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PRESENCIA revista de enfermera de salud mental ISSN: 1885-0219

 

 

EDITORIAL

 

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Contar palabras

Gregorio Tovar Barrantes
Maestro de Escuela. Licenciado en Filosofía y Ciencias de la Educación. Rama Pedagogía. Especialidad en Supervisión Educativa. Curso de doctorado en el Instituto Superior de Psicología Experimental de Lieja (Bélgica). Blogger del colectivo "Las ideas"

Manuscrito aceptado el 11.11.2009

Presencia 2009 jul-dic; 5(10)

 

 

 

Cómo citar este documento

Tovar Barrantes, Gregorio. Contar palabras. Rev Presencia 2009 jul-dic, 5(10). Disponible en <http://www.index-f.com/presencia/n10/p0157.php> Consultado el

 

    Me han dicho que puedo utilizar mil quinientas palabras para decir sobre salud mental y no me apetece nada perderme en la usanza fácil de encontrar cualquier cosa importante de lo mucho que hay en "el buscador"; como creo tener bastantes cosas al lado que compartir, trataré de medicar ideas sanas creyendo más en lo preventivo.

A veces somos tan obedientes a la amistad, que nos inclinamos sin dificultad ante un compromiso adquirido. Comprometerse significa alimentar una disposición efectiva para que un hacer certifique la confirmación de la promesa; y una vigilancia para que el olvido no cerciore ni justifique la omisión: así obtenemos los humanos el sentido del futuro que ha de hacerse, muy diferente del futuro que se presenta sin que haya sido llamado. El primer futuro se construye con ejercicio de la voluntad; para hacer el segundo basta incluso la molicie.

Para cumplir lo prometido en ese futuro decidido voluntariamente, la mente saludable administra los medios; y lo mismo recupera valores guardados en memoria, que construye productos ad hoc edificando relaciones novedosas con lo guardado. Cuando respondemos en función de lo almacenado en la memoria, estamos más cerca del hábito; y cuando lo hacemos con productos de nuevas conexiones neuronales, estamos más cerca de la creatividad. Al parecer, si se dosifica suficientemente el intento y el ejercicio de crear, se puede llegar a formar hábitos destinados a la inventiva, al ingenio y a la originalidad. Esta dificultosa capacidad educada de pensar en lo nuevo, se suele concebir y tratar como uno de los fines educativos más elevados, y además, soy hasta capaz de defender que no es solo ejemplo sano de cordura, sino alimento necesario para la conservación de las especies inteligentes.

Parece entonces creíble defender que la salud se construye, que la salud mental puede construirse; y que el trastorno mental pudiera incitarse cuando se confinan todas las respuestas al mundo de los hábitos para que sean adquiridos. Como el buen estado mental requiere disposición positiva a nuevas iniciativas, la marrullería de abandonarse a las rutinas nos coloca frente a los achaques de la impersonalidad; es decir, los comportamientos excesivamente guiados por rutinas nos hace menos personas; más animaloides, si conviene el palabro.

Así, defiendo que el primer indicio inequívoco de trastorno mental viene por el aborregamiento; pues se explica tal descarrío como una forma cómoda de fabricar respuestas irreflexivas, sin que el sujeto asuma el desafío de modificar conductas ante posibles condicionamientos novedosos. Cuando el sujeto decide evadirse de los compromisos continuados y renovados que exige vivir en sociedad, es cuando aparecen las situaciones nocivas para vivir en salud intelectual.

Saco entonces como primera conclusión que perder o debilitar la sociabilidad constituye el primer estadio patológico; de ahí la importancia de la aceptación de las modas para remozar espíritus y el relativo peligro de seguir a ciegas las tradiciones. Evidentemente, seguir a ciegas las modas puede ser más nocivo que seguir a ciegas las tradiciones experimentadas y validadas.

Esforzarse en asimilar nuevas tendencias conductuales exige adaptarse a numerosas nuevas interconexiones de valores y criterios: hay que seguir cambiando de pareceres para parecer cambiado, que es la única forma de ser el mismo de siempre.

El tiempo como medicamento

    Otra variable que media en el estado sano del ejercicio mental viene determinado por el concepto que tenemos del tiempo, de cómo el tiempo transita la salud del pensamiento. Si la primera variable podemos centrarla en la concepción relacional individuo-grupo, esta segunda está definida por la influencia y el concepto que tenemos del tránsito del tiempo y sus repercusiones en nuestro ordenamiento mental.

La propuesta de esta segunda variable se cifra tan solo a los efectos de un análisis teorético, sin que yo sepa distinguir con prontitud y determinación clara si mis productos mentales obedecen a una u otra variable; incluso a otra tercera y desconocida. (Ahora mismo no sé si esto que reflexiono y escribo obedece a mi compromiso con la sociedad, o a mi desafío de alcanzar el pensar intemporal) Digamos que solo es aceptable la diferenciación para que me permita disponer algo más de claridad en todo lo que se muestra ricamente confundido.

En mi opinión, envejecemos cuando nos cerramos a las nuevas ideas y pasamos entonces a considerar que en lo "radical", o en el "ser radical" se encuentra la mejor defensa para la quietud de espíritu; llegado tal caso, creo que pensamos también que lo inquietante ya no es útil ni herramienta que ayude a madurar; o bien porque nos creemos ya maduros, o bien porque eso de gozar con la inquietud nos parece más propio del tiempo y signo adolescente. Cuando lo nuevo ya no se comprende, es lógico que nos asuste y busquemos luego refugio en lo pasado, en raíces pasadas, que -extrañamente- parecen como más comprensibles.

Así suele concebirse como normal (sujeto a la norma) que la afectividad cargada de melancolía se asocie a lo pasado; que lo presente se utiliza para inundar la alegría y que el desierto de la incertidumbre o de la esperanza vana conviene dejarlo para el futuro. Creo que la aceptación obediente a este tópico de valor del tiempo afectivo, no conviene a la salud de la mente.

La alegría se asocia con facilidad al presente y si no tenemos elementos suficientes para declararnos positivamente alegres, es porque tenemos en memoria el experimento pretérito que sí nos causó satisfacción y regocijo o porque tenemos en perspectiva que algo distinto nos causará gozo en el porvenir. El juego de las afectaciones y los tiempos pertenecen al sistema que construye los equilibrios sanos entre aspiraciones y conquistas. Ya han sido muchos los que han afirmado y defendido que un equilibrio inteligente entre pretensiones y botines obtenidos, conforman el sano equilibrio mental en la tríade persona-sociedad-tiempo.

¿Por qué no asociamos la tristeza melancólica al futuro? Porque los sanos mentales guardamos un potencial desfibrilador dispuesto a actuar en caso de atasco decisorio; confiamos en que el nuevo tiempo -el futuro- puede dar opción a nuevas oportunidades y no conviene malgastarlas cayendo en brazos de la nostalgia. Cuando eso ocurre, cuando el futuro lo asociamos a la imposibilidad de nuevas oportunidades, ya estamos ante una reflexión cerebral sin orden; es decir, desordenada; o sea, patológica. Es el terreno del decaimiento, de la desilusión, de la decrepitud, del abatimiento, del declive,... y de un campo minado de sinónimos que magnifican el peligro de los procesos intelectivos en retirada.

¿Y el miedo al pasado? Ocurre miedo a lo que ya sucedió tan solo como ejercicio anunciador de que tal fenómeno vivido y recordado no convendría que se repitiese; el miedo de lo pasado es utilizado como útil que no debiera reproducirse otra vez; pero si el miedo lo es porque se teme a lo desconocido, lo que ha sucedido ha sido ya conocido, no hay por tanto fundamento de temor. El miedo a lo pasado es un sin sentido, otro desequilibrio emocional.

La explosión de la quietud

    Mientras se equilibran las tendencias, el individuo puede mantener su intimidad a resguardo, soporta las presiones sociales y se ejercita mentalmente mientras el tiempo transcurre. La energía psíquica se ejercita para colmatar las diferentes necesidades, con el equilibrio construido atendiendo a las diversas tensiones; incluso eludiendo la presencia de tensiones. Esta última opción -el pasotismo- es una cómoda forma de conservar cierto grado de salud maltrecha porque la mente es más sana cuantos más productos de tensión debe armonizar; recordando siempre que la salud mental es el mejor nivel de adaptación a lo nuevo.

Cuando la energía psíquica se acumula por exceso y variedad de tensiones, el funcionamiento de análisis y decisión se colapsa y dicen los expertos que a eso, a esa tensión, hay que llamarla estrés. Toda tensión se edifica sobre dos fuerzas antagónicas, dos opciones dispares e incompatibles: una tiene grados significativos de aceptación y la otra presenta un nivel de rechazo igualmente significativo. El problema real es que se presentan al unísono y con la necesidad añadida de que deben ser dilucidadas en tiempo medido, breve, exigente, inmediato,... La superación del estrés es la mejor herramienta dispuesta a preparar una adecuación a nuevas necesidades, hasta el punto que es de sanos aconsejar que un determinado nivel de tensión de compromiso social e individual en el tiempo, es buen motor para rejuvenecer campos emotivos.

La visión positivista del estrés se sitúa en el concepto de que es una especie de recurso que tiene el organismo para ajustarse a las nuevas situaciones que se presentan y que su disposición a solucionarlas es en sí un factor benéfico para la salud de la mente. Quizás convenga aprender a burlarse de las realidades consagradas, a reírse de los dogmas y a establecer la duda como alimento cotidiano para la salud mental.

Los augures del futuro anuncian que los casos de demencia se duplicarán en los próximos veinte años (ver: http://www.20minutos.es/noticia/522924/0/aumento/demencia/alzheimer/). Pues bien, aceptar esta afirmación como principio de verdad supone hilvanar una rendición, que es el primer síntoma del primer catarro mental, de la primera voz de alarma.

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