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PRESENCIA revista de enfermera de salud mental ISSN: 1885-0219

 

 

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Asignaturas pendientes de la reforma psiquiátrica

Daniel Cuesta Lozano, Sara Recio Hernández
Enfermeros Especialistas en Salud Mental. Servicio de Psiquiatría, Hospital Universitario Príncipe de Asturias -Servicio Madrileño de Salud (SERMAS)-. Alcalá de Henares (Madrid), España

Correspondencia: Servicio de Psiquiatría, Hospital Universitario Príncipe de Asturias, Campus Universitario, Ctra. Alcalá-Meco s/n, 28805 Alcalá de Henares (Madrid), España

Presencia 2010 jul-dic; 6(12)

 

 

 

Cómo citar este documento

Cuesta Lozano, Daniel; Recio Hernández, Sara. Asignaturas pendientes de la reforma psiquiátrica. Rev Presencia 2010 jul-dic, 6(12). Disponible en <http://www.index-f.com/presencia/n12/p0166.php> Consultado el

 


Sr Director:
Como la propia Estrategia de Salud Mental del Sistema Nacional de Salud refiere, hoy "podemos contemplar con cierta perspectiva el proceso de reformas iniciado en los años ochenta y valorar aquellos aspectos que han tenido una evolución más positiva frente a los problemas que, en mayor o menor grado, siguen pendientes de solución".
1

En la actualidad, los profesionales de salud mental de nueva incorporación a los servicios, componen unos grupos etarios posteriores a la reforma psiquiátrica (RP), y no han conocido por tanto el sistema manicomial, previo a los movimientos que impulsaron tal reforma. Faltan estudios que nos permitan conocer cómo conceptualizan estos profesionales los movimientos de RP, pero lo que no cabe duda es que son considerados como un colectivo posterior a la misma.

Caeríamos en una visión simplista e incompleta de la realidad si consideráramos que la RP ha sido concluida. La Estrategia de Salud Mental del Sistema Nacional de Salud, publicada en 2007, ya apuntaba, en su apartado 1.3, titulado La Reforma de la Salud Mental en España, ciertos "problemas pendientes" que hacen de la nuestra una RP inconclusa.

El Informe de la Comisión Ministerial para la Reforma Psiquiátrica, de 1985, planteaba un importante paquete de reformas que, dependiendo de cada caso y de cada lugar, se desarrollaron de forma plena, de forma parcial o nunca llegaron a desarrollarse. Fueron principalmente las diferencias sociodemográficas y económicas entre provincias, o entre zonas rurales y urbanas, las que dificultaron la implementación de estas reformas,1 aunque también influyó la transferencia de las competencias en materia de sanidad a las comunidades autónomas, lo que trajo consigo aspectos positivos, aunque muy dispares entre una comunidad y otra.

Algunas de las iniciativas no culminadas, de las que planteaba este Informe pudieron verse diluidas entre las competencias de organismos que fueron naciendo a partir de la RP, como es el proyecto de la Oficina de Salud Mental en el Ministerio de Sanidad, que perdió fuerza tras las transferencias de las competencias a las comunidades autónomas; pero otras iniciativas, que formaban parte de los planteamientos de base de la propia RP, aun no han sido desarrolladas plenamente.

Carecemos de una articulación verdaderamente transversal y cooperativa de todos los componentes de la red asistencial (servicios sociales, atención primaria, atención especializada y rehabilitación y reinserción social), que tenga en cuenta las necesidades específicas de las personas objeto de atención en cada dispositivo, y creamos por ello situaciones de atención puntual y aislada que dificultan la atención longitudinal de la persona y su familia.2

Como ejemplo podríamos citar la no existencia de un desarrollo sistemático de programas de salud mental en el nivel de atención primaria de salud (APS). Tal y como se concibe la red de atención a la salud mental, estructurada en torno a los centros de salud mental comunitarios, pertenece al nivel de atención sanitaria especializada, y aunque comprenda una parte importante de ámbito comunitario, debe evitarse confundirla con la APS. Se necesitan planes asistenciales y protocolos, interconsultas entre atención especializada y APS e intervenciones específicas que permitan trabajar con objetivos de prevención de los trastornos mentales, promoción de la salud mental y garantía de atención a las personas con problemas de salud mental de igual manera que a aquellas que no padecen este tipo de trastornos. No es posible hablar de un verdadero modelo de intervención comunitario si no se mantiene una coordinación interniveles (APS - atención especializada) e intersectorial (servicios sociales, justicia, educación, etc.), pues es en este contexto donde la persona vive y se desarrolla, esto es, en la comunidad.3

En consonancia con lo anterior, tras la RP, se dio un nuevo protagonismo a los usuarios y sus familias en la gestión de la atención a la salud mental. Se promovió la participación activa del ciudadano en las políticas de salud, pasando del paradigma de la beneficencia (propio del modelo manicomial, donde el individuo era un sujeto pasivo) al del modelo sanitario (propio del sistema sanitario público, donde se ubica el modelo comunitario), en el que tanto el usuario como su familia tienen un relevante protagonismo. Pocos años antes, en 1968, se había creado en Madrid la primera asociación de familiares, allegados y allegadas de pacientes mentales, que dio pie (en 1983) a la Federación Estatal de Asociaciones de Familiares de Enfermos Psíquicos, y a la consolidación, ya en 1991, de la Confederación FEAFES.4 Este movimiento asociativo coetáneo a la transformación de la administración sanitaria, sí supuso un fuerte anclaje en la comunidad del modelo asistencial naciente.

Aún con esto, nuestro sistema sanitario adolece de los mismos problemas que fueron identificados ya en 1985, y que aún no hemos sido capaces de resolver, ya sea por falta de fuerza, de conocimiento o de voluntad. La fuente de dificultad, suponemos, también variará según el caso. Todavía es demasiado importante la desigualdad entre la atención sanitaria prestada en una comunidad autónoma y otra. Las fórmulas, casi invenciones, asistenciales que podemos contemplar yendo de una comunidad a la vecina, la falta de un lenguaje común, la no asunción de un modelo específico en ninguna de ellas, dotan a nuestro Sistema Nacional de Salud de una variabilidad práctica de vital importancia, dado que mella fuertemente la calidad del mismo. A nadie le chocará esta afirmación. Lo llamativo es que estos aspectos ya se contemplaban en el Informe de la Comisión Ministerial para la Reforma Psiquiátrica en 1985. Esta variabilidad en la atención a la salud mental se complementa además con importantes deficiencias en la organización de la información, la coordinación y la evaluación de servicios, lo cual impide la implementación de las mejoras necesarias.

Del mismo modo, en lo referente a las intervenciones de promoción de la salud mental y prevención del trastorno mental es escaso el desarrollado y protagonismo que se ha dado a las mismas, ya planteadas en el citado Informe. Quizá por el largo plazo en que se presentan los resultados de estas intervenciones y por la naturaleza multifactorial de las influencias que sufren los mismos, su implementación haya sido dificultosa o se hayan relegado a un segundo plano siguiendo alguno de los criterios de eficiencia que se miden de forma anual; pero sea como fuere, es una asignatura que los profesionales y las instituciones tenemos pendiente desde hace casi treinta años.

Parece acertado sustentar que la realidad asistencial en que nos desenvolvemos no carece de este tipo de intervenciones, pero lo que aún se necesita es una implementación real, estructural y verdaderamente operativa de estos servicios, que las convierta en un eje más del servicio que ofrecemos a las personas de una forma longitudinal y transversal a su vida.

Por último, no quisiéramos dejar de trasladar aquí, casi treinta años después, la llamada de atención del Informe de la Comisión Ministerial en cuanto a dotación de recursos humanos se refiere. Seguimos estando en el furgón de cola en cuanto a los índices de profesionales del sector de salud mental (por habitantes o camas, según el dispositivo asistencial) respecto de otros países europeos, considerando las cifras oficiales de la Organización Mundial de la Salud.5 Es más que apreciable la insuficiencia de recursos humanos existente, habiéndose dado pocos y pequeños pasos en pro de la homologación y la incentivación de los profesionales enfermeros de salud mental.

Apenas existen en España puestos de trabajo catalogados como de enfermera especialista en salud mental, habiéndose celebrado escasas ofertas públicas de empleo específicas de este perfil profesional y no en las condiciones deseables. No se remunera el plus de formación requerido para prestar cuidados que son reconocidos legalmente como especializados, careciendo de incentivación alguna los profesionales que a ello se dedican.

Es por ésto, Sr. Director que planteamos la incongruencia de no hallar resueltos problemas identificados tres décadas atrás, de contar con evidencia científica más que suficiente para avalar estos planteamientos y el empeño de muchas instituciones que, adoptando el modelo comunitario, no lo implementan en su totalidad, poniendo sus intervenciones y programas en práctica solo parcialmente, y con criterios muy variables, que rara vez tienen que ver con las necesidades de salud de las personas que deben atender.

Podemos concluir que, sin duda, en los años ochenta se transformó la atención a la salud mental; que se vivió una auténtica revolución, fructífera como pocas, en la que sus promotores pudieron ver realidades que pocos años antes se les antojaban utópicas; pero caeríamos en la autocomplacencia si consideramos que todo el trabajo está hecho.

Como se ha relatado en estas líneas, la propia Estrategia de Salud Mental del Sistema Nacional de Salud contempla puntos aún por desarrollar de la RP, y es que ésta aún no ha acabado. Aún hay planteamientos básicos del modelo que no se han desarrollado, y nos corresponde a los profesionales y a los usuarios seguir promoviéndolos, sino desarrollarlos directamente. Pero merece una especial atención el retroceso que, en algunas comunidades autónomas, está sufriendo la atención a la salud mental y de quienes padecen trastornos mentales -con privatizaciones y cierre de recursos-; por tal motivo, profesionales y usuarios debemos continuar apoyando y defendiendo el sistema sanitario público para que dé respuestas reales y precisas a las necesidades que en materia de salud mental tiene la población española. Aún hoy, la RP continúa.

Bibliografía

1. Ministerio de Sanidad. Estrategia en Salud Mental del Sistema Nacional de Salud. Madrid: Ministerio de Sanidad, 2007.
2. Bachrach, LL. Continuity of care for chronic mental patients: a conceptual analysis. Am J Psychiatry. 1981; 138(11): 1449-1456.
3. Megías Lizancos, F. Pacheco Borrella, G. Intervenciones enfermeras en el ámbito de la salud mental comunitaria. En: Megías Lizancos, F. Serrano Parra, M. D. Enfermería en Psiquiatría y Salud Mental. 2ª ed. Madrid: DAE, 2009: 348-367.
4. FEAFES. Origen [Página web] [Actualizado en noviembre de 2010]. Disponible en: http://www.feafes.com/Feafes/InformacionGeneral/Origen [Consultado el 28 de noviembre de 2010].
5. Salvador Sánchez, I. El observatorio de salud mental: análisis de los recursos de salud mental en España. Madrid: Asociación Española de Neuropsiquiatría, 2005.

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