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La eterna guerra de la identidad enfermera: un enfoque dialéctico y deconstruccionista

José Siles González
Departamento de enfermería. Universidad de Alicante, España

Index de Enfermería [Index Enferm] 2005; 50: 7-9

 

 

 

 

 

 

 

Cómo citar este documento

 

 

Siles González J. La eterna guerra de la identidad enfermera: un enfoque dialéctico y deconstruccionista. Index de Enfermería [Index Enferm] (edición digital) 2005; 50. Disponible en <http://www.index-f.com/index-enfermeria/50revista/5196.php> Consultado el

 

 

 

 

 

 

 

 

Holismo versus dialéctica

     La dialéctica ha sido entendida y empleada de forma muy variada según las épocas históricas. Sócrates mediante el diálogo potenciaba la reflexión en sus discípulos para que estos llegaran a "alumbrar" la verdad. Ya Platón, basándose en el diálogo como elemento fundamental, integró en sus discusiones tres fases: tesis, antítesis y síntesis. Aristóteles utilizó la dialéctica como método aporético. Son tantos y de forma tan variada los filósofos que se han valido de la dialéctica para desarrollar sus pensamientos que sobrepasa los límites y la naturaleza de este editorial. La dialéctica podría definirse como «la ciencia del movimiento» (Heráclito). Pero lo que más puede interesar de la dialéctica -desde el afán de interpretar la realidad en toda su amplitud- es su gran complejidad, dado que la dialéctica adopta la "multilateralidad de relaciones" para reflexionar, analizar críticamente y alcanzar interpretaciones sintéticas (globalizadoras) de la realidad. No en vano, una de las premisas de las que parte el materialismo dialéctico consiste en afirmar que todo está interconectado y que hay un proceso continuo de cambio (movimiento) en esta interrelación. Según Kojeve (1984) fue Hegel  el primero en transformar la dialéctica en un método que fuera más allá del diálogo introduciendo en la descripción de la realidad el carácter dinámico de la misma. El ser humano como individuo y los grupos que se constituyen a nivel social, político o profesional, tienen que ser descritos sin renunciar a su potencial de cambio a través del tiempo.

     La dialéctica hegeliana no es un método de investigación o exposición filosófica, es, sobre todo, la forma más apropiada para describir la estructura del ser humano y las formas que adopta para adaptarse y realizarse en la vida. Decir que el ser humano es dialéctico implica afirmar, en primer lugar (a nivel ontológico), que es una totalidad que implica identidad y negación. En segundo lugar (a nivel metafísico) el ser humano se realiza dentro de la naturaleza (mundo natural), pero también en un mundo histórico (mundo  humano). En tercer lugar (a nivel fenomenológico), el ser humano aparece como algo que existe empíricamente en un momento dado, pero se trata de una objetividad aparente que no resiste el paso del tiempo sin experimentar cambios, dado que los humanos son seres históricos, mortales que desde su libertad individual tienen la capacidad de luchar y trabajar para producir cambios mediante la acción creativa (no quedar marginados de los cambios en el estatismo crónico del "esclavo" (Kojeve, 1984). En este sentido, el papel de la mujer y de la enfermería en la sociedad participa de las características reseñadas y está expuesto a la dinámica dialéctica en general consistiendo uno de sus rasgos diferenciales en la ausencia histórica de conciencia crítica que ha incidido en la ralentización de su evolución como representante del sexo oprimido (propia del rol del esclavo). Sólo a partir del reconocimiento que obtienen las  enfermeras en los conflictos bélicos y el auge del movimiento feminista se generó y se fue vertebrando el deseo de cambio.

Identidad, negación y síntesis

     Desde la perspectiva de la ontología Hegeliana se constatan tres categorías fundamentales: identidad, negatividad y totalidad.

Identidad de la mujer como cuidadora y doméstica. Identidad que deviene del respeto a la tradición  heredera de la división sexual ancestral del trabajo mediante la que sus tareas quedan claramente marcadas en la vida cotidiana: embarazo, parto, lactancia, crianza. La identidad en esta fase potencia el ideal del acuerdo del pensamiento consigo mismo, promulga la homogeneidad de actividades y expectativas. Se trata de una identidad dada que existe en sí misma ("ser en sí" cara opuesta del "ser para sí") y cuya justificación es tan remota como el origen del hombre constatándose y repitiéndose hasta la saciedad en mitos y creencias de diversas culturas. Corresponde a una fase del pensamiento que es necesario superar, dado que la mujer, en este marco, no es un ser que pueda evolucionar históricamente, no es un ser en el tiempo en tanto que "ser para sí", es sólo un "ser en sí" condenada al estancamiento social, laboral y educativo; instalada en un mundo de expectativas obliteradas por una órbita de actividades crónicas y anquilosantes.

Identidad de género, identidades específicas tanto para la mujer y el hombre. Existe un proceso previo a este paso: la identidad del ser humano que se revela como un "factotum" en el que están implicados factores de todo tipo o acaso el hombre surge sólo como consecuencia de evoluciones fisiológicas. Para Kojeve es el deseo el que convierte al hombre en lo que es (deseo antropógeno), y este deseo está provocando, asimismo el surgimiento de la  autoconciencia.  Kojeve afirma que el animal tiene sentimiento de sí pero el hombre tiene conciencia de sí, conciencias que se revela en la capacidad lingüística y el desarrollo conceptual cuya palabra crucial es "YO". El problema del paso del sentimiento de sí a la conciencia de sí se transforma finalmente en el problema de distinguir entre el deseo animal y el deseo humano. Para Kojeve el mecanismo del deseo tanto en el  animal como en el humano es un mecanismo negativo. Cuando uno desea asimila aquello que es el objeto del deseo, por ejemplo comer. "Negativo" en el sentido que transforma esa comida asimilándola. Pero el deseo animal es un deseo de cosas que "cosifica".      
     La posibilidad de hacer surgir el hombre de lo animal pasa por un deseo que transcienda lo puramente fisiológico y que, en consecuencia, no cosifique. Para Kojeve la única realidad que existe -y que no es natural- es el Deseo, pero en esta fase primigenia de identidad, la mujer no va a traspasar del todo la frontera del "ser en sí" que no desea transformar su situación respecto al poder que la mantiene en una situación muy parecida a la del esclavo hegeliano, dado que ambos carecen de conciencia crítica y viven en el mundo de lo puramente natural y ahistórico.

Negación o fuerza negatriz de las limitaciones de la mujer como cuidadora y doméstica. "Toda vida que se limita únicamente a la mera conservación es una decadencia" señala Heidegger en el camino hacia la evolución como la dinámica correcta que es contraria al estancamiento y la sumisión (Heidegger, 2000). Pero cómo se inicia ese proceso de cambio que va a dinamizar el tránsito de actividades domésticas a profesionales dentro de un marco mucho más amplio: la reivindicación femenina por la igualdad en todos los terrenos y la toma de conciencia de una sociedad dividida en géneros.
     La negación del estatuto de esclava o el inicio de la lucha de la mujer por el reconocimiento social, educativo y profesional es consecuencia de un deseo (Kojeve, 1984), una pulsión polarizada por la necesidad de un cambio del "ser en sí" al "ser para sí". Constituye el primer paso mediante el que el ser humano identifica el esfuerzo y la lucha como un mecanismo inherente a la superación del "status quo" (de la sumisión, dependencia o esclavitud), es decir en la conciencia crítica de cada persona o grupo radica el impulso primigenio a través del que se va a materializar la pulsión o deseo de transformación de lo dado o preexistente (Kojeve, 1984) que mantiene esclavizada a la mujer dentro de un marco de limitaciones de género y en cuyo núcleo central resulta fácilmente divisable la enfermería doméstica y también de la religiosa.
     Para Nietzsche existe una moral de señores y otra moral de esclavos. La moral de los señores es la moral de la aristocracia. Los señores o aristócratas fabrican un sistema de valores a su medida y esta ortopedia axiológica se impone a los demás con la mayor naturalidad. Esto no sólo ocurre en entre personas, sino que la misma mecánica parece funcionar para regular la relación entre colectivos sociales, laborales y profesionales. Por ejemplo -y sólo por ejemplo- los médicos (grupo profesional con altas cotas de institucionalización) organizan la forma de actuar y de pensar de las enfermeras  (grupo de neodomésticas que actúan fuera de su primitivo entorno natural, el hogar, y que  no reunía niveles de institucionalización equivalente al de los médicos). Parece evidente la transversalidad de esta mecánica inherente a la dialéctica hegeliana que reinterpreta Kojeve ejercitando su capacidad de síntesis para integrar en su proceso hermenéutico todo lo que puede resultar válido en aportaciones tan nucleares y disímiles como las de Hegel (dialéctica), Marx (las distintas fases de la historia hasta la abolición del Estado merced  la concienciación crítica y la lucha de clases) y Heiddeger (la importancia del tiempo en la construcción del ser y su conciencia: el ser histórico). Pero si lo que se pretende es obtener una visión holística (francamente transversal) de la historia en general y de la enfermería en particular, se debe ir más allá de Kojeve y señalar aportaciones -tan relevantes y complejas- como las del deconstruccionismo de Derrida.
     No puede existir síntesis dialéctica si el pensamiento y su producto específico -la reflexión- están al servicio del dogma. Para la visión global de los fenómenos, particularmente de los conflictos, es preciso desarrollar la capacidad de deconstrucción para desmontar todos los engranajes conceptuales, lingüísticos y axiológicos que conforman el soporte estructural de la ideología y el poder que representa la misma. Esta labor de cuestionamiento de todo lo dado -especialmente del significado del lenguaje y su deformación de la realidad- resulta crucial para trascender aquello que nos impide ver la realidad tal y como es. La mujer y la enfermería han sufrido en sus "carnes" la lapidaria dictadura de los estereotipos manteniendo a ambas, conjuntamente como dos siamesas, en una limitada órbita de expectativas que respondían a una forma determinada de ideología imperante (la moral de los aristócratas de Nietzsche). Pero la manida expresión "transversalidad" resulta de nuevo inevitable, dado que tanto la ideología, como los estereotipos y los valores de los señores, sólo tienen importancia si se llegan a materializar mediante el lenguaje. Derrida acusa al lenguaje como un forzador de la realidad, dado que la violenta. Por mucho que se quiera, cualquier interpretación de la realidad no dejará de mutilarla y tanto más sangrante resultará el asunto cuanto más exacto se quiera ser en una interpretación que intente apresar los fenómenos en una definición... lapidaria... estereotipante. Resumiendo mucho podríamos expresar de forma coloquial la siguiente aseveración: para que la enfermería profesional sea un hecho, la enfermería doméstica tiene que morir... o al menos se deben diferenciar de forma suficientemente nítida hasta el punto que, cada una dentro de sus respectivas lindes,  resulten del todo inconfundibles.
     Este proceso de concienciación  -todo lo reseñado forma parte del mismo- incluye, asimismo, asumir los riesgos propios de la dinámica histórica, la dialéctica y los procesos de cambio que llevan aparejados una alta cuota de conflictividad debido a la disparidad de intereses entre individuos y grupos sociales, étnicos, culturales y profesionales. El papel doméstico de la mujer en el hogar y las labores sociosanitarias desempeñadas tradicionalmente por el colectivo femenino sin rebasar el umbral de la vida cotidiana se ha mantenido, en lo esencial, prácticamente estable durante siglos. La concienciación de la mujer respecto a las opciones de cambio de esta situación "crónica" (perdurable en el tiempo) ha constituido un requisito preliminar a cualquier tipo de pretensión o deseo de transformación significativa de sus vidas. He aquí donde, según la perspectiva dialéctica y las categorías ontológicas hegelianas, se debería producir la negación del "ser en sí" (enquistado en los límites de las tareas ancestrales: parto, lactancia, crianza, cuidados, etc), para poder elaborar un nuevo mundo histórico en el que la mujer pueda "ser para sí" (atravesando los límites impuestos por la categoría anterior mediante la asunción de una perspectiva libre de atavismos ideológicos). Adoptando, de nuevo, un enfoque transversal, se podría equiparar la negatividad con la muerte de lo preexistente, lo que puede interpretarse como una cierta capacidad de deconstrucción (Derrida, 1998), que a su vez está reñido con la alienación que producen los adoctrinamientos ideológicos.
     Sin duda las grandes gestas de las mujeres que han realizado sus labores como enfermeras en diferentes conflictos bélicos (Kalish, 1981; 1995) ha contribuido a la obtención de un reconocimiento expreso por parte de la sociedad que ha llegado a las masas a través de los medios de comunicación: Florencia Nightingale, Edith Cavell (Kalish, 1981, 1995) y especialmente el cine (Level, 1973; Siles, 1998) han ayudado a difundir. Las heroicidades de algunas mujeres enfermeras supusieron un pilar para que la sociedad se cuestionara si realmente esas mujeres servían para algo más que para aquello que la tradición, los valores y las creencias -en una sociedad patriarcal- les tenía reservado.

Síntesis versus totalidad: evolución de la mujer y la enfermera en una sociedad en transición. Aunque todavía no existen las condiciones históricas que permitan señalar que se ha culminado el proceso dialéctico, podría señalarse un hipotético final cuando se llegara a producir el resultado de una doble síntesis:
     -Síntesis mujer "ser en sí" (ausencia de conciencia crítica y de cambios históricos) -mujer "ser para sí" (construcción conciencia crítica y deseo de cambios históricos).
     -Síntesis doméstico (cuidadora vida cotidiana) -profesional (cualificación científica de los cuidados).
     En todo proceso dialéctico, a pesar de los cambios, siempre quedan reliquias que, en el paisaje incluso después de la batalla dialéctica (en la que aún estamos inmersos),  destacan como rescoldos que se resisten a apagarse definitivamente: como el caso de la vocación de la cuidadora de género en cuya identidad se siguen confundiendo la dimensión maternal con todo lo que tenga que ver con los cuidados, o el no menos manido estereotipo de la cuidadora religiosa. He aquí el poder de las palabras y la enorme resistencia al cambio de sus significados (Foucault, 1981). Las palabras "mujer" y "enfermera" hacen referencia a dos situaciones tan ficticias como legitimas, dado que han sido sancionadas  por  la sociedad patriarcal y que alejan a ambas de la percepción de sus auténticas realidades (las expectativas: realidades potenciales). Todo ello provoca que "mujeres" y "enfermeras" se mantengan dentro de los límites marcados por la sociedad para el genero al que pertenecen. Pero lo más problemático se plantea cuando son las propias mujeres y enfermeras las que, tal como señala Kojeve, tienden a plegar su pensamiento a estos estereotipos institucionalizados manteniéndose ellas mismas en la creencia de que su situación es la natural de sus seres (adopción del estatuto de esclavos sumidos en una sociedad supuesta y atemporal). Para salir de ese estatismo es preciso la toma de conciencia crítica (reflexión o puesta en cuestión de la situación de esclavo) que se inició a finales del siglo XIX con la alianza entre el feminismo incipiente y las trabajadoras que necesitaban dignificar las escasas actividades laborales a su alcance (entre los que destacaba la enfermería). Este fue el inicio del proceso dialéctico en el que se halla inmersa la enfermería. El objetivo de negar su identidad anterior provocando la muerte o deconstrucción del estatuto de esclavo y el significado de palabras coercitivas cargadas de valores negativos desde la perspectiva de género que siguen recalcitrantes ejerciendo de yugo lingüístico e ideológico, sólo podrá alcanzarse mediante el pensamiento crítico y la acción creativa. Esta combinación puede contribuir  a la emergencia de nuevos horizontes de libertad y expectativas de integración social, educativa, política y profesional de esa doble identidad tan estrechamente vinculada por la historia: mujer y enfermera. Sin duda la evolución de la coexistencia de una enfermería vocacional ligada al género con una enfermería profesional y científica ha sido, a la vez y paradójicamente, una fuente de conflictos y de enriquecimiento; pero tal vez ha llegado el momento de marcar definitivamente los límites entre una y otra. Sin embargo, mientras todo esto ocurra, hay que reconocer que la parte más delicada de este proceso de lucha dialéctica la constituye la lucha interna, la guerra civil de mujeres contra mujeres y enfermeras contra enfermeras que siguen sin llegar a consensuar aspectos esenciales y básicos para alcanzar una síntesis de lo que debería ser la enfermería y del papel de la mujer en la sociedad. Dicho de otro modo, hasta que la mujer no alcance su pleno desarrollo en la sociedad, y aun considerando la enorme amplitud de factores interrelacionados y la complejidad del tema, la enfermería seguirá esperando que llegue su momento.

Bibliografía

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