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El último rito de paso

María Hernández Padilla
Enfermera. Psicóloga.Profesora Titular Enfermería Psiquiátrica y Salud Mental. Universidad de Jaén, España

Index de Enfermería [Index Enferm] 2002; 39:9-10

 

 

 

 

 

 

 

Cómo citar este documento

 

 

Hernández Padilla M. El último rito de paso. Index de Enfermería [Index Enferm] (edición digital) 2002; 39. Disponible en <http://www.index-f.com/index-enfermeria/39revista/39_articulo_9-10.php> Consultado el

 

 

 

 La revista Index de Enfermería llega con este número a la "última" de las etapas evolutivas del ser humano, y pongo última entre comillas porque hay quienes sostienen que la muerte es en sí un proceso evolutivo hacia formas de conciencia diferentes, dicen, más desarrolladas1. Por tanto, continuamos estando, o mejor, continuamos siendo.

La fotografía que ilustra este editorial corresponde al Camposanto Monumental de Pisa (Italia), el cual empezó a construirse en el siglo XIII y fue terminado en el XVII. Es por tanto una construcción medieval y como corresponde a la sociedad medieval, gregaria en esencia, la importancia que se da a la muerte queda claramente reflejada en su arquitectura y no sólo eso, sino que este cementerio está integrado en la propia ciudad y no alejado de ella, forma parte habitual -como formó en su época- de la vida de sus gentes. No tenemos más que comparar esta imagen con la de cualquier otro cementerio moderno para darnos cuenta de cómo ha cambiado la consideración de la muerte a través del tiempo.

La muerte en nuestra sociedad, la occidental, es un tema tabú2,3, nadie lo discute, pero parece como si esta misma consideración nos paralizara sin dejarnos ver o pensar más allá de ella. No obstante, aunque tabú, sigue presente en múltiples de las manifestaciones sociales y culturales de cualquier grupo, también de la llamada sociedad desarrollada, de la "sociedad del bienestar" que la ha negado sistemáticamente (obsérvese su presencia en el cine, la pintura, la escultura o la música actuales).

La muerte, como también el nacimiento y el matrimonio, son los ritos de paso fundamentales en la vida de los seres humanos, de hecho todos recordamos algún tipo de celebración particular relacionada con estos acontecimientos en nuestra propia vida o en la vida de otros.

La muerte, como rito de paso o transición es universal, es decir, está presente en todas las culturas a través de todos los tiempos. Como explica Marvin Harris4 "la principal función de los ritos de paso es dar reconocimiento comunitario a todo el complejo de relaciones nuevas o modificadas y no meramente a los cambios experimentados por los individuos que nacen, se casan o mueren". O sea, que lo que persiguen estos ritos es reorganizar y reafirmar la identidad del grupo, de todos los que quedan, para así de nuevo normalizar las vidas temporalmente convulsionadas.

En nuestra cultura, la occidental, conviven dos actitudes frente a la muerte radicalmente diferentes o quizás sólo aparentemente diferentes... y no sé si una con  más  presencia que la otra.

La primera de ellas, representada por el materialismo científico, descalifica a priori la posibilidad de la vida después de la muerte, es decir, niega, silencia este hecho/acontecimiento. La muerte se convierte en tabú y el tabú hacia la muerte se refuerza con el materialismo científico, de manera que la ruptura entre la vida y la muerte se hace firmemente presente una vez más, el pensamiento dicotómico de nuestra herencia filosófica se manifiesta de nuevo con la muerte. Como dice L. Abad5 "la interpretación de las culturas puede realizarse no solo a través de lo que su sistema de valores dice sino también a través de lo que oculta, de aquello que no dice o prefiere ignorar".  

Por otra parte están aquellos que, lejos de la postura materialista, creen en la supervivencia o más allá. Esta creencia ha sido reforzada por algunas religiones como el cristianismo que ha prometido en el más allá una vida mejor, más plena y sin los sufrimientos característicos de la vida terrena, de manera que la muerte se vive como una liberación.

Como podemos imaginar, la conciencia de la muerte no es la misma en todos los pueblos. De hecho, se acepta la tesis de que la intensidad de la conciencia de muerte es función de la progresiva emergencia de la individualidad. Así, en las sociedades más gregarias en las que el individuo se identifica con el grupo, en que su identidad lo es en tanto que perteneciente al grupo, en esos casos, la vivencia de la muerte es menos traumática porque también -como en cualquier otro gesto de la vida colectiva- es algo compartido. Pero en aquellas culturas marcadamente individualistas, la muerte es vivida de manera dramática.

Sea desde una u otra postura, la preocupación por la muerte es universal. Esta preocupación a menudo está relacionada con el miedo a lo desconocido y forma parte de la herencia colectiva de cualquier sociedad. Algunos autores dicen que este miedo tiene su origen en las sociedades tribales de todo el mundo, en la creencia de que los muertos (más que la muerte en sí misma) puedan causar algún tipo de daño a los vivos, de ahí ese temor ancestral. Por otra parte, la Psicología evolutiva nos dice que la persona va forjando su individualidad y su sentido de identidad a lo largo del desarrollo. Por eso, desde el momento en que empezamos a experimentar esta conciencia de identidad, de separación, de "ser diferentes a", empezamos a experimentar ese temor a la aniquilación de nuestro ser.

Recuerdo ahora un estudio que realizamos hace algunos años sobre actitudes ante la muerte en alumnos de enfermería6 en una muestra de 229 personas de las cuales el 80% había vivido alguna experiencia de muerte cercana, pues bien, la emoción más frecuentemente relatada por estas personas correspondía al miedo o temor, además de otras emociones igualmente negativas o desagradables que relacionaban con un sentimiento de pérdida irreparable.

Cuanto más individualista es una sociedad tanto más difícil resulta para sus individuos encajar la experiencia de la muerte puesto que les deja solos ante dicho acontecimiento y digo solos porque a menudo la red de relaciones extensa y fuerte que existe en las sociedades gregarias está deteriorada o ausente en las sociedades más desarrolladas. En ausencia de otros individuos que participen de ese acontecimiento, la muerte pierde sentido más allá de sí misma.

No sólo el que muere lo hace en soledad -muchas veces- sino que los que quedan se ven privados de todo el ritual complejo de acompañamiento de una gran cantidad de seres queridos y conocidos que con su apoyo y aliento ayudan a atravesar los momentos difíciles. Es decir, los familiares a menudo se ven privados del valor terapéutico de toda esta red social de acompañamiento. No es extraño, por tanto, que la ansiedad y angustia experimentadas en la pérdida deriven a menudo en problemas adaptativos de gran envergadura.

Las enfermeras, como otros profesionales de la salud, experimentamos estas mismas emociones penosas, pero además tenemos un interés añadido sobre el tema de la muerte que nos viene de nuestra condición profesional: la enfermera cuida desde el nacimiento hasta la muerte.

En occidente la población mayor de 65 años es cada vez más numerosa, debido por una parte a un descenso importante de la natalidad y, por otra, a un aumento considerable de la esperanza de vida. Los cuidados de enfermería lo son cada vez más dirigidos hacia una población que envejece con una serie de problemas ligados a la edad y al deterioro físico y psicológico, cuidados por tanto relacionados con el sentido de pérdida.

Por otra parte, según el reciente informe de la OMS7, la mortalidad en los países europeos corresponde por orden de importancia a las enfermedades cardiovasculares y cerebrovasculares, y en segundo lugar a las neoplasias malignas. Estos datos proporcionan un perfil de usuario en los servicios de salud muy definido. En el primer caso, se trata de personas que acuden por problemas muy graves y agudos que a menudo tienen como resultado la muerte y, por otra, personas con enfermedades neoplásicas  que iniciarán en algún momento un proceso grave de deterioro con la muerte como desenlace.

Realmente la enfermera vive a menudo en su trabajo un ambiente impregnado por el dolor, por el sufrimiento y por ello es importante saber hacerle frente, saber entenderlo. Las formas de afrontamiento de la muerte en nuestra cultura -que hemos dicho que niega a menudo la muerte- son poco eficaces ya que generan gran cantidad de sufrimiento, alcanzando incluso proporciones psicopatológicas.

Como este es un asunto que a las enfermeras nos concierne tanto en lo personal como en lo profesional creo que es necesario reflexionar en ambos planos para tomar decisiones que mejoren nuestro bienestar o que alivien el malestar que genera algo tan ineludible como la experiencia de la muerte.

Creo que las enfermeras tenemos un fuerte compromiso al respecto, por ello pienso que debemos trabajar en los siguientes aspectos: (1º) En la integración de los cuidados en la familia, incluidos los cuidados en la fase terminal de la vida. (2º) En la recuperación de la capacidad para hablar de la muerte en todos los ámbitos educativos: desde la familia y la escuela primaria hasta los niveles superiores de la educación. (3º) En la orientación de los planes de estudio que contemplen la fase última de la vida como una necesidad educativa de primera magnitud. (4º) Colaborando estrechamente con otros profesionales dedicados asimismo a la atención de enfermos terminales. La entrevista recientemente realizada a Cicely Saunders8 (enfermera, trabajadora social y médico, como sabemos, la creadora de los cuidados paliativos), pone de relieve la importancia de esta colaboración que debe incluir también al propio enfermo.

Bibliografía

1. Grosso  M. El miedo a la vida después de la muerte. En: Wilber y cols. ¿Vida después de la muerte?. Barcelona: Kairós, 1992:273-292.

2. Kübler-Ross  E. Sobre la muerte y los moribundos. Barcelona: Grijalbo, 1989.

3. Moody R. Vida después de la vida. Madrid: Edaf, 1991.

4. Harris M. Introducción a la Antropología General. Madrid: Alianza Universidad, 1982.

5. Abad Márquez  LV. La construcción social de la muerte. Muerte y estructura social. Rev. Sistema, 1994; 122: 25-40.

6. Hernández  M, Grande ML, Anguiano R. Beltrame P. Actitudes ante la muerte en alumnos de enfermería. Una aproximación. I Jornadas Científicas de Enfermería Almeriense, 1998. Universidad de Almería, 1999.

7. World Health Organization. The World Health Report, 2002.

8. Diario Médico. Lunes, 18 de Noviembre de 2002. Entrevista a Cicely Saunders.

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