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ARCHIVOS DE LA MEMORIA (ISSN: 1699-602X)

 

 

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Narrativas: la visión del terapeuta también cuenta

Manuel Amezcua
Jefe de B. de Docencia e Investigación. Hospital Universitario San Cecilio. Granada, España. Laboratorio de Investigación Cualitativa, Fundación Index. Granada, España

Manuscrito aceptado el 22.10.08

Archivos de la Memoria 2008; (5 fasc 2)

 

 

 

Cómo citar este documento

Amezcua, Manuel. Narrativas: la visión del terapeuta también cuenta. Arch Memoria [en línea]. 2008; (5 fasc 2). Disponible en <http://www.index-f.com/memoria5/e20800.php> Consultado el

 

 

 

    Se han cumplido doce años desde que Index de Enfermería publicó su primera narrativa clínica en una sección independiente. Diario de Campo se abrió en el año 1996 con la intención de recoger las vivencias narradas en primera persona por profesionales de la salud en su actividad clínica. Pero de forma excepcional no fue un profesional quien la inauguró, sino una persona que se declaraba ex-paciente de bulimia nerviosa, y que en carta a la redacción se atrevió a narrar de forma pormenorizada e intimista sus avatares al atravesar una enfermedad aún considerada compleja y de difícil abordaje por el sistema de salud.1 En el siguiente número es una estudiante de enfermería quien se atreve a romper el silencio, y en un breve texto expone su descubrimiento de las potencialidades de las relaciones humanas para procurar unos cuidados efectivos. Lo hace a propósito de su relación durante las prácticas con Elvira, una mujer mayor que tras un ACV tenía dificultades para comunicarse: "mientras estaba con ella, me colocaba justo enfrente, mirándola a los ojos, hablándole despacio, intentando con ligeras caricias que recondujera su atención hacia mí. Mis frases eran cortas, de palabras sencillas, y esperando de forma ostensible que ella me devolviese un gesto, por pequeño que fuese".2

Un nuevo estilo de expresión (¿científica?) se asomaba tímidamente a las páginas de la revista, en el que por primera vez eran los profesionales quienes dejaban aflorar sus sensaciones y sentimientos, sus dudas y contradicciones, sus cotidianidades y perplejidades, en su práctica asistencial. No era empresa fácil, y las reacciones no se hicieron esperar. Los lectores de la revista estaban en cierta forma acostumbrados a las evasiones hacia nuevas formas de comunicación, a experimentar con los editores nuevos intentos de expresar el conocimiento. Otros en cambio, desde posiciones más conservadoras, contemplaban la novedad como una nueva muestra del eclecticismo científico que venía caracterizando a la revista y que derivaba peligrosamente hacia extremos casi inaceptables. A pesar de todo, las narrativas continuaron llegando y la sección logró consolidarse, manteniéndose hasta nuestros días, llegando incluso a producir esfuerzos de teorización sobre las posibilidades de la narrativa para instaurar una metodología más comprensiva del mundo subjetivo del paciente.3

El nacimiento de Archivos de la Memoria en 2004 supuso un nuevo empuje a las narrativas en general, y de forma particular a las narrativas clínicas, con cuyo epígrafe introdujo una sección dos años más tarde. Tanto en Diario de Campo (Index de Enfermería) como en Narrativa Clínica (Archivos de la Memoria) vienen dominando los testimonios de los profesionales sobre sus vivencias en el ejercicio del cuidar, y en general lo hacen utilizando una escritura libre, espontánea, sin atenerse a las formas tradicionales del lenguaje científico. Aquí se deja ver la capacidad narrativa del autor, que a menudo utiliza recursos literarios para describir con detalle algo tan aparentemente difícil como las respuestas humanas fruto de la relación con los otros. Son muchos los lectores que manifiestan su interés por estos testimonios, con los que a menudo se identifican, las descargas producidas en la plataforma Ciberindex dan fe de ello. Pero a la vez se preguntan qué tienen de científico estas formas de expresión, dónde está el límite de lo anecdótico, de lo tergiversado por una visión particular y subjetiva de la realidad, y al final ¿a dónde nos conduce todo esto?

La denominación Diario de Campo que se adoptó para permitir la entrada de este género en Index de Enfermería descubre de alguna forma la estrecha vinculación que se intentó establecer con el campo de la Antropología. El diario o cuaderno de campo es el principal instrumento que utiliza el antropólogo para recolectar datos.4 En él suele anotar todo lo que ve y lo que escucha cuando realiza trabajo de campo, pero también hace otro tipo de anotaciones. Dado que la investigación etnográfica implica una necesaria relación entre el investigador y el sujeto en el espacio que éste comparte con su grupo, son inevitables las interacciones y por tanto las influencias. Por ello el antropólogo no sólo anota en su diario los datos objetivables (que bien podrían recogerse a través de medios mecánicos de grabación), sino que procura registrar con precisión la forma en que el escenario le afecta personalmente, los sentimientos que le producen los hechos que vive en el escenario, incluso las emociones que le procuran determinados acontecimientos en los que se ha visto involucrado y sobre los que es imposible despojarse de la condición de persona. Además de anotar de forma especulativa todas las ideas, conjeturas, elucubraciones, reflexiones teóricas, hipótesis, que vienen a su cabeza y que posteriormente podrán incorporarse al análisis.5

A diferencia de lo que ocurre en biomedicina, donde a menudo se impone el modo de pensamiento único, en antropología se suele admitir que para comprender la realidad en un escenario de investigación, es necesario conjugar al menos dos conceptualidades: la que aporta el sujeto (emic) fruto de su historia de interrelación con los de su grupo, y la que porta el investigador con su bagaje teórico-académico (etic),6 a la que añade su experiencia tras su inmersión en el proceso investigador. Si esto lo traemos al contexto de la investigación clínica, es fácil observar que la perspectiva del investigador aparece incompleta, dominada por sus referentes teóricos y el boato metodológico que de forma obsesiva se despliega para garantizar la validez y confiabilidad de su estudio. Su perspectiva aparece parcialmente cercenada por la ausencia de información sobre lo que él vive y experimenta en la investigación, ese lado subjetivo que parece obligado negar para que la investigación parezca creíble.

Si esta circunstancia la extendemos al contexto de la práctica clínica el problema se agudiza. Si ya es difícil encontrar la perspectiva del paciente en la historia clínica (su illness o padecimiento7), pensar que a través de los formularios de datos clínicos es posible adivinar la forma de pensar o el estado de ánimo en que se encontraba el terapeuta puede resultar cuando menos hilarante. Y sin embargo las narrativas clínicas que durante más de una década venimos publicando nos alertan de manera recurrente sobre la importancia que tiene la toma de conciencia de la subjetividad del profesional en el proceso terapéutico. Eso que llamamos experiencia no es algo informe y abstracto, es un proceso de adquisición de competencias profesionales que adopta formas muy concretas que pueden objetivarse a través de la observación y de la comunicación. Para muestra reseñemos brevemente algunas de esas competencias que afloran en las diez últimas narrativas publicadas en Diario de Campo.

La enfermera de una UCI se revela contra el encarnizamiento terapéutico que con la presión de la familia se desata hacia un paciente en estado terminal al que no están dispuestos a acoger en ningún otro sitio: "En la era de la tecnología hemos aprendido que somos superiores y que existe una solución técnica para cada problema. Ahora tenemos pendiente el duro trabajo de desaprender que no somos dioses y aprender que la tecnología también debería tener sus límites".8

La eterna lucha entre la tecnificación excesiva y la capacidad de escuchar al otro no parece que pueda ser recogida por los instrumentos de alta precisión. Una joven doctora narra una pequeña historia: su vivencia como acompañante del marido enfermo, que también es médico. La historia, adornada de las contradicciones correspondientes, puede resultar muy común para quienes conocen bien los ambientes hospitalarios, pero no por ello resulta menos chocante cuando es leída en un texto ajeno: "El avance tecnológico, los estudios-protocolos se impusieron a la razón, sentido común y la lógica. Sumergieron a una familia en problemas laborales (yo agoté todos los días de permiso y hasta inventé una baja laboral), familiares (nuestro bebé vivía entre los cuidados de sus abuelos, tías, etc) y de salud (mi esposo entristeció, adelgazó cuatro kilos). Una persona, un estudiante poco "contaminado" diagnosticó en minutos, lo que 15 días de pruebas cruentas, costosas y especialistas cualificados no hicieron".9

Una enfermera quirofanista aprende los diferentes significados que tiene el sentido de vivir cuando atiende a una joven senegalesa recién llegada en un cayuco y que entró en la urgencia con un aborto en curso. Sus palabras de consuelo servían de poco ante la mayor preocupación de aquella mujer: "mientras se dormía miró hacia nosotros y dijo: ¡recen a mis dioses por mi hijo y por mí! Yo no podré hacerlo. Si mi hijo muere yo quiero morir ¡Recen a mis dioses por mi hijo y por mí!".10 La misma autora comparte la impotencia que experimentó ante un caso tan complicado que puso al límite sus habilidades cuidadoras, una mujer sometida a varias intervenciones torácicas: "Después de todos estos años como profesional de enfermería de quirófano lo único que podía hacer por ella era secar las lagrimas que caían por sus mejillas para estrellarse en nuestros asépticos campos quirúrgicos".11

Otra enfermera intensivista observa como un extranjero ingresado en la UCI por largo tiempo va conformando su escaso espacio en su nicho personal donde poder sentirse persona: "Sobre la estantería, estampas de santos colocadas por su mujer. Sobre la mesita de noche, una botella de agua, un periódico antiguo, y unas gafas de gruesos cristales. En el suelo, una palangana azul con una pastilla de jabón artesano, pensé que por el aspecto del jabón probablemente había sido elaborado por su mujer con el aceite sobrante de la freidora. En el cajón de su mesita guardaba una radio antigua, un rollo de papel higiénico y unas barritas de chocolate como si de tesoros se tratase. Con el tiempo que llevaba en este lugar, tenía más derecho que nadie a considerar este trozo como su casa."12

"En la práctica, muchas veces comprobé que debemos prestar atención cuando las personas nos mencionan su temor a morir, por la necesidad de las enfermeras de aprender a escuchar e irnos integrando a la parte de los sentimientos. A tomar en cuenta las palabras, los gestos, la entonación". Son las palabras de una profesora de enfermería cuando recuerda la frustración que le causó el fallecimiento de una joven en el quirófano, que le había manifestado poco antes su miedo a la muerte.13

La muerte parece ser un tema estrella de las narrativas elaboradas por los profesionales, será porque el profesional de la salud está poco preparado para afrontarla en su quehacer cotidiano. En este caso el escenario se sitúa en una residencia geriátrica, cuando una de las residentes estaba cercana a la muerte, situación que produce una diversidad de respuestas entre quienes tienen que afrontarla: "Se nota que es la primera vez, o una de las primeras veces que cuida a una persona cercana a la muerte. La responsable intenta calmarla con palabras de aliento, palabras que se acompañan de miradas que transmiten comprensión. Los ojos de la cuidadora novel están brillantes, se observa como se inundan por momentos, pero no cae ninguna lágrima ya que probablemente ha sido enseñada bajo la idea de que los profesionales de verdad no pueden llorar".14

Los choques que producen las diferencias culturales entre profesional-paciente son una verdadera fuente de conocimiento sobre aspectos que a menudo no aparecen en los manuales de formación. Así es vivido por una obstetriz peruana cuando tiene que asistir un parto de una mujer indígena ante la presencia del partero tradicional: "El partero no me dejaba tocar el útero de la mujer ni dar masajes porque en el campo nunca tocan ni dan masajes en el útero y yo no lo dejaba que le amarrase más fuerte el chumpi, ni que fumase, ni quemase ají y otras hierbas, los dos queríamos hacer lo que sabíamos y habíamos aprendido, yo en la universidad, él de sus antepasados".15

La muerte desencadena un torrente de contradicciones morales que afecta a todos los que tiene cerca, más a los que más cerca tiene. El moribundo en el hospital no deja de ser una figura discordante, pues nada parece estar preparado para gestionar adecuadamente la última etapa de la vida: "Lo recuerdo y lo revivo, aún me conmueve, pero ya no me inquieta ni me angustia. Compartir con ellos el proceso de la muerte de Kaspar removió mi interior, me hizo reflexionar sobre la muerte, sobre mi propia muerte, sobre mi papel como profesional ante el moribundo, sobre la eutanasia".16

La cotidianidad en el trato al paciente y el grado de familiaridad que se alcanza cuando el ingreso se prolonga es una circunstancia que los profesionales señalan como difícil de resolver, pues afecta de manera ineludible al proceso cuidador: "Mencionó mi nombre y me acercó su mano. Eso era lo que más temía, lo que hacía que mi muralla fuera cayendo. Pero no me importaba, ya había pasado otras veces. Noté como mis ojos se humedecían, pero respiré hondo y apreté su mano, intentando dejar clara mi presencia sin decir nada. Mi corazón se tranquilizó. Fueran o no sus últimos días, mi labor iba a ser que fueran lo más confortables posible, como tantas otras veces".17

Apenas un ramillete de relatos nos ilustran sobre conocimientos que los profesionales adquieren sobre los efectos de la diversidad cultural en contextos como el nacimiento de una nueva vida o la muerte de una persona, sobre la importancia de constatar los miedos y temores de los pacientes, sobre lo que la gente está dispuesta a hacer para sentirse personas en entornos altamente tecnificados. Sobre habilidades para contener los efectos de la familiaridad en el trato, para amortiguar la impotencia ante los límites en la propia acción cuidadora, para afrontar el choque de significados con quienes son culturalmente diferentes, o simplemente para desarrollar la capacidad de escucha en contextos donde la técnica parece anular los sentimientos. Y también sobre el desarrollo de actitudes ante la muerte y sus contradicciones morales, o sobre la necesidad de revelarse ante situaciones claramente desfavorables para el paciente.

Posiblemente sea Siles quien de forma más certera haya enmarcado teóricamente las narrativas elaboradas por los profesionales de la salud sobre su experiencia cuidadora. Partiendo de pensadores como Husserl o Heidegger, propone caminos complementarios para estudiar el complejo mundo de los cuidados, que sitúa bajo el prisma de la fenomenología, lo que le permite acercarse al cuidado como concepto cuyos significados y prácticas están influidos por el contexto social, político, ideológico, religioso y científico en el que tiene lugar.18 Para Siles la mayor comprensión de los cuidados de salud pasa necesariamente por adoptar los métodos antropológicos y fenomenológicos, en los que la hermenéutica de los materiales narrativos constituye el instrumento principal de trabajo. La hermenéutica aquí es entendida como la interpretación adecuada de los textos, que permitiría conocer una obra incluso mejor que su propio autor.18

Más recientemente otros autores han reflexionado sobre la importancia de la fenomenología en el área de la enfermería, enfocándola como posibilidad de abrir espacios para pensar el cuidado, fundamentado en la comprensión existencial del hombre, contemplando la dimensión humana más allá de la perspectiva técnico-científica.19 Utilizando la perspectiva metafísica de Walter, se han utilizado narrativas de enfermeras para delinear el conocimiento moral que tienen en su mundo cotidiano.20

Al día de hoy se hace difícil cuestionar el valor de las narrativas como fuente de conocimiento válida, siempre que no lleguen a convertirse en un fin por sí mismas. La narración, como afirma Piera, es un medio, un instrumento para la reflexión, el análisis y la elaboración de constructos teóricos.21 O como afirma Siles, un campo de trabajo en el que el antropólogo de los cuidados puede estudiar las situaciones integradas en el vasto intervalo que marca las fronteras entre la salud y la enfermedad.18

Algunos van más allá y le reconocen a las narrativas valor como fuente de evidencias para la toma de decisiones clínicas, sustentándose en postulados aceptados como el que la práctica basada en evidencias debe integrar la mejor evidencia externa y aquella que procede de la experiencia (evidencias internas).22 La experiencia es transformada en discurso a través de la narrativa, lo que la convierte en objeto consultable. Su publicación en revistas de carácter científico permite poner en circulación un torrente de conocimiento de naturaleza diferente, pero que a la postre ha de producir un efecto en las pautas de consumo de lo que llamamos ciencia.

Así pues, no deberíamos tener miedo a producir subjetividades, a sabiendas que serán objetivadas por el lector crítico. El mundo está lleno de sujetos, y aunque nos empeñemos en negarlo, los profesionales y los investigadores también lo somos, y como tales deberíamos comportarnos.

Bibliografía

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20. Peter, Elizabeth; Martin, Kirsten. A narrative approach to empirical nursing ethics research: uncovering the everyday moral knowledge of nurses. Texto Contexto Enferm. 2007 oct-dic. 16(4):746-752.
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22. Gálvez Toro A. Relato biográfico y narrativa clínica: fuentes de evidencias para la práctica. Arch Memoria 2006; 3(3). Disponible en /memoria/3/ed30600.php [Consultado el 8.07.2008].

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