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La experiencia de la mala noticia, una barrera para el cuidado

Mª Elena Romero Roy
Escuela de Enfermería, Universidad de Zaragoza, España

Index de Enfermería [Index Enferm] 1999; 26: 49-50

 

 

 

 

 

 

 

Cómo citar este documento

 

 

Romero Roy ME. La experiencia de la mala noticia, una barrera para el cuidado. Index de Enfermería [Index Enferm] (edición digital) 1999; 26. Disponible en <http://www.index-f.com/index-enfermeria/26revista/26_articulo_49-50.php> Consultado el

 

 

 

Sr. Director: Comunicarse es difícil. Quizá por eso muchos profesionales sanitarios se sienten inseguros ante un enfermo terminal. Yo tuve esa misma sensación poco después de haber solicitado mis prácticas de segundo de enfermería en un servicio de Oncología. Todos los mensajes que recibía iban orientados a poner distancias, a no dejarme afectar, a acorazarme bien porque aquello debía de ser muy duro; casi parecía que más que una persona enferma me iba a encontrar una amenaza. Decidí asistir a un curso sobre Oncología, "para estar más preparada". Y lo cierto es que pese a que me enseñaron mucho, no aprendí a quitarme el miedo. Sin embargo, por aquellos días iba a suceder algo que me ha dejado una huella profunda.
     Padezco una jaqueca que no corresponde al patrón más común. Buscando un diagnóstico conforme a mis síntomas, me citaron con varios especialistas y me sometieron a muchas pruebas complementarias. En una de las consultas viví en carne propia el cómo no se debe dar una mala noticia. El ambiente estaba cargado, la gente esperaba de pie en los pasillos, la sala de espera estaba abarrotada. Dentro de la consulta había dos médicos y cuatro o cinco personas pacientes o acompañantes, a los que debían de estar atendiendo a la vez. Llegó mi turno y uno de ellos me entrevistó a mí, en medio de aquel caos. Sin ninguna prueba diagnóstica, simplemente por la entrevista, aquel hombre me dijo: "lo más probable es que tengas una enfermedad desmielenizante, la más conocida es la esclerosis múltiple". Ni se molestó en explicarme lo que era aquello, total, una persona de la calle como yo, no tenía por qué entender aquel vocablo. Pero sí lo entendí, sí. Y el mundo se me vino abajo. Probé el sabor de la incertidumbre, del tiempo eterno de espera. Me molestaban las palabras de la gente, los tópicos fáciles, sus "no te preocupes", sus "tienes que animarte". Me dolía que nadie se atreviera a hablar conmigo directamente, a compartir el miedo que pudiera sentir. Imaginaba que mi gente cercana estaría preocupada, pero delante de mí sólo había buenas caras. Ni siquiera los compañeros de la Escuela reaccionaron mejor. En medio de muchas personas me sentí sola. Comunicarse es difícil y hace falta mucho valor para atreverse a romper el muro que se alza después de una mala noticia.
     Pasó la tormenta. Me liberé del peso de una enfermedad grave que no padecía y con ella se me murió el miedo. La experiencia de prácticas en Oncología me llenó profundamente. Comprendí que las tan aconsejadas corazas eran inútiles e innecesarias porque los miedos eran infundados. Parece que la relación con un paciente terminal te vaya a herir; pero en todos los servicios por los que he pasado, a mí lo único que me ha podido doler es la frialdad, la indiferencia, el desinterés por la formación, el trabajo en equipo poco desarrollado...
     Aprendí mucho, de los profesionales y de los pacientes, sobre técnicas, sobre medicación, sobre cuidados. Pero sobre todo aprendí a estar, es decir, a adoptar una actitud humana. Y eso no consiste en inventar nada, ni en fingir nada; no valen los postizos. Para mí ha consistido en ser persona, o sea, encontrar el camino hacia el potencial humano que todos llevamos dentro, lo que tantas veces se dice que casi ha perdido sentido: "ser uno mismo". a propósito de la relación con el paciente oncológico afirma Mª Dolores Soler: "No se trata de una relación de amistad o compañerismo, ni de distancia y frialdad en aras de la "profesionalidad". Se trata de establecer una relación de cálida acogida, de responsabilidad y de interés"
1.
     Comunicarse es difícil, pero forma parte de nuestra labor porque "Cuidar no es sólo tratar, sino tratarse de todas las capacidades del individuo, movilizarlas para luchar contra la enfermedad".
     Ahora, pasado un tiempo desde que se me diera de una forma tan improcedente aquella mala noticia, he reflexionado sobre el motivo de mi cambio. Y me pregunto: ¿es que hace falta ser enfermo para ser un buen enfermero?. Todo aquello me ayudó en la relación con mis pacientes, pero ¿es que hace falta un impulso tan fuerte?. Creo que no, que basta con saber ponerse en el lugar del otro, basta con comprender que bajo distintos roles, profesionales y enfermos son una misma cosa: personas. ¿Por qué ha de ser necesario un impacto para sacar a flote nuestra sensibilidad al dolor?. En Oncología, una enfermera lo expresaba así: "la vocación enfermera no se esfuma con los años, no te endureces nunca. Si un niño tiene sensibilidad hacia la música, y le das una formación, conforme pasan los años irá perfilando, moldeando esa sensibilidad: la experiencia la hará madurar, pero no la ocultará. Así mismo la sensibilidad hacia el dolor humano, a través de los estudios y la experiencia irá creciendo en madurez, pero se esconderá". Comunicarse puede parecer difícil, pero basta con atreverse a escuchar.

Bibliografía

1. Soler D. Comunicación y soporte psicológico al paciente y a familiares. European School of Oncology, Ambito Español. 1998; 8: 18-19.
2. Franch JI, Viña JL, Soto A. El paciente terminal, en Salud Mental: Enfermería Psiquiátrica. Madrid: Editorial Síntesis, 1994.

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