vivir en la comunidad, lejos de las tapias del manicomio. En 1978 la Organización Mundial de la Salud (OMS) celebra en Alma-Ata (capital de Kazakstán) una conferencia internacional sobre Atención Primaria de Salud, que sentaría las bases de un nuevo concepto de atención y una nueva línea de política sanitaria. Este modelo reorienta el desarrollo de los sistemas sanitarios, potencia el nivel primario y lo convierte en puerta de entrada a todo el sistema sanitario: "el abordaje de los problemas psiquiátricos, así como los aspectos psicosociales de los pacientes, pasan a ser competencia de los servicios sanitarios de primer nivel. Los dispositivos específicos de salud mental se convierten en elementos de apoyo a la intervención de los equipos de atención primaria. El núcleo del sistema se ubica en el ámbito comunitario y está integrado por un equipo interdisciplinar".

En 1979 se crean los primeros talleres ocupacionales con un enfoque rehabilitador. Se abre un taller de dibujo, que pronto se completó con pintura, macramé-cuerda y uno de cerámica. Las tareas que desempeñaban otros pacientes en oficinas, ropería, limpieza y lavandería, se enmarcan en procesos terapéuticos. En ocasiones se recompensaba económicamente al paciente por su labor-trabajo. Con la producción de los talleres se realizaron exposiciones, siendo una magnífica escusa para abrir las puertas del "manicomio" y que la gente conociera los cambios que se estaban produciendo. Entre otras actividades, se comenzó a salir a la calle fuera de los límites del hospital. En pequeños grupos hubo salidas a los monumentos de la ciudad, excursiones a zonas rurales, salidas a la playa, y a la semana santa. En este mismo año, tras las primeras elecciones municipales democráticas y la formación en la Diputación provincial de un gobierno de mayoría socialista, se inicia la denominada Reforma Psiquiátrica malagueña. Reforma que unos años más tarde, en 1984, con la constitución del gobierno socialista en la comunidad autónoma andaluza, se extendió a todo el territorio andaluz.

A la par que se montaba una red de dispositivos asistenciales por toda la provincia (los Equipos de Salud Mental), se iniciaban los primeros pasos para que la salud mental dejara de ser una red marginal y aislada, y se integrara -como cualquier otra prestación sanitaria- en el resto de la red sanitaria nacional. Entre los años 1980 y 1984, se llevaron a cabos los primeros procesos de rehabilitación de las personas que podían ser dadas de alta del hospital. Hubo personas que se pudieron reintegrar en su familia, otras por motivos de edad se alojaron en residencias normalizadas. Los pabellones pasaron a ser mixtos, mezclándose mujeres y hombres. Se crearon unidades de psicogeriatría y psicodeficientes. Comenzaron las primeras experiencias de vivir fuera del hospital en un piso, con supervisión de profesionales. Se creó una Unidad de Ingresos independiente de los pabellones. Se planificó la construcción de una Unidad de Agudos de Psiquiatría en el recinto del Hospital General.

El Instituto Andaluz de Salud Mental (IASAM) se creó en 1984, como Organismo autónomo de carácter administrativo, con personalidad jurídica propia, adscrito a la Consejería de Salud y Consumo de la Junta de Andalucía. Su fin era "coordinar, dinamizar y profundizar en la reforma del dispositivo de Atención a la Salud Mental de toda Andalucía", para conseguir su paulatina incardinación en el sistema general de salud. En 1988 el Hospital Civil de la Diputación Provincial de Málaga es trasferido al Servicio Andaluz de Salud de la Junta de Andalucía. En los acuerdos de integración se incluyeron, por primera vez, una Unidad de Agudos de Psiquiatría (Ley 11/1897 de 26 de Diciembre 1990 reguladora de las relaciones entre la comunidad autónoma de Andalucía y las diputaciones provinciales de su territorio; Decreto 338/88 de 20 de diciembre 1990, de ordenación de los servicios de atención a la salud mental). En 1991 desaparece el IASAM y da paso a la creación de una única red de servicios de salud mental incluidos en el SAS. En los años 2004 y 2006, se inauguraron también la Unidad de Salud Mental Infanto-Juvenil, ubicada en el Hospital Marítimo de Torremolinos y el Hospital de Día de Salud Mental en el Centro de El Cónsul, respectivamente.

La REVOLUCIÓN, al final se convirtió en una REFORMA. Siendo Málaga, la pionera, extrapolándose la misma al resto de Andalucía y sirviendo también como modelo para el resto del territorio español. Esta Reforma, se pudo realizar por cambio y apoyo político del momento. Por el deseo de TODOS los trabajadores de aquel entonces de los Pabellones 20, 21 y 27 que fueron los verdaderos precursores del cambio ante la imperiosa necesidad de cambiar el sistema que existía y FUNDAMENTALMENTE por una SALUD MENTAL DIGNA y unos CUIDADOS y PRESTACIONES igualmente DIGNOS.

Gracias a TODOS por el esfuerzo que supuso esta Revolución-Reforma y a los pocos que quedamos de la misma y que seguimos en la lucha por una dignificación del enfermo psiquiátrico, así como hacerle un particular homenaje a mi querido compañero, amigo y hermano Miguel Ángel Rubio González por su colaboración en este trabajo.

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