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E. J. Sullivan, ilustración para The Rubáiyát of Omar Khayyám, 1859 

 

Anorexia, enfermedad y mal social

Eugenia Gil García
Enfermera, Hospital Universitario San Cecilio, Granada, España

Index de Enfermería [Index Enferm] 2001, 32-33:7-8

 

 

 

 

 

 

 

Cómo citar este documento

 

 

Gil García E. Anorexia, enfermedad y mal social. Index de Enfermería [Index Enferm] (edición digital) 2001; 32-33. Disponible en <http://www.index-f.com/index-enfermeria/32-33revista/32-33_articulo_7-8.php> Consultado el

 

    

 

     En pocas enfermedades se conjunta de manera tan cruda lo somático y lo psíquico, lo individual y lo social como en los Trastornos de la Conducta Alimentaria. Este  cruce de planos y causas hace que la anorexia se constituya como una auténtica "enfermedad social" que afecta a los individuos, pero su origen, en la mayoría de los casos, hay que buscarlo, en la sociedad y en sus valores.
     La obsesión por el peso, el afán por adelgazar o la  búsqueda de una figura perfecta se han convertido en patrones psicológicos y conductuales de muchas jóvenes adolescentes occidentales. El triunfo de la voluntad sobre impulsos naturales como el hambre se considera una virtud, una nueva ascética moral donde la antigua contención sobre el sexo se ha desplazado a la comida  (de la lujuria a la gula). De esta forma la delgadez aparece como un signo externo del logro de dos metas impulsadas por la sociedad: la belleza y el autocontrol.
     Las mujeres, más que los hombres, se sienten impulsadas a satisfacer las expectativas de perfección corporal alentada desde los medios de comunicación. La frustración por la imposibilidad de alcanzar este patrón estético y dietético genera un sentimiento de fracaso y culpa.
     El sentimiento de deseo por alcanzar un patrón estético determinado en las adolescentes, mujeres jóvenes que se están formando en lo biológico pero también en la constitución de la personalidad psicológica y social, puede provocar conductas anoréxicas de rechazo a la ingesta o bulímicas, donde se mezclan las conductas de ingesta compulsiva con la inducción del vómito, como respuesta al sentimiento de culpa que les genera la ingesta.
     La anorexia y la bulimia no son enfermedades nuevas, la primera descripción de la anorexia mental se la debemos al médico inglés R. Morton en el 1689, a él se le debe también la identificación de los caracteres esenciales del síndrome, al que atribuye un origen psicológico. Lo que si es realmente novedoso y relevante es el aumento espectacular de la incidencia de los trastornos del comportamiento alimentario en las jóvenes urbanas en las sociedades occidentales contemporáneas.
     A pesar de que en nuestro país no se disponen de cifras oficiales, ni de estudios epidemiológicos que hayan abordado el problema de forma global, los investigadores sí muestran consenso en que son las adolescentes urbanas el grupo de población más susceptible y más vulnerable a las enfermedades  asociadas: la anorexia nerviosa y la bulimia nerviosa.
     Los datos son en la actualidad algo más que preocupantes. En España la anorexia nerviosa es la tercera causa de enfermedad crónica en adolescentes, la tasa de mortalidad puede llegar a ser hasta del 18%, y es la enfermedad que produce una mortalidad más elevada entre las detectadas en los trastornos psiquiátricos, presentando una tendencia a la cronicidad del 30-40% de los casos.
     En el desarrollo de la enfermedad las alteraciones biológicas aparecerán una vez instaurado el cuadro de la desnutrición, generándose entonces lo que se ha denominado "el círculo vicioso de la anorexia nerviosa". Una vez instaurada la enfermedad las interdependencias biológicas y psicológicas se hacen difíciles de romper, provocando un cuadro dramático para quien lo padece y para los que conviven, con enormes consecuencias individuales, familiares y sociales.
     La anorexia nerviosa y la bulimia constituyen la parte visible de un iceberg bajo cuya línea de flotación se encuentran toda una población que padece algunos de los síntomas de los trastornos del comportamiento alimentario (insatisfacción corporal, dietas restrictivas, comidas descontroladas, preocupación por los menús, pesos, calorías, actividad física excesiva...).
     Desde el punto de vista de la transmisión epidemiológica tendríamos que hablar del "anhelo de delgadez" como una palabra clave. La valoración social de la delgadez, la introversión, la inseguridad, la fuerza social de la moda y la desigualdad de género, hacen que este trastorno sólo se pueda entender desde una etiología multicausal donde los aspectos psicológico-individuales de un lado y los socio-grupales de otro son determinantes en el inicio de estas enfermedades.
     Si se quiere actuar en la prevención de estos trastornos habrá que profundizar sobre las prácticas individuales y sociales de la población de riesgo, así como en los signos subclínicos y parciales que aparecen en esta población, antes de que la enfermedad se instaure y diagnostique.
     Es necesario realizar tareas de detección de la población que presenta lo que los autores llaman: "síndromes parciales", jóvenes adolescentes que se pueden incluir en la categoría de "anorexia nerviosa subclínica o parcial", sujetos no-clínicos que están especialmente preocupados por el peso y la dieta, aunque no cumplen todos los criterios diagnósticos del DSM IV, sí presentan muchos  de los comportamientos afines, son población de riesgo que pueden llegar a padecer la enfermedad.
     La Enfermería tiene con respecto a la prevención de estos trastornos un largo camino por recorrer. Tenemos ante nosotros un nuevo marco de actuación. Desde nuestra práctica y con nuestras herramientas debemos actuar como "agentes de salud comunal", con el objetivo principal de que los jóvenes adquieran modos de vida y de alimentación sanos. Sin olvidar que es en la familia y en la escuela donde existen las mejores posibilidades de eficacia de la educación sanitaria.
     Desde las Zonas Básicas de Salud se deben difundir hábitos saludables y evitar estilos de vida de riesgo en este segmento de población. Si se quiere actuar en la prevención de estos trastornos habrá que profundizar sobre las prácticas individuales y sociales de la población diagnosticadas, en los signos subclínicos y parciales que aparecen antes de que la enfermedad se instaure y diagnostique.
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