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Por unas residencias de ancianos más activas

Francisco Jorge Pérez Bullejos
Familiar de anciano residente, Granada

Index de Enfermería [Index Enferm] 1998; 23:42-43

 

 

 

 

 

 

 

Cómo citar este documento

 

 

Pérez Bullejos FJ. Por unas residencias de ancianos más activas. Index de Enfermería [Index Enferm] (edición digital) 1998; 23. Disponible en <http://www.index-f.com/index-enfermeria/23revista/23_articulo_42-43.php> Consultado el

 

 

 

Sr. Director: Como hijo de una anciana residente, quiero aportar una reflexiones al tema de los cuidados en las residencias de ancianos. Antes de buscar respuestas a los interrogantes que plantea la estancia en las residencias, parece conveniente preguntarse ¿quiénes son estos residentes?
    Se puede estimar que la tercera parte de los ingresados en residencias lo hacen por estrictos imperativos "físicos", son personas sin hijos o sin hermanos o familiares próximos que les atiendan en sus necesidades de limpieza, alimentación, etc, y que, al no poder tampoco valerse por sí mismos, su vida se hace inviable fuera de una residencia. Las otras dos terceras partes tienen unos familiares próximos, que son generalmente quienes les han conducido a la residencia. ¿Acaso se trata de personas egoístas o insolidarias que, pudiendo atender al anciano, rechazan su cuidado?. No parece ser el caso, dado que la mayoría de tales familiares acuden periódicamente a la residencia, a veces a diario, y con largas visitas, y se interesan y preocupan por el bienestar y felicidad del anciano. Indagando un poco sobre el particular, se podría seguramente descubrir que los motivos de su entrada en la residencia no son tanto físicos cuanto "psicológicos"; se trata del espinoso y delicado tema de que seguramente peor que las incapacidades físicas (las torpezas propias del anciano para desplazarse, cocinar, limpiar su ropa, etc), son los desequilibrios de su personalidad los que complican sobremanera la relación anciano-familiares. En un gran porcentaje de casos se trata de que el anciano se sabe discapacitado, o incluso enfermo de tal o cual patología, y entonces -lamentablemente- cae en la fácil tentación de "rentabilizar" su estado, y se vuelve insaciable demandante de todo tipo de ayudas, convirtiendo en necesidades sus simples gustos, y a veces sus caprichos; su objetivo, consciente o no, es convertirse en el centro permanente del núcleo familiar donde habita, y su "herramienta" es mostrar una y otra vez sus padecimientos o sus necesidades para que los demás estén permanentemente por él o por ella. ¿Y qué ocurre cuando un náufrago se agarra desmesurada o incontroladamente al cuello de su socorrista? Pues que hay una alta probabilidad de que ambos perezcan ahogados. Por eso, muchos de estos familiares, viendo que el anciano va poniendo más y más alto el "listón" y sin guardar verdadera proporción a las necesidades objetivas y razonables del caso, se ven como inmersos en un remolino que desequilibra completamente su vida, o la asfixia. Ocurre, pues, que tal vez la mayoría de los familiares que llevan al anciano a la residencia, no lo han hecho como resultado de una deliberación relajada y normal, sino a través del siniestro camino de una "situación límite". Y esto es muy importante de anotar, pues produce una funesta consecuencia: el ingreso en la residencia se ha vivido como una "fatalidad", como algo que se querría haber evitado, pero que se ha hecho inevitable.
     En resumen, se podría decir que en la mayoría de los ancianos que entran en residencias, tal ingreso es vivido por los familiares, y por el propio anciano, como un mal menor, pero en definitiva algo odioso. Casi se podría decir que una residencia viene a ser para muchos como un símbolo o anticipo de su futuro enterramiento, y casi visto como una muerte en vida. Con tales antecedentes, ¿pueden nuestras residencias de ancianos levantar verdaderamente el vuelo y aspirar a metas más halagüeñas? ¿Es posible una relación "normal" entre ancianos y cuidadores sin remover antes esta losa fatalista que parece pesar sobre nuestras residencias?
     Más o menos se podrían calificar nuestras actuales residencias de "pasivas", en el sentido de que el anciano generalmente no la elije, sino que se ve arrastrado a ella; y también en el sentido de que, una vez ingresado en la residencia, lo que se suele esperar del anciano es que "se adapte" a las misma y acepte el plan de vida (horarios, comidas, etc) que se le ha preparado. Parece, pues, conveniente que nos planteemos la necesidad de pensar unas residencias "activas", en el sentido de que sean de alguna manera elegidas o deseadas por sus futuros residentes; y también que, una vez dentro, los ancianos de alguna forma sean protagonistas en la planificación de la vida del centro, y pueda ser "su" residencia, y no simplemente la residencia en donde les han metido.
     ¿Cómo es posible que personas ancianas o familiares de ellos elijan entrar en una residencia como algo deseable en sí y no como una salida de emergencia o un mal menor inevitable?. Para que una residencia pueda empezar a ser vista como una oferta atractiva a tener en cuenta, hace falta ante todo que el anciano en cuestión esté aún en una fase de adecuada agilidad y lucidez para valorar las cosas convenientemente. Si, al parecer, la mayoría de los ancianos ingresan en residencias a edades notablemente avanzadas, para el caso que nos ocupa sería necesario que una persona, al llegar aproximadamente a los 70 años, se plantease dejar su vivienda habitual e integrarse en otro tipo de morada. Y lo adecuado sería un tipo intermedio entre su vivienda ("activa") y la residencia-hotel ("pasiva"). El anciano en cuestión dispondría de un pequeño apartamento, que incluyera una pequeña cocina nevera, en donde pudiese preparar sus desayunos, meriendas o sencillas cenas, cuando lo desee (fogón eléctrico, no de gas). La finalidad es que se sientan actores de su propia vida, y que las dependencias propiamente comunitarias (comedor, salones, enfermería, jardines, etc) sean vistas como una prolongación de "su" apartamento. Además, el régimen y la vida del centro se planificaría en un Consejo en el que casi la mitad de los miembros fueran residentes (se procuraría, naturalmente, que los residentes más ecuánimes, sociables y cultos formasen parte del Consejo). En tal tipo de residencias (que podrían denominarse de primer grado, a diferencia de las residencias-hotel, o de segundo grado), los ancianos podrían estar más o menos una década, hasta aproximadamente los 80, o hasta el momento en que la merma de facultades lo haga conveniente. De ello se podrían derivar tres efectos muy positivos:
     1. Se desdramatiza la entrada en una residencia, así como el pase de la residencia de primer grado a la de segundo, que se hace suave y menos perceptible.
     2. Se consigue que, durante esa década, el anciano viva una vida muy atractiva en muchos sentidos.
     3. Mucho de lo experimentado y descubierto en esas residencias de primer grado podrían más o menos ser prolongadas o adaptadas para las residencias de segundo grado, que podrían ser bastante menos "pasivas" que ahora.
     En resumen, lo que verdaderamente querrían los ancianos de las residencias es seguir siendo ellos, seguir siendo protagonistas y no meros receptores. Sin menospreciar los achaques o enfermedades corporales que aquejan a muchos mayores, parece que la patología más común y la que más incide negativamente en su estado de ánimo es la depresión por desmotivación personal. El tono pasivo que predomina en nuestras residencias parece ser la causa de que en ellas abunden ordinariamente más las caras tristes o apáticas que las alegres, por lo que, desarrollando todo lo que ajusta al tono de lo activo, se podría realmente conseguir un vuelco en el aire de las residencias: que abunden más las caras alegres e ilusionadas que las tristes.
     Las administraciones públicas podrían y deberían plantearse unas campañas de mentalización social, presentando una imagen positiva y optimista de las residencias para la tercera edad. Y deberían, además, subvencionar en parte la construcción y el mantenimiento de las mismas, de tal forma que se incentivase su puesta en marcha y su ingreso en ellas. Ello redundaría en una mejora notable de la calidad de vida de nuestros mayores y paliaría incluso el problema de la vivienda, al liberarse mucha viviendas que hoy están ocupadas por parejas ancianas o ancianos solos.
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